Cuando Sagasta y Cánovas hacían la "Política" española

"Dijérase que todo se reduce aquí a satisfacer a los 100.000 españoles de las clases distinguidas, proporcionándoles destinos y haciéndoles ganar dinero. El pueblo parece indiferente: Esto prueba que el gobierno actual tiene las elecciones en sus manos y aún se cuida de que sean elegidos algunos miembros de la oposición. Todo ello constituye un sistema de explotación de lo más abyecto, una caricatura de constitucionalismo, frases y latrocinio".

Desde 1885 hasta 1897, Cánovas y Sagasta se dedicaron a cultivar material y espiritual de España pugnaba por hacer saltar esa corteza, o mejor dicho, esa capa aislante de vació que, al atenazar esas energías, permitía la vida muelle de los cien mil españoles.

No es cosa de fatigar al lector con la minuciosa descripción de las querellas domésticas entre "conservadores" y "liberales". Baste con decir que Sagasta ocupó el Poder (con Moret haciendo y deshaciendo en política exterior) desde 1885 a 1890. En esta época se aprobó el sufragio universal y el Código civil individualista copiado del de Napoleón I en Francia, que empeoraba la situación de los arrendatarios rústicos. En 1890, Cánovas, cansado de jugar a la "oposición de Su Majestad", echó una linda zancadilla a Sagasta, formando gobierno con el duque de Tetuán en Estado, y Silvela en Gobernación. La cosa debió ser un poco fea a juzgar por los juicios severos de periódicos tan sesudos como The Times, de Londres, y Le Figaro, de París. Decía el primero:

"La situación actual presenta an0malias sin precedente, aún en este país de moralidad política tan severa. Un golpe de mano, si así puede decirse, produce una crisis que no explica ninguna razón aparenta, política ni parlamentaria."

La disidencia de Silvela dio al traste con este gobierno en 1892. ¡Otra vez Sagasta! El jefe liberal desempeño su "turno" hasta 1895. La transformación del problema de Cuba en verdadera guerra, la agravación de la situación financiera más arriba examinada, el surgimiento de conflictos sociales y nacionalistas…, todo se puso en contra y Sagasta tuvo que ceder otra vez el Poder a su cordial contrincante. Pero a los dos años (verano de 1897), Cánovas caía asesinado en el balneario de Santa Águeda (Santander). No le agradaba la sucesión a Sagasta, pero no tuvo otro remedio que recoger tan triste herencia y presidir el hundimiento de los restos del imperio colonial.

La opinión republicana, tras los primeros años de la Restauración, recobró nuevos bríos. En 1886 fue elegido diputado a Cortes Don Nicolás Salmerón, que había abandonado el destierro de París un año antes, para reintegrarse a su cátedra de Metafísica en la Universidad madrileña.

Al saberse en Madrid que Salmerón iba a responder en las Cortes al Mensaje de la Corona, el día 1.º de julio de 1886, se aglomeró el pueblo en las puertas del Congreso formando cola que ocupaba varias calles. Aquel día hizo Salmerón el proceso de la Restauración desde el golpe militar de Sagunto ("ceñía espada fundida más el calor de la fortuna que al y temple del valor", dice a Martínez Campos) hasta los gobiernos de Cánovas y Sagasta.

Aún no había terminado el verano, el 19 de septiembre, cuando dos regimientos, al mando del general Villacampa, recorrieron las calles de Madrid al grito de ¡Viva la República! Era un pronunciamiento más, condenado al fracaso. Pero la opinión no era la misma que cuando los acontecimientos de Badajoz. Esta vez Sagasta tuvo que acceder a la conmutación de pena de muerte para Villacampa, aunque le costó la dimisión de uno de sus ministros. Gamazo, opuesto a las medidas de clemencia.

La sublevación de Villacampa respondía aún a la política conspirativa de Ruiz Zorrilla. Poco después, la diferencia de criterios sobre la táctica a seguir produjo una escisión entre republicanos progresistas de Ruiz Zorrilla y "centralistas" de Salmerón y Azcárate.

No obstante, y a través de esas dificultades, los republicanos fueron encontrando mayor audiencia electoral; en 18934, la coalición republicana logró un sonado triunfo electoral en varias ciudades de importancia, Madrid, Barcelona y Zaragoza, constituyendo así una minoría importante en las Cortes.

Si las inquietudes de la burguesía liberal y pequeña burguesía se manifestaban de esa manera, las de los trabajadores adquirían otras formas. En lo político, el Partido Socialista había celebrado su primer Congreso (constitutivo en escala nacional) en 1888. Dos años antes, había visto la luz pública El Socialista. En lo sindical, ese mismo año se constituyó la U. G. T. Pero, sobre todo, la progresión de las ganancias capitalistas, sin consiguiente aumento de la retribución de la fuerza de trabajo (mientras los precios subían), dio lugar a luchas sociales de gran alcance, esta vez en el Norte.

En esa época, los mineros vizcaínos tenían que vivir en barracones, lejos de los suyos, y comer y aprovisionarse en cantinas pro piedad de los empresarios o de los capataces con el género de la sufrida por los "caucheros" en ciertas regiones de América del Sur. Cuando la indignación por este régimen de vida iba en aumento, la empresa inglesa "La Orconera" despidió a cinco obreros. El 13 de mayo de 1890 los obreros de la empresa se declaron en huelga y organizan un mitin de protesta. La autoridad cree fácil suspender el mitin, pero entonces se reúnen 4.000 obreros en Ortuella y hacen parar el trabajo en otras minas. Luego, 6.000 huelguistas de las minas llaman a la acción solidaría a los obreros siderúrgicos. "La Vizcaya", "Altos Hornos" y además grandes empresas van al paro, que se extiende como mancha de aceite: toda la actividad minera e industrial se paraliza; 21.000 hombres han abandonado el trabajo.

Por el camino de las soluciones fáciles, se declara el estado de guerra; el capitán general de la región, D. José María Lorna, se desplaza de Burgos a Bilbao. Allí parlamenta con los obreros no ceden; estos piden: 1.º, poder vivir donde quieran; 2.º, poder aprovisionarse donde quieran; 3.º, jornadas máxima de trabajo sería de diez horas, compensada según las diferentes estaciones del año.

Mientras se parlamenta, la fuerza pública interviene; hay un muerto y varios heridos, pero los obreros no ceden. Entonces, el general Lorna dicta un bando que supone un triunfo de los huelguistas; según el llamado "pacto de Lorna", las cantinas desaparecerían, los obreros tendrían libertad de vivir donde quisieren y la jornada de trabajo sería de once horas en verano y de nueve en invierno.

Pero los capitalistas, en pleno auge de la "época del acero", no estaban para pararse en minucias de bandos aunque éstos fueran dictados por capitanes generales. Así que las disposiciones del "pacto" fueron muy poco respetadas; las cantinas siguieron existiendo y en muchos casos los obreros eran "libres" de vivir en barracones o de no trabajar y morirse de hambre. Comentador tan poco sospechoso como D. José Félix de Lequerica subraya que "fueron muchas las empresas que burlaron legalmente lo ordenado en el Pacto." Buena prueba es de ello que en 1894 dos mil mineros se declararon en huelga para protestar contra el mal servicio de las cantinas. Entre tanto, 1891 eran elegidos cuatro concejales socialistas de Bilbao y uno en San Salvador del Valle, En 1890, se había celebrado por vez primera la manifestación del 1.º de Mayo y al año siguiente este día fue conmemorado con diferentes huelgas parciales.

Entre los rabasaires catalanes se produjo fuerte malestar, particularmente de 1883 a 1890, a causa de la caducidad de contratos de rabassa morta, por los estragos causados en las viñas por la filoxera, que motivó, entre otras, la sentencia del Tribunal Supremo de 9 de julio de 1884. Hubo entonces fuerte agitación que se tradujo en la creación de sociedades de defensa de los rabasaires en el Panadés y otras comarca vitícolas.

La agitación subió de punto a partir de 1891; el 8 de julio de 1892 tuvo lugar una inmensa marcha de campesinos sobre Jerez. Procedentes de todos los pueblos de la comarca, armados de hoces y palos, ocuparon durante la noche la ciudad hasta ser desalojados por la Guardia civil.

Los sucesos de Jerez ocasionaron la muerte de un trabajador y de dos propietarios. La de éstos originó un severo proceso contra numerosos campesinos: el 10 de febrero recibieron garrote vil los procesados Lamela, Zarzuela, Busiqui y Lebrijano, acusados de una complicada sedición, en cooperación con el ex-diputado avanzado Fermín Salvoechea, residente en Cádiz, al que se quería hacer pasar como cabecilla de esta insólita "revolución". La base de la acusación era la "confesión espontanea" de uno de los acusados, Félix Grávalo. Al año siguiente, en la vista oral del Consejo de guerra, el acusado dijo que sus declaraciones eran falsas y que fueron hechas bajo el tormento. No obstante, el tribunal militar dictó diez penas de cadena perpetua, y Salvoechea fue condenado a doce años y un día de prisión.

En Cataluña el anarquismo siguió contando numerosos adeptos. El empleo de los métodos llamados de "acción directa" dio motivo o pretexto al Gobierno para dictar leyes de excepción "contra el terrorismo".

Este renacer del movimiento progresista, así como la psicosis especial creada en el Ejército con motivo de la guerra de Cuba, dio lugar a una reacción de tipo militarista que reflejaba la evolución sufrida por el Ejército en los últimos veinte años y su alineamiento en las fuerzas de la derecha.

A consecuencia de un artículo publicado por el periódico El Resumen, de Madrid, un grupo de militares asaltó la redacción e imprenta de dicha publicación y las del diario El Globo. Protestaron los directores de periódicos exigiendo la protección que las leyes les otorgaban. El Gobierno resultó menos fuerte que el Ejército. Fue entonces cuando publicó aquella declaración diciendo "que no puede garantizar en estos momentos el mantenimiento del orden público, y no ha podido restablecer la disciplina militar, y que, de esta suerte, no se puede gobernar con los prestigios que demandan los intereses del país.

El resultado fue la caída del gobierno Sagasta en 1895. Como síntoma premonitorio vale la pena destacar el hecho.

—España sigue igual.

¡Viva la III República española y Socialista!



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Manuel Taibo


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