Cuando el perro muerde a su amo…

La crisis de Colombia, con sus múltiples facetas (drogas, parapolíticos, paracos, bandas criminales, fosas comunes, sicariato, falsos positivos, miseria extrema, etcétera), no es posible que sus gobernantes persistan en seguir escondiéndola y menos aún que nuestro gobierno Bolivariano deje de hacer todo lo necesario para impedir que esa realidad se traslade a Venezuela…

La realidad colombiana en el tema del desplazamiento de personas es imposible de ocultarla, por más que se recurra al inmenso poder de los medios que ya sabemos cuánto daño le han causado a la humanidad con sus mentiras y falsedades fabricadas en sus laboratorios de guerra sucia en los últimos setenta años, para no irnos más atrás.

Hoy nos topamos con la última edición de la revista Semana de Bogotá y, por supuesto, era para nosotros impensable que en alguna de sus páginas encontraríamos alguna versión que se acerque a lo que verdaderamente sucedió recientemente en nuestra frontera con el vecino país y que obligó al Presidente Maduro, no sólo tomar la drástica medida de cerrarla, sino a dictar un decreto de Estado de Excepción, todo ello en el ejercicio pleno de sus facultades constitucionales y en el marco de nuestra total e inalienable soberanía, la cual no la tenemos hipotecada y/o pisoteada, como vemos que sí la tiene Colombia con el gobierno imperial de Washington, el cual le impuso nada menos que siete bases militares desde hace más de quince años (1999, durante el gobierno de Andrés Pastrana), así como la inmunidad absoluta a sus componentes militares y civiles.

En esa publicación todo lo que hay son condenas a Venezuela y, por supuesto, en un tono mucho mayor, al gobierno del camarada Presidente Nicolás Maduro. Nada se dice de la pobreza que acogota a la mayoría de la población santanderiana, con un desempleo atroz, una informalidad laboral que sobrepasa el 70%, la cual está alimentada, y he allí el grave problema, sólo y únicamente del contrabando mil millonario que sale de nuestro país y que luego es legalizado por las autoridades colombianas, tanto municipales como nacionales, además del terror y del miedo que infunden en la región las llamadas bandas criminales (Bacrim), las que antes no eran otra cosa que las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y que como lo sabe el mundo todo, llenó antes (durante más de casi tres décadas) y aún lo sigue haciendo con este nuevo disfraz, de sangre a borbotones y lágrimas los caminos y pueblos de esa hermana Nación.

El título de la nota surge porque si bien en esa revista somos blanco del mayor de los odios en cada página donde se aborda el tema fronterizo, vemos en uno de sus escritos, titulado “Expulsados de ida y vuelta”, firmado por el experimentado periodista, Antonio Caballero, que más allá de que su largo introito no es otra cosa que una andanada de insultos contra nosotros de diversos calibres, reservó su parte final para condensar una suerte de reclamo un tanto aderezado al Presidente Santos y a su gobierno por la crítica situación económica y social por la que debieron pasar todos los colombianos que tomaron la decisión de trasladarse a vivir a Venezuela, en los términos como lo copiamos seguidamente:

“…¿por qué estaban allá los colombianos a quienes hoy expulsan por indocumentados indeseables?

Porque antes habían sido expulsados de acá, por la necesidad o la violencia, bajo gobiernos presididos por Santos y sus predecesores. Tampoco recuerdo que entonces hubiera protestado mucho la prensa que hoy se indigna. ¿Cuándo nos mostró fotos de colombianos cruzando el río Táchira de acá para allá? ¿Y llevaban a la ida colchones o neveras?

Esta revista escribe con sorpresa que las de los deportados “parecían fotos llegadas de alguno de los puntos más conflictivos del planeta”. ¿Y es que no es “conflictivo” un país que ha generado 5 millones de desplazados internos y otros 5 externos? Santos les dice ahora a los retornados de Cúcuta que son “bienvenidos a su patria” y que “aquí los queremos”. Pero ¿los despidió con lágrimas cuando salieron, pidiéndoles que no se fueran de su amorosa patria? Ahora exagera la nota retórica comparando el caso con el Holocausto nazi, y preguntándose: “¿Dónde estaba el mundo cuando ocurrió todo esto?”. La pregunta podría ser también: ¿Dónde estaba Santos cuando 4 millones de colombianos tuvieron que irse de aquí? En el gobierno. El suyo, o el de Uribe, o el de Pastrana, o el de Gaviria…Y tiene razón Maduro: a muchos de ellos los recibió Venezuela.

Colombia, por su lado, ¿a quién le ha dado cobijo? Que yo sepa, a Pedro Carmona, el promotor del golpe de Estado contra Hugo Chávez en el 2002.

En resumen: la patriotera y humanitaria protesta colombiana contra Venezuela, aunque justa, parece también bastante oportunista. Es como si en medio de la monumental tragedia de los náufragos del Mediterráneo el presidente sirio Al Assad y el califa islámico Al Bakr denunciaran la crueldad de los europeos que tardan en acoger al millón de refugiados que huyen del Levante incendiado por ellos. Es un deber humanitario dar asilo al que huye. Pero se me antoja que mayor aun es el deber recíproco, o contrario, de no exiliarlo.”

Sin duda que este reclamo de Caballero tiene su justificación en una realidad que no es posible intentar taparla con nada y menos con la amenaza de Santos de que llevará a la dirigencia del gobierno de Venezuela al Tribunal Internacional de la Haya por violación de derechos humanos a sus conciudadanos.

Tanta desfachatez resulta realmente increíble…!!!





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Iván Oliver Rugeles


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