En busca de un "modelo" para Oriente Medio

Cuando la idea de invadir un país árabe y convertirlo en un Estado modelo empezó a ganar adeptos, después del 11 de septiembre, comenzaron a barajarse los nombres de posibles candidatos: Irak, Siria, Egipto o Irán (el preferido de Michael Ledeen). Sin embargo, Irak tenía mucho a su favor. Además de sus enormes reservas de crudo, también ofrecía una buena situación para las bases militares ahora que Arabia Saudí parecía menos fiable. Por si fuera poco, el uso de armas químicas por parte de Sadam contra su propio pueblo le convertía en un objetivo fácil de odiar. Otro factor, casi siempre pasado por alto, era que Irak ofrecía la ventaja de la familiaridad.

Irak ofrecía otra ventaja. Mientras el ejército estadounidense estaba muy ocupado fantaseando con repetir la operación Tormenta del Desierto con una mejora tecnológica equivalente a "la diferencia entre Atari y PlayStation" (como dijo un comentarista), la capacidad militar de Irak había menguado debido a las sanciones y estaba virtualmente desmantelada por el programa de inspección de armas de Naciones Unidas. Eso significaba que, en comparación con Irán o Siria, Irak parecía el lugar adecuado para la guerra más fácil de ganar.

La invasión de Irak se vendió a la opinión pública sobre la base del temor a las armas de destrucción masiva porque, como explicó Paul Wolfowitz, esas armas eran "el único punto sobre el que todo el mundo podía estar de acuerdo" (en otras palabras, la excusa del menor denominador común). La razón de menos peso, defendida por los partidarios más intelectuales de la guerra, fue la teoría del "modelo". Según los expertos —identificados, en muchos casos, como neoconservadores— que dieron a conocer esta teoría, el terrorismo procedía de numerosos puntos de los mundos árabe y musulmán: los secuestradores del 11 de septiembre eran de Arabia Saudí, Egipto, los Emiratos Árabes Unidos y Líbano; Irán entregaba fondos a Hezbolá; Siria acogía a los líderes de Hamás; Irak estaba enviando dinero a las familias de los terroristas suicidas palestinos. Para estos defensores de la guerra, que relacionaban los ataques contra Israel con los ataques contra Estados Unidos (como si no hubiese diferencias entre de ellos), eso era suficiente para calificar toda la región de nido potencial de terroristas.

Resulta difícil de creer, pero de nuevo ése era más o menos el plan de Washington para Irak: sembrar el shock y el terror en todo el país, destruir sus infraesturas, permanecer de brazos cruzados mientras su cultura y su historia eran víctimas de pillaje, para arreglarlo después con un abastecimiento ilimitado de electrodomésticos baratos y comida basura importada. En Irak, este ciclo de borrar una cultura para sustituirla por otra no fue teórico; todo se desarrolló en cuestión de semanas.

Por tanto, ¿qué ocurría en esta parte del mundo, se preguntaban, para que existiese el terrorismo? Ideológicamente ciegos ante el hecho de que las políticas de Estados Unidos o Israel eran factores contribuyentes, por no mencionar las provocaciones, identificaron la verdadera causa como algo más: el déficit de la región en democracia de libre mercado.

Thomas Friedman habló sin rodeos sobre lo que significaba para Irak ser elegido como modelo. "No estamos construyendo una nación en Irak. Estamos creando una nación", escribió, como si comparar precios para crear de la nada una nación árabe grande y rica en petróleo fuese algo natural, incluso "noble", en el siglo XXI. Como otros muchos defensores de la guerra, Friedman afirma desde entonces que él no imaginó la carnicería que seguiría a la invasión. Resulta difícil entender cómo pudo pasar por alto ese detalle. Irak no era un espacio vació en un mapa; era, y sigue siendo, una cultura tan antigua como la civilización, con un fervoroso orgullo antiimperialista, un fuerte nacionalismo árabe, una fe profunda y una mayoría de población adulta masculina con formación militar. Si la "creación de una nación" iba a tener lugar en Irak, ¿qué se suponía que iba a ocurrir exactamente con la nación que ya existía allí? La suposición tácita desde el principio fue que gran parte de esa nación tendría que desaparecer a fin de despejar el terreno para el gran experimento (una idea que incluía la certeza de una extraordinaria violencia colonialista).

Treinta años antes, cuando la contrarrevolución de la Escuela de Chicago dio su primer salto del libro de texto al mundo real, también se intentó borrar naciones y crear otras nuevas en su lugar. Como Irak en 2003, el Chile de 1973 tuvo como fin servir de modelo para todo el continente rebelde (y así fue durante muchos años). Los brutales regímenes que llevaron a cabo las ideas de la Escuela de Chicago en los años setenta entendieron que, para lograr el nacimiento de nuevas naciones en Chile, Argentina, Uruguay y Brasil, era preciso arrancar "de raíz" categorías enteras de pueblos y sus culturas.

En los países que sufrieron las limpiezas políticas se han producido esfuerzos colectivos para aceptar esta historia violenta: comisiones de la verdad, excavaciones de tumbas anónimas y el comienzo de los juicios por crímenes de guerras contra los culpables. No obstante, las juntas latinoamericanas no actuaron solas: recibieron el apoyo, antes y después de los golpes, de Washington (tal como se ha documentado ampliamente). Por ejemplo, en 1976 —año en que se produjo el golpe de Estado en Argentina—, cuando miles de jóvenes activistas fueron arrancados de sus casas, la Junta militar tuvo el apoyo económico de Washington ("Si hay cosas que hacer, deberían hacerlas cuanto antes", dijo Kissinger). Aquel mismo año, Gerald Ford era el presidente, Dick Cheney era jefe del Estado Mayor, Donald Rumsfeld era secretario de Defensa, y el ayudante ejecutivo de Kissinger era un ambicioso joven llamado Paul Bremer. Estos "hombres" no se enfrentaron nunca a un proceso de verdad y justicia por su apoyo a las juntas militares y siguieron disfrutando de carreras largas y prósperas; tan largas que tres décadas más tarde seguían en activo para poner en marcha un experimento sorprendentemente similar, aunque mucho más violento, en Irak.

En su discurso inaugural de 2005, George W. Bush describió la época entre el final de la Guerra Fría y el principio de la guerra contra el terror como "años de reposo, sabáticos, […] y después llegó un día de fuego". La invasión de Irak marcó el terrible regreso a las antiguas técnicas de la cruzada del libre mercado: el uso del shock definitivo para borrar por la fuerza todos los obstáculos contrarios a la construcción de modelos de Estados corporativistas libre de toda interferencia.

Ewen Cameron, el psiquiatra pagado por la CIA que intentó "desprogramar" a sus pacientes haciéndoles regresar a un estado infantil, creía que si un pequeño shock era conveniente para ese propósito, mas sería mejor. Aplicó en los cerebros de los presos todo lo que se le ocurrió —electrizado, alucinógenos, privación sensorial, sobrecarga sensorial—, cualquier cosa que borrase el contenido y le dejase con una tabla rasa sobre la que pudiera escribir nuevos pensamientos, nuevos patrones. Con un lienzo mucho más grande, ésa era la estrategia para la invasión y la ocupación de Irak. Los arquitectos de la guerra supervisaron el arsenal global de tácticas de shock y decidieron utilizarlas todas: bombardeos militares relámpago complementados con elaboradas operaciones psicológicas, seguidas del programa de terapia de shock político y económico más rápido y extenso que se había probado nunca. Si se producía alguna resistencia, se reuniría a los provocadores y se les sometería a todo tipo de abusos.

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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