Esto no hay quien lo aguante...

Lo que hay en España es una plaga bíblica: la plaga de una canalla política, real y banquera que nos está sacando a cada cual lo peor de nosotros mismos...

Y no es ya sólo la corrupción, el saqueo o el despilfarro frenéticos de las arcas públicas a cargo de alimañas sociales… Ni tampoco los graves efectos materiales y morales que ambos modos de defraudar han producido en la mayoría de ciudadanos y en la confianza de quienes les votaron, que por si solos mueven a sublevación… Ni lo que ha hecho el yerno de un rey sospechoso, de un Estado sospechoso y fallido por culpa de todos ellos y de la banca; ni la evasión fiscal de incontables millones practicada por miembros del partido en el gobierno relacionados con una trama de corrupción precedente en la que están también otros implicados del mismo partido; evasión probada por la respuesta de los bancos suizos a las comisiones rogatorias de un juez ignominiosamente condenado por investigar a fondo esa trama...

Aparte de todo eso, hay también otros datos y detalles concomitantes con los hechos en los que aparecen involucrados personajes y personajillos relacionados con el poder institucional y la banca carentes de todo escrúpulo, cuya repulsa no precisa explicarse por la ilicitud o por la ilegalidad oficiales propiamente dichas.

Me refiero, por ejemplo, a dos fenómenos particulares que claman al cielo justo porque el amparo que le presta la "legalidad" chocan con la más elemental ética y los hace aún más inmorales...

Uno es el caso de esas jubilaciones multimillonarias de señores de un sector bancario que agravian a tanto desahucio, tanto drama humano y tanta miseria provocados en buena medida por su impericia y sus malas artes... ¿Qué explicaciones, de esas del manual del capitalismo que nos explica que "el riesgo justifica el beneficio" aducirán ahora los defensores del sistema de libertades formales que justifique semejante desvarío? ¿en qué, dónde estuvo el "riesgo"? ¿Con qué criterio se estiman esos premios a unos directivos públicos (pues no eran privadas las Cajas ahora fusionadas) que además han llevado a la quiebra a las entidades? ¿Qué clase de méritos adornan a tales personajes que nos impida ver que estamos ante prebendas de medievales, signos de atraso y de barbarie de una sociedad? ¿Es lícita esa gravísima ofensa a los afectados directamente por sus rapiñas y a los excluidos sociales, e indirectamente a la inteligencia de quienes no lo somos... todavía? ¿Tanto valen las neuronas de quienes mediante engaño y malas artes han llevado a la ruina a una entidad, arrastrando a parte de su clientela, como para entender que tienen derecho a esa canonjía que al final costea su propia clientela?

El otro es un comportamiento canallesco aunque sea "legal". ¿Cómo es posible que se permita a un ladrón, presunto o no, el ex presidente de la CEOE, haber llevado a cabo el exterminio de una cabaña de ciervos en una extensísima finca de su propiedad? ¿Hemos de entender que la propiedad de semejante finca lo es erga omnes; es decir, que lleva aparejada el derecho absoluto a tal exterminio sin ley ni ordenanza ni sensibilidad que lo hubieran debido impedir?

¿De verdad creen esos personajes, esos politicastros que dictan en los parlamentos las desigualdades, que hay tal diferencia entre ellos (que dicen estar ahí para servir a la colectividad) y las multitudes de ciudadanos y familias que subsisten sólo gracias a la caridad o a la filantropía? Aun admitiendo nosotros interinamente la axiología capitalista ¿de verdad se creen tan superiores en inteligencia como para llegar a esos extremos? ¿No imaginan los sentimientos de frustración, de impotencia, de indignación y de los horribles deseos que generan en la ciudadanía, y que se imponen a cualquier otro factor de orden y de justicia institucional?

Olvidando pasados desafueros, errores e incompetencia técnica y política escandalosos de los gobernantes de turno y de los altos tribunales (Prestige, inclusión en la ocupación de Irak, desnaturalización del Estatut catalán, defenestración del juez Garzón...), aunque antes eso se vislumbraba, en un espacio relativamente corto de tiempo se ha presentado a la ciudadanía un panorama sumamente sombrío, depresivo y desalentador. A las innumerables fechorías de los muchos implicados en tramas de corrupción y de abusos y desviación de poder, se han unido abusos protegidos por las leyes, como los citados y otros que sería fatigoso enumerar.

En todo caso el espectáculo está compuesto de la noticia constante de bucanerismo de personajes oficiales, oficializados u oficiosos de toda laya; estafas amparadas en unas leyes y unos decretos confeccionados a la medida del interés de estos y de los de su clase... Expolios, expropiaciones, privilegios, desahucios, canonjías, prebendas, sinecuras por doquier; y todo, al lado de una justicia ordinaria implacable con los ciudadanos comunes reducidos a la condición de ilotas, de esclavos de las castas que se ven y se sienten y se comportan como si estuvieran por encima del bien y del mal. Y todo, junto a la grotesca misericordia también de los sucesivos gobiernos expresada en indultos para los suyos, para sus ladrones, para sus timadores, para sus bellacos…

¿Cuánto tiempo queda para que se produzca el estallido de la sociedad que empieza a pasar hambre, vilipendiada por tanto vividor, tanto cacique, tanto nazi, tanto acreedor a ser conducido a gulags para toda la vida?

Yo, personalmente, y estoy seguro que muchos millones más, deseo fervientemente a todos ellos que contraigan la peor de las enfermedades mientras no les fuerce la justicia del Estado a redimirse de manera concluyente con condenas sin paliativos. Porque no son ni uno, ni dos, ni docenas. Esa calaña se cuenta por miles de individuos e individuas amparados y amparadas en la solemnidad de un ordenamiento jurídico viciado de nacimiento y blindado por la perversidad de políticos ambiciosos y pretenciosos que vienen desfilando desde que los primeros cocinaron esa llamada ley de leyes afiligranada a la medida de la manda del dictador. Insoportable...

richart.jaime@gmail.com



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Jaime Richart


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