La risa disecada o los defensores de Zuloaga

Cuando la vieja Unión Soviética invadió Afganistán, mi profesor Federico Álvarez, militante comunista, me comentó: “Qué difícil nos la ponen los camaradas soviéticos”. En trance parecido nos hemos visto más de una vez frente a algunas medidas del gobierno bolivariano. En tales casos, lo mejor es criticar o callar, pero nunca intentar defender lo indefendible. Por más esfuerzos que se hagan, el intento resultará fallido. Peor aún, patético.

En la oposición no creen en este precepto. Defienden lo que sea, con tal de ir contra Hugo Chávez. Por supuesto, la defensa a troche y moche logra todo lo contrario de lo que se busca. Le acaba de ocurrir al concesionario de autos y cazador trasatlántico Guillermo Zuloaga, quien en cualquier momento terminará por gritar: “no me defiendan, compadres y comadres”.

Al empresario, como a todo magnate, le sobran defensores, sobre todo los espontáneos, esos que se lanzan al “ruedo del honor” sin que nadie se lo esté pidiendo. El “defendido” ni se entera o simplemente ignora a los patéticos Quijotes o Juanas de Arco, mosqueteros dispuestos a achicharrarse por unos carros acaparados o algún hipopótamo empotrado en la mampostería de una mansión cambiada de uso.

En lugar de demostrar las virtudes del santo varón o desmontar las imputaciones que se le hacen, los espadachines eluden el bulto para decir que aquel acusador es un vago, el otro un infiel y el tercero un mal padre. Está bien, a lo mejor quienes imputan sean todo eso y cosas peores, pero nada de ello le sirve de nada al acusado, ni frente al vulgo ni ante un tribunal.

La comisión del ambiente de la Asamblea Nacional puede ser una inutilidad como su presidente, pero ello no anula la realidad de 200 animales en vías de extinción disecados en una pared, cuya muerte se reivindica como un trofeo en horario estelar de televisión. No hay forma de defender esto sin provocar pena ajena, por más que se retuerza la retórica y se exprima el “humor”.

Siguen los disparos contra el chavismo, la revolución bolivariana, la dictadura, el autócrata, pero las dos docenas de carros acaparados para el engorde están allí, no desaparecen por más epítetos que se lancen contra el “rrrrrégimen”. El abismo entre el precio sugerido por la ensambladora y el que impone el especulador, no se cierra un milímetro por los denuestos dirigidos al zambo de sus maldiciones.

Por los mismos días se prohíbe la cocacola zero. Ya lo hicieron otros países en resguardo de la salud de sus pobladores. De inmediato el antichavismo sale a campo abierto a defender la gasesosa porque se trata de un ataque a la sacrosanta propiedad. Si esto no les cuadra mucho, recurren a la genialidad de preguntar: “ajá, porque no prohíben la caña de azúcar que provoca diabetes o el cigarrillo que da cáncer”. Por supuesto, se prohíbes el tabaco, te sacan que no haces lo mismo con las gaseosas. O acusan a Chávez de usar corbatas de seda.

Adquirir unos vehículos con dólares de Cadivi, “vendérselo” entre empresas “distintas” que son la misma empresa, ocultarlos para engordarlos y luego reventar al consumidor al sacarle el 200%, tiene un nombre. Y tal acción es indefendible así se acuse a Hugo Chávez de ser el propio Lucifer. Lo será, pero ello no purifica el delito cometido por el honorabilísimo capitán de empresa. Ni su acción deja de ser una estafa por el hecho de que haya hacinamiento en la cárcel de Puente Ayala.

Hay quienes apelan al recurso de banalizar el ilícito. Se mofan de que se llevaron a Bambi o a Tío Tigre. Defensa tan ridícula y sublime –uno por lo otro- se convierte en la risa disecada en el rostro del boxeador –o del cazador- que ha acusado un gancho al hígado. Es la mueca del que ha sido sorprendido y descubre que la defensa brindada por unos espontáneos es la mayor prueba en su contra. Es el rictus del desprecio con que el “defendido” corresponde a sus “gratuitos” defensores.

Falta que a Zuloaga le dé ahora por coleccionar en alguna pared los patéticos escritos de sus, para él, desconocidos mosqueteros. No dejaría de ser un bonito detalle para los disecados defensores del mantuano de Los Chorros.

earlejh@hotmail.com


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Earle Herrera

Profesor de Comunicación Social en la UCV y diputado a la Asamblea Nacional por el PSUV. Destacado como cuentista y poeta. Galardonado en cuatro ocasiones con el Premio Nacional de Periodismo, así como el Premio Municipal de Literatura del Distrito Federal (mención Poesía) y el Premio Conac de Narrativa. Conductor del programa de TV "El Kisoco Veráz".

 earlejh@hotmail.com

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