El antiimperialismo de ahora y la revolución continental

Al destacar el carácter antiimperialista que adquiriría cualquier iniciativa revolucionaria socialista en nuestra América, hay que advertir que no es simplemente porque éste sea parte de la tradición retórica de las diversas organizaciones de izquierda denunciando el pillaje y el poderío hegemónico ejercido por Estados Unidos sobre nuestros pueblos.

Esto va en correspondencia con el hecho que mucha gente está consciente de la grave amenaza que siempre ha representado del imperialismo yanqui para la soberanía y la autodeterminación de la América mestiza, algo que se ha incrementado en las últimas décadas, más de lo que pudo lograrse en el pasado. Ahora hay cierta identidad -no profundizada, por supuesto- con la lucha antiimperialista que ya a finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX germinara en nuestra América, víctima de las apetencias territoriales y de recursos estratégicos, primeramente, por parte de Europa y, más tarde, de la potencia emergente del Tío Sam. Este último elemento de comprensión de nuestra historia común latinoamericana está reivindicando de modo acelerado, a lo largo y ancho del Continente, la gesta cumplida desde las guerras de independencia por nuestros pueblos, de modo que ya las nuevas generaciones latinoamericanas interpretan en qué línea de acción y motivaciones reales se inserta la lucha antiimperialista en nuestro tiempo y en qué medida podremos nutrirnos de los aportes de aquellos primeros luchadores antiimperialistas que enfrentaron el coloniaje español.

Es inevitable que esto sea así. La misma dinámica de la historia contemporánea, caracterizada por el abismo profundo que separa las naciones más poderosas económicamente del resto del planeta, impone una nueva visión humanista que nos haga entender que todas nuestras diferencias sociales y políticas tienen una raíz en común: el modo de producción capitalista y, con él, el imperialismo desarrollado por los países europeos y Estados Unidos, solos o conjuntamente. Ello contribuiría a entender el por qué nuestros mercados siguen dominados por las metrópolis y por qué, cuando se busca defender la soberanía nacional, somos víctimas de golpes de Estado, asesinatos o invasiones militares (algunas de ellas, legitimadas por gobiernos títeres cómplices y organismos internacionales como la OEA y la ONU).

Una revolución socialista a nivel continental, con sus rasgos particulares en cada país latinoamericano y caribeño, forzosamente tendrá que enfrentarse al hegemonismo capitalista, lo mismo que al imperialismo, definido por Lenin como su fase superior, lo cual no puede ignorarse, creyendo que ambos no tienen conexión alguna. Sería una seria contradicción que, a la larga, podría perjudicar la marcha de un proceso revolucionario simultáneo en nuestra América que sería ejemplo para el resto del planeta.-


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Homar Garcés


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