En honor al general Francisco Morazán

Lo insólito de la muerte de algunos libertadores

La Historia, cuando se trata de la vida de hombres o mujeres que juegan el papel de la personalidad en la misma, suele poder concebirse como una compilación extraordinaria de biografías bien descritas por la práctica social. No es cierto, por lo menos en la mayoría de los casos, que los grandes personajes de la Historia, sobre todo los que se han ganado merecidamente el título de Libertador o Padre de la Patria, terminen sus ideas viviendo la felicidad de los laureles conquistados. Muchos duendes, cuando la oscuridad de la muerte se les acerca, se confabulan y actúan queriendo mancillarles su grandeza histórica.

La ambición individualista y la búsqueda de gloria personal son dos elementos que chocan con las bondades de la historia y con el espíritu excelso del tiempo. Y esos dos elementos saben confabularse para colorear de gris la teoría como de negro el verde eterno de la vida. No es que sean, de pies a cabeza, dos factores que desdigan de la grandeza de seres humanos especiales, pero cuando traspasan los límites de la tolerancia y se vuelven intolerantes, se transforman en bolas de fuego que obnubilan la visión del corazón y todo lo determinan por la distancia de los ojos sin dar importancia a esos detalles que engrandecen el pensamiento y la obra de los personajes históricos.

 No es necesario ir a muchos ejemplos, que existen, en la Historia para saber con exactitud el infortunado destino final de libertadores o padres de patrias. Pareciera que el final de sus días se impone una terrible contradicción, como ley de la negación de la negación, que les hace vivir el sufrimiento ola tristeza que no viven los seres comunes y corrientes aunque muy grande sean los dolores sociales.

 Marx, puede concebirse como el Padre de un nuevo Continente, que Althusser llamó “Historia”. Para Engels era el más grande pensador de su tiempo. Todos saben hoy día que Marx vivió casi en la pobreza material extrema, vio morir –con un intenso dolor en su corazón- a un hijo de desnutrición. Por eso, al decir de Engels, “Es de todo punto de vista imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y América y la ciencia histórica han perdido con este hombre…”. Pero en verdad, respetando la grandeza de Marx, su sufrimiento y su manera de morir no se comparan con la de otras grandes personas de la historia que no jugaron, en cosas del pensamiento social, un papel como el de él, pero en la práctica social fueron igualmente figuras gigantescas. Aun cuando Marx murió siendo el hombre más odiado y calumniado por los explotadores y opresores, no es menos cierto, que también se fue a la tumba “… venerado, querido y llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como él, diseminados por toda Europa y América, desde las minas de Siberia hasta California…” (Engels). No así, en cambio, otros gigantescos personajes de la Historia humana.

 Dos ejemplos son patéticos para demostrar ese proceso inverosímil, inhumano y trágico que viven al final de sus días muchísimos próceres, cuyas virtudes y méritos es imposible que se transformen en episodios aislados y necesarios de olvidar al correr del tiempo. Simón Bolívar y Francisco Morazán, nos ilustran, sin posibilidad de medir la intensidad del dolor humano, todo ese ingrato mundo, pleno de abismos y sinsabores, que toca padecer a forjadores de patrias, de independencias y liberaciones de pueblos enteros.

Los venezolanos –en particular- y los colombianos, los peruanos, los bolivianos, los panameños y los ecuatorianos –en general- ya conocemos mucho sobre las vicisitudes, los rigores de las adversidades, las enciclopedias de calumnias, los diccionarios de falsificaciones, las gramáticas de vilipendios que padeció el Libertador Simón Bolívar, especialmente, en los últimos meses o días de su vida. “Yo los perdono”, dijo el Padre de varias naciones como buscando reducir la culpabilidad de sus enemigos en el trágico final de su existencia. Así fue la grandeza de ese gigantesco hombre de la Historia que soñó con unir repúblicas para que su pueblo fuese como un mar fortificado contra las pretensiones perversas de las grandes naciones que ya dominaban el mundo y le ponían su sello de destino a los mercados del mundo…Y éstos, a los pueblos más atrasados o subdesarrollados.

Pero existe una muerte que es necesario leer y releer muchas veces, estudiar y analizar analizando y estudiando muchas veces para poder pasarla por la conciencia sin que genere odio personal. Me refiero a la del prócer e igualmente Libertador de varias naciones, el general Francisco Morazán. Y de éste, en verdad, sí se puede decir que los suramericanos conocemos muy poco. Confieso que lo que ahora conozco del general Francisco Morazán se lo debo al camarada Camilo, que me prestó un libro, más testimonio de autobiografía que biografía, de ciento una páginas que se intitula “El general Morazán”, de Julio Escoto publicado por la Fundación Editorial El perro y la rana en 2009.

Es un escrito maravilloso que recoge el testimonio como de esos que son dictados en las horas finales de la vida del protagonista y que es ese momento es que no debe mentírsele a la Historia. Es un testimonio espeluznante, bien narrado, recoge detalles que a cualquier historiador le pasan por alto. El estilo es agradable aunque genere ira, porque además de la grandeza del general Francisco Morazán no deja de reconocer esas virtudes que en otros quedan enclaustradas y borradas del mapa por las del prócer. Alega conceptos que deben ser estudiados por sociólogos o historiadores para que desarrollados enriquezcan el conocimiento de la memoria histórica y la conciencia revolucionaria de este tiempo.

Como Bolívar, pero con otros términos, Morazán pensó en grande a la hora de su muerte y por eso dijo: “Declaro que en este instante de muerte mi único suspiro es porque el brillo de mi afán entinte para siempre el porvenir de los centroamericanos…”. Eso es como haber dicho: “Si se consolida la Unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”.

El general Morazán, prócer centroamericano, al final de su vida fue vilipendiado, acosado, atacado inmisericorde, denigrado, calumniado y hasta humillado por quienes les legó patria para que enaltecieran sus pueblos con justicia y libertad. Engrillado lo mantuvieron sus últimas horas de vida. Fue, como Bolívar y otros tantos próceres, un creyente en un Dios que respiraba, por todos sus poros, la bondad y la solidaridad. Igualmente sus detractores creían en Dios, pero en ese que avala y abroga por la explotación y la opresión del ser humano por el hombre-lobo. Y no sólo fue llevado al fusilamiento bajo los improperios de oficiales, soldados sino de gente de esos pueblos que bajo el brillo reluciente de su espada conquistaron su independencia, su derecho a la autodeterminación. Y, al mismo tiempo, antes de su muerte vio desangrarse a uno de sus generales que tomó la determinación de suicidarse ante de que lo llevaran al pelotón de fusilamiento y a un joven oficial, en el cual veía el futuro, envenenarse para no dar el gusto a los perversos que le quitaran la vida con disparos de armas en manos de los reaccionarios y serviles a la injusticia social.

Poco antes de su fusilamiento, el general Morazán, tal vez un tanto apresurado pero con una serenidad respetable, dictó lo que podría llamarse su testamento final que por otros ha sido llamado su último pensamiento. El mismo Morazán reconoció que era, su testamento o pensamiento, desordenado “… por el imprudente tiempo disponible y por las amenazas y vulgaridades que a través de las ventanas me lanzaba aquel pueblo que cinco meses atrás había venido a independizar”.

Testamento o pensamiento del general Francisco Morazán a poquísimo tiempo de ser llevado al paredón de fusilamiento dejan para la Historia su recordación personal en ese momento. Entre todo lo maravilloso que dijo, podemos destacar algunos:

Recordé que el tres de octubre cumpliría cincuenta años y que no los habría de celebrar… Recordé que el hombre sólo es un puñado de carne en torno a un ideal… Recordé que el afecto no muere, no puede morir… Recordé, viendo el llanto de mi hijo manchar mi testamento, que ninguna revolución existe si no es en la juventud, donde renace, cae, nace, perece y vuelve a nacer… Recordé que yo sólo había sido un accidente en una historia sin final porque nunca concluye su escritura… Recordé que el ansia de libertad duerme en la sangre de los espíritus y que únicamente nacemos para renovarlo… Recordé en mi último minuto que sería El Salvador el único lugar donde podrían descansar mis restos sin ser profanadosRecordé que las ideas libertarias siempre alumbran, como el sol… Recordé la dulce venganza del perdón”.

Un mes de septiembre de 1842, en Costa Rica y sin ninguna fórmula de juicio, fue asesinado o fusilado el general Francisco Morazán, quien nacido en Honduras su visión de mundo y sus luchas alcanzaron abrigar en su pecho todas las esperanzas de justicia de Centroamérica. Del prócer diría Alvaro Contreras: “Suprimid el genio de Morazán y habréis aniquilado el alma de la historia de Centroamérica”. Y don Pablo Neruda, el grandioso poeta chileno con mirada universal, dijo: “Alta es la noche y Morazán vigila”.



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Freddy Yépez


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