Una crónica de la corrupción española

La impresión de cualquier observador nacional o internacional que siga un poco de cerca las vicisitudes sociales de España es que en España la corrupción viene siendo sistémica y alcanza a todos los intersticios de la vida pública... Son ya muchos años los que viene la población llevándose las manos a la cabeza asombrada por el número de casos de corrupción en la política, por el cinismo de los políticos envueltos en corrupción, por las cifras colosales de cada rapiña y la suma total del expolio, y por la tibia respuesta de la justicia, en perjuicio de millones de personas.

Son veinte años de saqueo. Aproximadamente diez de los cuales fueron opacos para el conocimiento público, hasta que han ido saliendo a la luz casos y más casos, más por el denuedo del periodista investigador que por una inexistente policía judicial o una policía fiscal que generalmente actúa al rebufo de lo divulgado por periodistas valientes.

Pero da la impresión de que en la sociedad española ninguna superestructura, ningún estamento, ninguna actividad colectiva, oficio o profesión están libres de sospecha. No sabe uno a dónde mirar para encontrar un remanso de confianza. Es desolador. Hasta el periodismo infunde sospechas. Pues no sería extraño que el periodismo al uso no haya caído en otra suerte de corrupción de corto alcance al no publicar inmediatamente trapisondas, chanchullos y tejemanejes de los políticos que ya conocía, para publicarlos más tarde más por oportunismo que por prudencia. Y ahora mismo está sobre la mesa la negativa europea a legislar contra las noticias falsas y la desinformación en la Red. Noticias falsas que no sólo están en la Red, sino también en medios protegidos por el poder financiero declarados abiertamente hostiles a la nueva generación de políticos que intenta limpiar de corrupción el país, que juegan sucio, recurren al libelo y mienten canallescamente al propalar su noticia tendenciosa.

El caso es que la corrupción política se extiende desde hace mucho como una mancha de aceite a todas las esferas públicas. Todo está contaminado, como todo acaba contaminado después de una explosión nuclear. La política... pero también banca, justicia, religión, sanidad, entes benéficos, estamento militar, ong, hidroeléctricas y telefonía, laboratorios farmacéuticos, abogacía, medicina, arte en manos de marchantes...

Quedaba una superestructura: la enseñanza. Pero ahora resulta que la enseñanza, el único espacio que parecía estar a salvo del tráfico nauseabundo, aparece también corrupta, parcialmente por supuesto, pero si cabe más grave por la índole noble de su cometido y por su alcance. Pues a diferencia de la política cuyo sesgo puede cambiar en una legislatura, el efecto de la desconfianza en la enseñanza súbitamente surgida puede extenderse en el tiempo.

Y si alguien dice que esto no es así, es necesario que lo pruebe. Nos alegraría la demostración porque podría descansar el espíritu del español cansado de tanta doblez, de tanto cinismo y de tanto desprecio por la res publica. Pero no basta con decir que no son todos -faltaría más-, que hay mucha gente honesta y escrupulosa en todas partes, que es lo que a menudo se ha oído decir sobre los tantos concejales honrados en España que trabajan incluso por nada... Se sabe de sobra. Cuando se dice que todo está putrefacto es porque son significativos y suficientes los personajes corruptos que conocemos en cada institución española, para infectar a todo lo demás y a todos los ámbitos de la sociedad, vista ésta a distancia por el resto del mundo.

Cuesta mucho a un profesional, a una institución o a una persona común labrarse buena fama y prestigio. Necesitan suficiente tiempo para inspirar confianza a quienes recurren a ellos. Pero los pueden perder en un instante. Y cuando un personaje público, un político, un gobernante, un instituto, una empresa o una tienda de comestibles... de prestigio son sorprendidos en un delito, en una bellaquería o en una trampa la buena fama, la confianza y el prestigio pueden perderlos incluso para siempre. Pues bien, en esa tesitura se encuentran centenares, si no miles, de políticos y de personajes españoles de probada inmerecida relevancia. Y si por la corrupta tolerancia de la ley, de un juez o de un tribunal gozan de virtual impunidad (otra sutil forma de corrupción, como se dice más arriba), a la gente de bien al menos le queda el consuelo de saber que ninguno de ellos podrá evitar jamás su exposición de por vida a la pública vergüenza...



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Jaime Richart


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