Cien años del crimen contra Emiliano Zapata -10 de abril de 1919-


Siendo un niño, Emiliano encontró llorando a su padre. Los terratenientes de Anenecuilco, Estado de Morelos, acababan de arrebatarle parte de sus tierras. Se trataba de una casta poderosa, armada y protegida por el gobierno del dictador Porfirio Díaz. Los campesinos desarmados y sin organización, poco podían hacer ante el atropello permanente, siempre cargado de violencia y crueldad.


¡Yo las recuperaré papá!, fue la respuesta del muchacho. Quienes lo escucharon, seguramente lo verían como un deseo, más que una probabilidad ciertamente impensable en aquellos tiempos. Pero Emiliano no solamente cumpliría su palabra ante el despojo que había sufrido su familia, sino que haría justicia con muchos campesinos pobres del sur de México, donde se inició su recorrido libertario, hasta alcanzar en nuestros tiempos, escala continental.


Por entonces la paciencia de los mexicanos pobres tenía características casi ancestrales. Siempre apegados al cumplimiento de la ley, esperanzados en ella, a pesar de que quienes tenían en sus manos ejercerla eran sus enemigos eternos. Primero los conquistadores españoles, luego sus herederos, los terratenientes venidos del exterior y la nueva casta criolla, mayoritariamente blanca, racista, que odiaba al indio hecho campesino; más que odio, desprecio.


"Tierra y agua para los pueblos" era la hermosa consigna que desde el siglo XIX perseguían los movimientos agrarios que buscaban la reivindicación de sus derechos. Pero no se trataba tan solo de la obtención material de unos bienes naturales; en el fondo lo que privaba era recuperarlos con el mayor grado de dignidad, tanto por el merecimiento de esos elementos que dan origen al sustento diario, como por los valores que para ellos significaban los actos de justicia pacífica, obtenida mediante los tribunales.


Era falso todo aquello. Cuando Zapata insurgió en 1910, el dictador Díaz había mantenido engañados por más de 30 años a los despojados, con promesas que jamás cumplió ni tuvo la intención de hacerlo. Emiliano, progresivamente convertido en líder de su región, tuvo acceso a los petitorios legales, a los documentos antiquísimos de propiedad de la tierra, a relatos orales y escritos sobre los esfuerzos de generaciones por recuperar lo suyo.


En ellos se relataba la trágica historia de México escrita en idioma español y en idioma náhuatl. Con ellos, a los 31 años de edad, aprendió la lengua de sus ancestros. De ellos recibió el torrente de conciencia que le daría la fuerza y el empuje para acabar en un acto, con 300 años de tradición legalista inútil, pues a mediados de 1910, dirigió a los campesinos, que luego serían sus milicias guerreras, a la histórica toma de tierras por la vía de la revolución social; tan temida por los terratenientes y oligarcas de todos los lugares y de todos los días.
Los años siguientes de ardua batalla y de sortear enemigos y traiciones no fueron suficientes para ver realizado su ideal libertario. Emiliano sobrevivió físicamente ocho años para

impulsarlo; jamás cambió el principio que lo involucró en la lucha, que fue la justicia para el pobre. Solo ocho años, porque la traición, que siempre anda rondando a los héroes, creyó lograr su cometido el 10 de abril de 1919 en Chinameca, donde un grupete de cobardes agazapados perforaron cien veces a bala su cuerpo. Pero el pueblo, sabio, jamás lo dio por muerto. De esta manera lo revela Homero Aridjis:


"Zapata no murió acribillado, a las puertas de la hacienda. Ese día de abril cuando los soldados a la última nota, del toque de clarín, le vaciaron dos veces la carga de los fusiles, dicen los que lo vieron, que su alazán ingrávido, resistente, a las balas, a los hombres y al tiempo a galope tendido, entró a la muerte, entero."
Hoy cien años después, confirmamos que vive y para siempre. El ejemplo de rebelión contra la injusticia que dejó como reguero por donde anduvo, salió del Estado de Morelos, salió de la República de México, es patrimonio de los pueblos de toda América que mantienen la lucha y recuerdan el grito jubiloso del campesino y del indio mexicano que comenzó en 1910 y no pudieron segar el 10 de abril de 1919:


¡VIVA ZAPATA!

Henry Arroyo Clemente.
 



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