Las paradojas de Bernie Sanders

La historia política contemporánea venezolana, arroja suficientes luces para comprender el curso de acontecimientos futuros en las sociedades de la América toda, desde el Canadá hasta la Patagonia. En Venezuela, se instituyó a partir del llamado Pacto de Punto Fijo, en realidad, suscrito en la ciudad de New York, un sistema político bipartidista a imagen y semejanza del de la Metrópolis imperial, que reflejó los intereses de la élite burguesa y salvaguardó los intereses económicos del imperialismo en el país, en lo esencial, sus intereses energéticos: el petróleo barato. Dicho sistema político, comenzó a reflejar su agonía hacía finales de los años 90, cuya expresión más dramática fue la rebelión popular de febrero de 1989, apagada a fuego y muerte. La élite política y económica, menospreció esa señal y años después, tuvo que expresarse un sector militar a través de dos rebeliones militares en febrero y noviembre de 1992, rebeliones, que también fueron menospreciadas por la élite gobernante, que, al derrotar ambas rebeliones, se creyó con la fuerza suficiente para mantenerse en el poder político. No lograron percibir, los cambios profundos que reflejaba una sociedad hundida en la miseria, apabullada por la corrupción y sometida a los dictámenes de Washington. El pueblo, no se detuvo en hacer realidad sus anhelos de cambio y en cuanto tuvo la más mínima posibilidad de lograr su objetivo de cambio opta por la magistratura de Rafael Caldera, quien les engaña y traiciona sus promesas. Es, ante esa realidad, que insurge la candidatura de Hugo Chávez Frías, con un discurso a favor de una Asamblea Nacional Constituyente para resetear el modelo político de Punto Fijo, que había conducido al país por el despeñadero de haber convertido a Venezuela en una semicolonia de los EEUU. La élite política, batalló hasta el final para imposibilitar el triunfo de Chávez; modificaron la Ley Electoral a su conveniencia, quitaron y colocaron candidatos que ya las encuestas reflejaban descenso en su nivel de apoyo, en fin, no pudieron revertir la decisión de cambio de un pueblo hastiado del bipartidismo excluyente y así lo hizo, votando –masivamente- por Hugo Chávez Frías, en diciembre 1999.

Valga la analogía, entre el caso venezolano y el estadounidense, porque ambas sociedades reflejan contradicciones internas, para entonces, tan análogas: altos niveles de corrupción, pobreza extrema, exclusión, fobias y miedos, desigualdad extrema, y respuestas iguales de su élite gobernante: prepotencia y desprecio por el dolor de sus pueblos. Obama, fue una primera expresión de cambio por la vía electoral. El pueblo afroamericano, quien vio una posibilidad de reivindicación racial, pudo apreciar como en ningún otro gobierno antes, la violación masiva de sus derechos civiles se hizo tan viral. La respuesta de la raza blanca estadounidense, fue refugiarse en Trump, quien con delirios de grandeza les prometió un país fuerte y excepcional, como nunca antes, rodeado por un muro que les impediría a sus vecinos del sur, ir en búsqueda del mal llamado "sueño" americano. El racismo, lo convirtió Trump, en una política de Estado, que, pasados sus cuatro años de gestión de gobierno, no ha podido concretar en lo más mínimo, convirtiéndose en una nueva frustración de las esperanzas de cambio del pueblo estadounidense. Frustración tras frustración, ante los oídos sordos de la élite imperialista, está conllevando a cambios profundos en el pensar y sentir del pueblo estadounidense, que aspira alcanzar dichos cambios por vías electorales. Ello, nos explica el crecimiento inesperado de la candidatura de Bernie Sanders y su propuesta del Socialismo democrático, o regeneración del Estado de Bienestar, en un país, cuya economía, se vanagloria de ser autorregulada por el mercado o la mano invisible de las transnacionales.

Bernie Sanders, reivindica en su propuesta programática, algo tan elemental como lo es la vigencia de los Derechos Humanos a la salud, a la educación, a la vivienda, al agua, en fin, a la vida. Intenta diferenciar su propuesta de Cuba y Venezuela, países a los que califica como "dictaduras". ¡Extrañas "dictaduras"! En un continente, en el que son los únicos países que han hecho realidad las propuestas de Sanders, y son referentes en garantía del derecho a la vida de sus pueblos en el planeta. 51 por ciento y 73 por ciento, dedican Cuba y Venezuela, de sus presupuestos en Inversión Social, valga decir, inversión a favor de la vida de sus pueblos, en países que son agredidos por el "paladín" de la democracia, que los agrede con "sanciones" y un bloqueo financiero, que ya data en el caso de Cuba de 61 años. Obviamente, Sanders, cede a Trump, el derecho de cuestionarlo al no defender los modelos de socialismo cubano y venezolano, que tanto agradan al pueblo estadounidense y que le han colocado, como la primera opción del electorado norteamericano. He allí, una de sus debilidades. Y, ello, le coloca como un oponente a su propia propuesta, aunque suene paradójico. No por casualidad, más allá de los Republicanos, la oposición a la candidatura socialista de Sanders, se ha enquistado en sectores del propio partido Demócrata, quienes ven en Sanders un peligro -inusual y extraordinario- a la continuidad del sistema imperialista vigente. "Si quieres un pastel, no lo puedes comer, porque si lo comes, ya no lo tendrás". Con este proverbio, difundido –masivamente- por la ultra derecha Demócrata, expresan el sentir de la élite imperial y el temor que les infunde la candidatura y las ideas de Bernie Sanders. Lo que acompañan de intensas campañas mediáticas, en las cuales dan como un hecho la victoria de Trump, si Sanders fuera electo candidato presidencial Demócrata. Expresiones de desesperanza de las élites, que los actos de calle del candidato socialista, desmontan por lo masivo y esperanzados que se muestran sus asistentes. Si en algo coinciden hoy, los dos grandes partidos de la derecha de EEUU, Demócratas y Republicanos, es que a Bernie Sanders hay que sacarlo del juego político electoral. Y, ello implicaría, una nueva frustración a las esperanzas de cambio del pueblo estadounidense.

Un país que se estima en ser, como lo es, una de las primeras potencias económicas del planeta, pero que –contradictoriamente- en el aspecto social, es tan desigual y pobre como cualquier otro de los países del sur. Unos 40 millones viven en pobreza, 18,5 millones en pobreza extrema y 5,3 millones viven en condiciones de pobreza extrema, propias del tercer mundo, reseña un informe de la ONU de 2017. Un país, en que el uno por ciento de su población pasó de obtener el diez por ciento de todos los ingresos nacionales en 1980 a obtener el veinte por ciento en 2017, obviamente, se trata de un país que encierra en su interior enorme contradicciones de clases, que se expresan en racismo, temores al migrante, tiroteos en escuelas, drogadicción de gran parte de su población, violencia interna y externa, vocación guerrerista, un país como lo definiera el cineasta Oliver Stone: "La triste verdad es que mi país está podrido y desde John Fitzgerald Kennedy nadie ha tenido agallas para cambiar nada. En mi opinión, él y Roosevelt son los dos únicos buenos presidentes que el país ha tenido en toda su historia…" No son pocos, quienes piensan tan igual como Stone. La ansiedad de cambio es tan grande, que los conduce a menospreciar uno de los mitos que más les han vendido desde la mediática imperial, que solo -en una sociedad autorregulada por los mercados- es que podrán acceder a la libertad, en el sentido pleno del término.

En los años veinte, la élite imperialista, permitió el surgimiento de la candidatura y posterior ejercicio de gobierno de Franklin D. Roosevelt y sus políticas de Estado de Bienestar, como respuesta a una crisis económica internacional, que sumía a Europa en la guerra y aparecían formas de gobiernos fascistas, con aspiraciones de expansión sin límites. La crisis del 29, supuso la definitiva e irreversible quiebra de los principios clásicos del capitalismo liberal, basados en la no intervención del Estado (laissez faire), y el dogma o axioma del equilibrio automático de la economía formulado en la ley Say (1803), según la cual: "la oferta crea la demanda", valga decir, las leyes del mercado crean –automáticamente- los mecanismos reguladores entre oferta y demanda. Un rol fundamental, jugó entonces la Política Social de Roosevelt, inspirada por el New Deal o Nuevo Trato, que buscó resolver el problema del desempleo con subsidios del Estado y un amplio programa de obras públicas, mejorando las condiciones socio-laborales de los trabajadores, con la creación de una ambiciosa ley de Seguridad Social, fijación de salarios mínimos y jornada laboral de 40 horas semanales, y demás políticas de intervención estatal, que permitieron al ciudadano y ciudadana estadounidense sobrellevar las cargas de una crisis económica, que no les afectó con la dureza que la vivió el resto de los países del orbe. Mayores impuestos para las personas de mayores ingresos, regulaciones estrictas de funcionamiento de los servicios públicos, subsidios para la electrificación rural, programas de ayudas a los más necesitados, perfilaron un gobierno al cual, no dejaron de definir como "dictadura comunista" por parte de la derecha republicana. El presidente Roosevelt, quería utilizar el enorme poder del gobierno federal para poner fin a la Depresión. Pero, también quería crear una sociedad más justa. No por casualidad, aún hoy, los estadounidenses le califican como el mejor presidente de todos los tiempos. Un Roosevelt, en su versión Sanders, es lo que reclama la mayoría de los estadounidenses para superar la enorme crisis social que ha colocado a la sociedad de EEUU, al borde de la explosión social.

Una explosión social, en los EEUU, adquiriría –inmediatamente- connotaciones de guerra civil que se expandiría por todo ese extenso territorio continental en el que el armamento de la sociedad, se ha hecho un hecho cotidiano, brutalmente cotidiano, porque la violencia ya forma parte de esa cotidianidad, que para nada sorprende la vida diaria de sus ciudadanos y ciudadanas. El separatismo –prontamente- se convertiría en una moda a seguir y más temprano que tarde; el Estado de la Unión, se convertiría en la unión de una serie de nuevas naciones surgidas al calor de una nueva guerra de secesión. No es poca cosa, a lo que juega la élite imperial al impedirle al pueblo estadounidense, elegir un gobierno que les dé respuestas a sus gravísimos problemas sociales, imposibles de satisfacer sobre las bases de la autorregulación de los mercados de una economía capitalista, en su fase neoliberal imperialista, ¡En su fase de barbarie!

«Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad, como hizo Abraham Lincoln; cuando genera una cultura que permita a sus hombres «soñar» con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King; cuando lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo de Merton…» (Mensaje del Papa Francisco a la Sesión Conjunta de la Cámara de Representantes y del Senado de EEUU, 24 septiembre de 2015)



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Henry Escalante


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