Carta de un prisionero de guerra en la U.R.S.S.

Esta época de vida militar generalizada demuestra que no es en absoluto una cuestión de mérito o de defecto, ni siquiera de carácter, el que un hombre lleve un uniforme en lugar de otro, o que esté del lado del verdugo, en vez del de la víctima.

Es con la mayor repugnancia que escribo este capítulo relativo al período de mi cautividad en la Unión Soviética el 22 de diciembre de 1941. Sé que servirá probablemente para reforzar puntos de vista por los que no siento ninguna simpatía, mientras que el bando opuesto me tratará de mentiroso, de falso y traidor a la causa del pueblo.

Después de leer este capítulo de mi vida, los fanáticos de uno de esos puntos de vista se apresurarán a subrayar con lápiz ciertos párrafos triunfalmente:

—¡Ahí tenéis! ¡Ahí tenéis como es aquello! Juzgad vosotros mismos. Según un testigo ocular. Leed el relato de un testigo ocular. ¡Escuchad estas verdades relativas a la Rusia soviética!

Si alguien me pregunta si es "así" o no la Rusia soviética, sólo podré contestarle con toda honestidad que no lo sé. La U.R.S.S. es inmensa. Permanecí allí poco tiempo. Sólo vi una pequeña parte. Y las circunstancias de mi estancia eran tales que me resultaba imposible entablar las relaciones necesarias, efectuar los sondeos indispensables para la elaboración objetiva de una cosa tan compleja como la manera como "va todo" en un país extranjero.

Era el enemigo de aquella gente. Poseían buenos motivos para maltratarme, odiarme y quedarse tan tranquilos ante todas mis desventuras. ¿No era yo, uno de los que habían contribuido a incendiar millares de poblados y a arruinar la existencia de millones de hombres y mujeres?

No comparto la opinión ingenua de que el nazismo y la democracia popular eran similares, que Hitler y Stalin tenían el mismo temple. Una ojeada a sus fotografías yuxtapuestas os demostrará la estupidez de esta afirmación. Hitler era un histérico. Stalin un individuo obstinado con el suficiente sentido común para no jugar con las revoluciones, sino seguir el camino previamente trazado, siempre alerta, con una competencia casi científica, una paciencia infinita y una infinita desconfianza. Stalin no era ni un imbécil ni probablemente un santo. No habiéndole conocido personalmente, prefiero no emitir ningún juicio a su respecto. Pero después de haber comparado los rostros de estos dos hombres, si queréis molestaros en comparar sus escritos, comprobaréis rápidamente que Hitler y Stalin eran tan distintos entre sí como es posible serlo…

Esta crónica de mi estancia con los rusos, en calidad de prisionero de guerra no puede, ni debe, ser tomada y utilizada como argumento en pro o en contra del socialismo, pro o contra Stalin, pro o contra el "bloque del Este" En tanto que el Führer y sus asociados, los que han muerto y los que viven aún, vegetando esparcidos por casi todo el mundo, sigan ejerciendo la menor influencia, perderemos el tiempo y las energías yendo a Moscú a buscar las causas de los diversos temores que abruman este miserable planeta.

En tanto la libertad democrática participativa no rebase el estado de postulado teórico, no tenemos derecho a barrer en otro sitio que no sea nuestra propia casa.

Por otra parte, por lo que Amí respecta, podréis conservar vuestra libertad y hacer con ella todo lo que os plazca, en tanto me dejen en paz. Mi deseo de libertad no sigue la trayectoria de las balas de fusil. Habiendo saboreado la guerra bajo todas sus formas, me someteré de buena gana a las peores limitaciones, si es necesario, con tal de que podamos vivir en paz. No basta con levantarse y decir: "No queremos más guerras", y regresar a su asiento imaginando que se ha cumplido con su deber. Es preciso que las voluntades se afirmen; es preciso que todo el mundo tenga comida suficiente, y que todos los grandes programas y planes humanitarios pasen de la teoría a la práctica. Esto exigirá esfuerzos considerables, que tal vez se extiendan sobre varias generaciones. La construcción de la poderosa maquinaria que asegure la producción y reparto equitativo de bienes, exigirá mucha energía y alta disciplina. Exigirá la más dura de las limitaciones: la precisión de subordinar los intereses individuales a las necesidades de interés general. Del interés general, y no, como en el caso del nazismo, de cuarta secta privilegiada. Exigirá la renuncia a ciertas comodidades, a ciertas satisfacciones personales. Exigirá el olvido de sí mismo y la liquidación de esta forma de individualismo que sólo reconoce los derechos del individuo, nunca sus deberes. Pero resulta tan molesto, tan combatido, tan gastado hablar de los deberes del individuo… Todos hablamos demasiado de la libertad, subentendiendo que nuestro único deseo es exterminar a los otros. O, lo que es el colmo de la infamia, impulsar a los otros a que se exterminen entre sí para gozar del espectáculo y llevarse los beneficios.

Sin embargo, dos motivos, por lo demás relacionado, me impulsan, pese a mi repugnancia y a mi temor de ser, voluntaria o involuntariamente, mal interpretado, a hablar de la época en que estuve prisionero en la Unión Soviética. El primero es que esta crónica de la guerra, tal como la he vivido, estaría incompleta sin este capítulo de mi vida, y al segundo, que tal capítulo es necesario, porque se propone combatir la guerra, es decir, exactamente lo contrario de un panfleto que trata de demostrar que "así van las cosas" en la Unión Soviética, un enorme país que no conozco en absoluto, pero que en tiempo de paz imagino igualmente humano que cualquier otra nación del mundo, o en otras palabras, perfectamente vulgar y abismado, como todos los otros, en las triviales preocupaciones de la vida cotidiana…

—En mayo de 1942, paré la cola, cuando me enteré que íbamos a ser sin duda desplazados al infierno de Tobolsk, decidí tomar las de Villadiego. Mi intención era regresar a Moscú y colocarme, si era posible, bajo la protección de la Embajada sueca. Anduve sin la menor pausa durante aproximadamente veinticuatro horas. Finalmente encontré, una línea férrea, con toda probabilidad la de Gorki a Sarátov. El primero que pasó era un tren de mercancías que iba a mediana velocidad. Así que la locomotora me hubo rebasado. Me aferré a un vagón abierto. Un momento después estaba a buen recaudo, en la plataforma del vagón, y me deslice en el interior de una carreta cubierta con una lona que transportaba. En Sarátov abandoné el tren para tratar de encontrar otro más favorable a mis deseos, en el caso de que este prosiguiera su camino en mala dirección.

Fue entonces, y sólo entonces, cuando me di cuenta de que regresaba al frente. Hasta entonces nunca me había parado a reflexionar, pero unas cajas de moniciones constituían un buen recordatorio. ¡Regresaba al frente! Con anterioridad, sólo había tenido una idea: huir de Rusia, puesto que la Unión Soviética era para mí una tierra de acechanzas. Pero si me interesaba verdaderamente salvar el pellejo, ¿debía regresar al frente? ¿La vanguardia de todas las ofensivas y la retaguardia de todas las retiradas? La paradoja era deprimente. ¿Por qué era tan estúpida la vida? ¡Más valía meterme una bala en la cabeza sin pérdida de tiempo!

Había vagado fugitivo en este inmenso país, solitario y perseguido, pero también auxiliado más de una vez, y en lo más hondo de mis sufrimientos personales, Rusia me había mostrado cuán vasto es el mundo, colorido, rico en posibilidades de aventuras. Había entrevisto algo que existía entre el tiempo y el espacio, en una escala infinitamente mayor que la pequeña "España cercada y en curso de estrangulación". Una nación gigantesca iba a cerrar sus puertas a mi espalda, al final de una breve visita. Sentía unos deseos locos de retroceder, de ir al encuentro de aquellos peligros, aquellas sorpresas, aquella danza sobre un volcán. De buscar a mi princesa para terminar verdaderamente la aventura.

¿Fui tal vez un estúpido al no hacerlo? Hubiese tenido que estar loco para actuar así; pero tenía que estarlo también para volver a la extraña "seguridad" de un tanque de primera línea. Habiendo quemado los puentes con el mundo precario que había edificado a mí alrededor, podía escoger entre un regreso probable a las mazmorras rusas y mi puesto reservado en un carro de asalto alemán. Curiosa elección, en verdad. Tal vez, podría, con mucha suerte, mantenerme apartado de las mazmorras rusas. Pero nunca escaparía al tanque alemán. En realidad, por otra parte, lo más probable era que no podía ya escoger. Me había metido en un engranaje sin fin que me trituraría por completo.

P.D.

—Amigo: ¿Has probado alguna vez a verter una gota de ácido sobre tu mano? Duele. Escuece y quema. Pro puedes ponerte pomada para aliviar el dolor. Imagínate, camarada, lo que será el gemir a solas en un cráter de obús lleno de agua, con el bajo vientre perforado por un casco de bomba de fósforo que te roe lentamente las entrañas. Tardarás tres o cuatro horas en morir, y te aseguro que ni un solo instante tendrás ganas de canturrear. ¿Has estado alguna vez a punto de asfixiarte? Es horrible. Imagínate lo que será que te arranquen la nariz y los labios, y que tu garganta se llene de polvo que levantan los carros de combate al pasar. Poco a poco, tu rostro se pone azul. Emites un extraño estertor. Al rato, mueres, ahogado por el polvo del camino. Podría contarte muchas otras cosas. Un casco de obús en la rótula; un ojo extirpado que cuelga de un tendón y roza tu mejilla; el rostro destrozado por un fragmento de bomba explosiva. Los órganos genitales hundidos en el vientre, la mitad de una hoja de puñal entre las costillas; los brazos y las piernas arrancados en un campo de minas; la parte inferior del cuerpo aplastada bajo la oruga de un tanque; asarse en una fogata de aceite inflamado; una bala en los pulmones o en los riñones.

—Me preguntas por qué te cuento estos horrores que te producen náuseas. Es preciso. Debes saberlo. ¡Qué hermoso es ser soldado! Rosemarie…

¡Gringos Go Home! ¡Pa’fuera tus sucias pezuñas asesinas de la América de Bolívar, de Martí, de Fidel y de Chávez!

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!

¡Viviremos y Venceremos!



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Manuel Taibo


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