¿Ha muerto “cristianamente” el Manifiesto Comunista?

El Manifiesto Comunista, dijeron sus propios autores, fue un fantasma recorriendo Europa. Como todo fantasma tiene sus etapas de recorrido, no escapa a los inevitables tropiezos de flujo y reflujo; pasos hacia adelante y pasos hacia atrás, algunos para replegarse y retirarse para siempre del escenario de la lucha y otros, para tomar impulso y continuar viaje hacia el destino estratégico de su sueño. Se llamó comunista, porque el socialismo en 1847 representaba un movimiento burgués y el comunismo, un movimiento obrero incipiente pero proletario.

El Diablo es un fenómeno, “creado” por Dios y éste por el miedo de los hombres a los fenómenos más estruendosos de la naturaleza, que lleva siglos dándole guerra al reino del Señor; y al primero, lo combaten con el símbolo de la cruz que sirvió para colocar el cuerpo de Cristo y hacerlo desangrar casi desnudo hasta que fuese silenciado el último latido de su corazón a la intemperie, al lado de dos “ladrones” que también sufrieron el mismo suplicio sin que nadie se percatara de ellos. De allí, por efecto de concentración de miradas, el único que resucitaría sería Jesús. Con el Manifiesto Comunista ha sucedido algo semejante sin que Marx y Engels se hubiesen ganado el favor de Dios de resucitarlos.

El Manifiesto Comunista no sólo recorrió Europa, como un duende produciendo dolores de cabeza a la burguesía y alimentando el espíritu de rebeldía de los obreros, durante un tiempo del siglo XIX, sino también se vio obligado hacer su repliegue necesario cuando el capitalismo superó temporalmente sus crisis sobre la base de las derrotas sangrientas que produjo al proletariado, sectores campesinos y hasta pequeños burgueses europeos. La burguesía no se armó con la cruz del Imperio Romano para combatir el fenómeno del Manifiesto Comunista, sino de mariscales de campo, generales de batalla, material bélico y ejércitos que quitan la vida del fenómeno en vez de espantarlo como táctica religiosa en su lucha contra el Diablo.

El Manifiesto Comunista fue, ciertamente, un fantasma contra la sociedad moderna, la del capitalismo de la libre competencia que muy pronto, aprovechándose del sacrificio y del clamor de justicia de pueblos o clases que hicieron posible con sus luchas la revolución burguesa, mostró su apetito voraz de más riqueza y privilegio sobre el sudor, la sangre, la miseria y el sufrimiento de los explotados y oprimidos sociales. La etapa imperialista, más atroz y salvaje que la primera, no se conocía en el tiempo del nacimiento del fenómeno Manifiesto Comunista. Es a final del siglo XIX y comienzo del XX, ya Marx tenía sus años sembrado en el cementerio Highgate, que comienza (especialmente luego de la guerra hispano-americano (1898) y de la anglobóer (1899-1902) a ser utilizado el concepto imperialismo. Es en 1902 cuando hace su aparición pública, en Londres y New York como debió ser, el primer texto digno de tomar en cuenta sobre el imperialismo y que fue escrito por J. A. Hobson, economista inglés y quien precisamente no era marxista, sino más bien, como lo catalogó Lenin, sustentador del punto de vista del social-reformismo y el pacifismo burgueses.

El Manifiesto Comunista fue el resultado de una época en que la Asociación Obrera Internacional (Liga de los comunistas), nacida en 1847 gracias a Marx y Engels, encargó a éstos de redactar un programa de principios del partido y que fuera, al mismo tiempo y como debe ser, teórico y práctico. Fue publicado, por vez primera, en Londres antes de producirse la revolución de febrero el mismo año, llamado éste el “loco” y coincidió específicamente con la jornada del 18 de marzo y con las revoluciones de Milán y Berlín. Posteriormente, se hicieron ediciones en diversos idiomas, convirtiéndose en un fenómeno de lectura y estudio obligatorio para proletarios, pequeño burgueses “ilustrados”, unos cuantos campesinos ansiosos de conocimiento y solidaridad obrera, y, también, para no pocos burgueses que temblaban de miedo tan pronto lo ponían en sus manos frente a sus ojos. De tal manera, que el Manifiesto Comunista fue y sigue siendo el primer y gran documento programático del comunismo científico, donde se “...expone, con claridad y una brillantez genial, la nueva concepción del mundo, el materialismo consecuente aplicado también al campo de la vida social, la dialéctica como la más completa y profunda doctrina del desarrollo, la teoría de la lucha de clases y del papel revolucionario histórico mundial del proletariado como creador de una sociedad nueva, comunista” (Lenin).

Sin duda alguna, a los ojos y la conciencia de la burguesía y de todos los lacayos de clases más “bajas” que ella, el Manifiesto Comunista tenía que parecer, como las tropelías del Diablo ante las Sagradas Escrituras de Dios, un fenómeno extraño y malévolo recorriendo los medios de su reino Europa. Incluso, en 1848, sin haber cumplido ni siquiera un año de haber salido a la palestra pública el Manifiesto Comunista, en una nación tan atrasada como Venezuela, los términos socialismo y comunismo empezaron a retumbar, como fuego fatídico, en los oídos de la oligarquía en su oposición al gobierno del general José Tadeo Monagas. Hubo de ser Antonio Leocadio Guzmán quien dijera: “... comunismo y socialismo en que jamás pensó un venezolano, y que ni aun saben los venezolanos qué significan”.

 Cuando en la lucha de clases, alguna le disputa el poder político a otra, sobre todo por medio de una revolución violenta, a la burguesía o a la que detente la supremacía de mando para su exclusivo beneficio y en perjuicio de los explotados y oprimidos, y sufre una derrota, se impone un período de reflujo y de repliegue político no sólo para la masa de hombres y mujeres que la integran (como clase y su partido político), sino también corren los mismos riesgos los textos científicos, sociológicos, políticos, históricos, filosóficos o ideológicos en general, tal como le aconteció al Manifiesto Comunista, que justifiquen teóricamente la revolución que ha sido momentáneamente derrotada. Las leyes de excepción contra los socialistas no sólo fueron aplicadas en Europa, sino también más allá de sus fronteras, en otros continentes y eso implicaba, entre otras medidas de represión y de “moralidad” burguesas, la ilegalidad con su derecho a condena jurídica de toda publicación y circulación, lectura y estudio, de todo material contentivo de las ideas revolucionarias del socialismo o comunismo.

 La crítica teórica cierta dispara sus ráfagas al pecho de quienes hacen del hombre una mercancía para expoliarla y arrancarle el fruto de su fuerza de trabajo. A eso se debe, entre otras cosas, que el Manifiesto Comunista, también como militante activo de las filas proletarias y comunistas, tuviera que vivir tiempos de clandestinidad y fugitivo para no arder en los crematorios públicos burgueses, donde éstos no hubieran podido evitar tampoco que sus páginas hicieran un tricolor (amarillo, azul y rojo) significando la riqueza, la esperanza y la sangre de la lucha heroica del proletariado por una sociedad nueva, comunista. Su contenido ya estaba impregnado de calor obrero en la conciencia de éste. La literatura siempre y en todos los tiempos de la lucha de clases, será un arma poderosa de combate tan pronto prende en la conciencia de los pueblos. “Sin teoría revolucionaria no existe movimiento revolucionario”, lo dijo Lenin y no se equivocó.

Las ideas de Cristo, como las de cualquier otro “profeta” que quiere redimir su pueblo de la explotación y opresión, según los creyentes y cuidadosos estudiosos de sus postulados revolucionarios, fueron reprimidas con violencia atroz por la intelectualidad y las fuerzas del orden del Imperio Romano, porque contenían esbozadas las reivindicaciones, objetivos y tendencias de los explotados y oprimidos por su liberación. Que los apóstoles, como luego los revisionistas con el marxismo, hayan tergiversado y situado las ideas de Jesús al servicio de clases y regímenes de despotismo social, no es culpa del “profeta” sino de sus discípulos que fueron asimilados, como cualquier aristócrata obrero, para que hicieran bien su papel de predicadores del Imperio dentro de la inmensa masa del proletariado indigente. Constantino, para contribuir a la manutención del Imperio Romano y reducir a la mínima expresión del potencial progresivo y revolucionario del fenómeno cristianismo, lo declaró religión oficial del Estado. Los obispos lo premiaron llamándole “El Grande” y se extasiaron de conformismo en los banquetes del Emperador, olvidándose de las necesidades apremiantes de la masa explotada y oprimida de manera salvaje durante siglos por el Imperio Romano. Lo mismo sucedió con las ideas de la Ilustración, especialmente con las de Rousseau, en tiempo de la lucha por la Independencia de las colonias latinoamericanas de España. ¿Qué se decía de Rousseau y sus obras? en un edicto aparecido el 16 de diciembre de 1803 en “La Gaceta de México” 45 años antes de aparecer el Manifiesto Comunista: “Asimismo renovamos la prohibición, aun para los que tienen licencia de leer libros prohibidos, de otro titulado el Contrato Social o principios del Derecho político, traducido al castellano, e impreso en Londres año de 1799. Esta obra es de Juan Jacobo Rousseau, prohibida en Roma por Decreto de 16 de junio de 1766, y comprendida en la prohibición general que la inquisición de España publicó el año de 1764 de todas las obras de este filósofo, deísta y revolucionario, y la traducción lo está en la Regla 13 del expurgatorio; pero merece especial anatema, porque no solamente renueva el sistema pernicioso antisocial e irreligioso de Rousseau, sino porque este traductor anima a los fieles vasallos de S. M., a sublevarse y sacudir la suave dominación de nuestros reyes, imputándola el odioso nombre de despotismo, y excitándoles a romper, como él dice, las trabas y los grillos del Sacerdocio y de la Inquisición...” Preguntémonos: ¿Qué podría esperarse, como comportamiento de odio práctico y teórico, de la burguesía frente a un texto como el Manifiesto Comunista, que plantea la eliminación de toda forma de explotación y opresión sociales, llámese como se llame?

Repuesto de golpes y persecuciones, en medio de la represión incluso, el Manifiesto Comunista volvió a ser un fenómeno no ya recorriendo Europa, sino una gran parte del mundo. La revolución de Octubre el 1917, luego de la sangrienta experiencia de 1871 en Francia con la Comuna de París, fue la más grandiosa y hermosa risa del Manifiesto Comunista contra sus detractores. Como no lo habían pensado sus autores, en el inicio de su nacimiento, aquél haciéndose su camino entró a los escenarios dominados por el zarismo llevando su contenido de rebeldía revolucionaria a la conciencia de proletarios, núcleos de campesinos y a una intelectualidad que se puso al completo servicio de la causa comunista. Décadas después, con el triunfo de la Revolución Cubana en 1959, el Manifiesto Comunista se abrió paso con violencia revolucionaria en casi toda América Latina y el Caribe dejando, a pesar de las derrotas, huellas irrebatibles de su vigencia iniciada en 1848 contra la sociedad moderna capitalista en la vieja Europa de castillos medievales, industrias exitosas, mariscales asesinos de obreros, recuerdos imperiales y colonizadora de pueblos enteros. Sin embargo, aun en medio de las derrotas de los movimientos revolucionarios proletarios por el socialismo, el mito de que lo más necesario es lo superfluo, encontró su sepultura para dormir tranquilo en la paz del Señor.

 El mundo, durante casi todo el siglo XX, dividido en dos grandes campos (capitalismo imperialista occidental y campo “socialista” oriental), se disputaron no sólo el derecho al poder político mundial y las razones económicas de la vida, sino también el deber de supremacía de unas ideas sobre otras. Allí estaba el Manifiesto Comunista, arma en mano y en cada barricada o frente de lucha, cumpliendo con su papel y su obra revolucionarios. Lamentablemente sus hijos, sus nietos y sus biznietos, aquel texto fiel al pensamiento marxista verdaderamente revolucionario, no sólo era sometido a los rigores y tropelías de la persecución del imperialismo capitalista, sino igualmente del termidor burocrático soviético. De la misma manera, por lo menos, casi toda la literatura marxista o comunista sufrió de la tergiversación mal intencionada tratando de arrancarle o despojarle de su verdadero contenido para imprimirle el sello degradante de la antihistórica literatura de la cruel y fallida teoría del “socialismo en un solo país”. Nuevamente, con la derrota de los movimientos revolucionarios epígonos del termidor soviético que seguían las “sagradas escrituras” del revisionismo, el Manifiesto Comunista y varios de los textos fieles al pensamiento marxista, tuvieron que sufrir la represión y persecución de leyes que no necesitaron ser legisladas en congresos para ser aplicadas con rigor y odio capitalistas contra los comunistas. Había, siguiendo también la doctrina del imperialismo estadounidense, que execrar toda la literatura revolucionaria marxista de toda la faz de la tierra. No pocas veces el Manifiesto Comunista, negada para siempre su entrada al reino de los cielos y prohibida jurídicamente en el limbo, ha tenido que andar batiéndose a tiro limpio para salvarse de los cercos tendidos en el purgatorio y en el infierno, donde Dante, sin notificárselo al Diablo, sintió simpatía por su contenido como también por Marx y Engels.

 La historia no es jamás una sola época o un solo estadio ni mucho menos un proceso estático que niegue la evolución, la interrelación o concatenación de los fenómenos de la naturaleza, y, menos, los cambios que se producen en la sociedad y en el pensamiento. Los saltos saben esperar las corrientes en un recodo donde producen su brinco no dependiendo de la voluntad de los hombres sino de realidades y desarrollos objetivos que son superiores cualitativamente en el arranque de las corrientes de aguas históricas y sociales. La historia es una sucesión de hechos y épocas más que de hombres aislados, donde pueblos casi enteros superan una forma de vida con otra más nueva y de características diferentes a las pasadas.

 El mundo actual, llamado postmoderno, lo caracteriza el salvaje predominio de la globalización del capitalismo imperialista. El desarrollo de las fuerzas productivas entró, para siempre, en profunda contradicción antagónica con las relaciones de producción y las fronteras capitalistas. Nada que se haga en la luna o en la carrera espacial podrá servir al capitalismo para salvarse de sus crisis de terapia intensiva y de su equivocado afán de perpetuarse en el poder económico, político e ideológico en el mundo Tierra y que él mismo, ha prostituido y anarquizado hasta la saciedad. El capitalismo del Infierno, lo descubrió la insurrección de Octubre de 2000 en las actas diplomáticas encontradas y revisadas al derrotar por toda la eternidad el poder omnipotente del Diablo, resultó ser menos oprobioso y criminal y despótico que el de la burguesía en la Tierra.

 Al mundo postmoderno no le queda otra alternativa que pasar al reino del comunismo en su primera etapa de socialismo. Casi todas las condiciones objetivas (desarrollo económico) están dadas y de manera óptimas en algunas naciones altamente avanzadas. Sólo faltan complementar las subjetivas (conciencia, organización, y dirección revolucionarias), para que armonizándose con las objetivas, puedan los pueblos no sólo asaltar el poder en la Tierra, sino también en todos los demás reinos del universo que no han sido emancipados para hacerse humanidad completa y eterna, enterrando para siempre y boca abajo, bajo tonadas de Francisco el hombre y otros cantos luminosos de Revolución, todas las utopías de sus enemigos de clase y del destino histórico. ¡He allí la vigencia del Manifiesto Comunista que el proletariado mundial algún día hará realidad, no sólo emancipándose a sí mismo sino, al mismo tiempo, emancipando a la humanidad entera de toda explotación y opresión de clases y de todas las supersticiones que halagan y premian la ignorancia y la desmemoria!

 Con el derrumbe de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas y la caída del muro de Berlín y cierto fortalecimiento de las naciones más poderosas del campo capitalista imperialista, se creyó, y lo anunciaron no sólo los ideológicos burgueses sino los allegados y gratificados del extinguido campo “socialista” para hacer el coro de fuentes tergiversadoras del marxismo, que el Manifiesto Comunista había tenido una muerte suave y silenciosa en un sillón cuando trataba de descubrir nuevos laberintos para mantenerse en pie de lucha, y que su entierro no había sido acompañado de una marcha fúnebre sino con un canto nupcial de burla, porque se pensó que iba directo y sin escala a un cementerio de Highgate en una zona del este londinense del infierno inglés capitalista. Las Sagradas Escrituras ya están, en boca de los obispos y no de la mayoría de los curas, adaptadas a las necesidades y exigencias del postmodernismo capitalista imperialista salvaje, porque así lo dispuso el “Dios-dinero” de la burguesía y no el Dios que anda clandestino y viviendo de puros milagros pregonando redención social. Así, la burguesía y los revisionistas epígonos del capitalismo, no se percataron que el Manifiesto Comunista no estaba muerto ni tampoco estaba de parranda, sino reponiéndose de sus heridas para volver a la palestra mundial porque, precisamente, con las muertes de Marx y Engels, tenía, sobre el dolor de la pérdida de sus progenitores, que asirse de juventud rebelde y revolucionaria por toda la existencia de la lucha de clases como arma teórica de gran impulso de conciencia y práctica por la revolución proletaria.

 El Manifiesto Comunista ha demostrado tener su propia historia. Su primera prueba de ser relegado la sufrió a causa de la reacción que continuó a la derrota del proletariado parisino en Junio de 1848 y en 1852 proscrito “de derecho” en el juicio condenatorio a once comunistas en Colonia bajo los argumentos y maquinaciones judiciales extremadamente extrañas del gobierno prusiano. Desde entonces su lucha de sobrevivencia ha pasado todas las pruebas y etapas de represión y pogromos llevados a cabo por la burguesía en el mundo entero.

Y el Gobierno prusiano lo sabe. Por eso los once detenidos han estado incomunicados durante dieciocho meses que las autoridades han aprovechado para las maquinaciones judiciales más raras. Imagínense que después de ocho meses de presidio, los detenidos han estado encarcelados varios meses más para proseguir las pesquisas ¡«por falta de pruebas de delito alguno contra ellos»! Y cuando, al fin, les hicieron comparecer ante el jurado, no les pudieron imputar un solo acto premeditado de carácter traicionero. Así y todo, fueron condenados, y ahora verán de qué manera.

 Hoy, cuando sufrimos los rigores y estragos de los diablos del capitalismo imperialista globalizado y salvaje, el Manifiesto Comunista está más vivo que nunca, más vigente que antes, más combativo que en tiempos pasados, porque el proletariado mundial se está jugando su última carta en un partido en que su derrota sería como un suplicio de infierno eterno.

 Es cierto que desde el nacimiento del Manifiesto Comunista en 1848, ha pasado ya más de siglo y medio y se han producido grandes cambios en el mundo y de diversos géneros. Cuando Marx y Engels, sobre todo del primero que es el padre creador del marxismo, no era imaginable la globalización del capitalismo imperialista al nivel que ha alcanzado en la actualidad, pero sí de grandes momentos revolucionarios en que se creyó que el triunfo de la revolución proletaria empezaría por los países más avanzados de la Europa capitalista y que se abriría, a paso de vencedor, una etapa gloriosa por el resto del mundo con su carácter permanente haciendo triunfar al socialismo en toda la faz de la tierra. No fue así. No fue culpa del Manifiesto Comunista, sino del choque entre fuerzas y condiciones objetivas y subjetivas (tanto en lo internacional del mundo como en lo nacional de países), que hicieron posible fracasar los procesos revolucionarios y dejar que el capitalismo continuara su avance perverso hasta el sol de hoy, en que ya estamos en el llamado tercer milenio de nuestra era. Si Marx y Engels hubiesen pensado que un día de su existencia hubieran recorrido parte del universo en grandes naves espaciales, guiándose por órbitas fuera de la capa atmosférica y conociendo la luna, nada tendría que cambiarse del Manifiesto Comunista en sus fundamentales principios tal como lo escribieron para la realidad y perspectivas históricas aquí en la Tierra durante la cercanía de la primera mitad del siglo XIX. Cuando salió a la luz pública el Manifiesto Comunista, por ejemplo, Rusia (futura madre de la Revolución de octubre en 1917) era la última “... gran reserva de toda la reacción europea y en que la inmigración a los Estados Unidos...” (futuro padre del peor salvajismo del universo) “...absorbía el exceso de fuerzas del proletariado de Europa”. Sin embargo, el Manifiesto Comunista, en el prefacio de Engels a la edición alemana de 1883 lo dice, previó la revolución rusa del siglo XX.

 ¿En qué ha perdido vigencia el Manifiesto Comunista? En nada de sus principios generales, los cuales continúan siendo acertados en su esencia. Se puede aceptar que algunos de sus elementos constitutivos requieran de revisión y hasta de exclusión, pero bastaría pocos retoques “estéticos” para que su rostro siga siendo muy semejante al de su nacimiento. La literatura, aquella de verdadero contenido creador y revolucionario, no envejece con el físico de sus autores. El propio Manifiesto Comunista, lo dijeron Marx y Engels, señala “...que la aplicación práctica...” de sus “... principios dependerá siempre y en todas partes de las circunstancias históricas existentes, y que, por tanto, no se concede importancia excepcional a las medidas revolucionarias enumeradas al final del capitulo II”. Precisamente ese pasaje tendría que ser redactado, hoy día, de una forma diferente en varios de sus aspectos. De manera que el envejecimiento de algunos órganos del cuerpo del Manifiesto Comunista nada nos dice para que creamos que todo su cuerpo envejeció y que, por tanto, es digno que muera por haberse gastado, física y espiritualmente, en el tiempo que ha sobrevivido a todos los avatares del mundo.

 Cierto es también que acontecimientos posteriores al nacimiento del Manifiesto Comunista, contribuyeron decisiva y cualitativamente para su enriquecimiento. La Comuna de París de 1871 demostró, por ejemplo y como lo dicen sus autores, que “… la clase obrera no podía limitarse simplemente a tomar posesión de la máquina del Estado tal y como está y servirse de ella para sus propios fines”. Tiene que destruirla y crear una nueva que no es otra que la dictadura del proletariado. El desarrollo del “Socialismo Soviético en un solo país” y de una parte de la Europa Oriental, sirvió para enseñar que una revolución proletaria no debe crear una máquina de Estado de burocratismo termidoreano ni debe sustituir los órganos de la dictadura proletaria por los organismos del partido político, ni hacer de éste el instrumento superior y omnipresente por encima de las obligaciones de las masas del pueblo que tienen la misión de administrar la revolución para la creación de la nueva sociedad sin clases, sin explotadores y sin opresores.

 En cuanto a la crítica de la literatura socialista contenida en el Manifiesto Comunista, habría que hacer nuevas y hasta profundas observaciones, porque los partidos allí señalados hace décadas construyeron su propia sepultura y no hubo necesidad de enterrarlos, sino que irremediablemente asistieron a su propia caída en la fosa común de las antigüedades que no resucitan jamás. La vigencia del Manifiesto Comunista que se propuso proclamar la desaparición próxima e inevitable de la moderna propiedad burguesa, hay que encontrarla y valorarla en el todo más que en las particularidades que se consideran ya pedazos sueltos de la cadena de su contenido.

 ¿Cuál es la idea principal del Manifiesto Comunista? La siguiente: “… que la producción económica y la estructura social que de ella se deriva necesariamente en cada época histórica constituyen la base sobre la cual descansa la historia política e intelectual de esa época; que por tanto, toda la Historia (desde la disolución del régimen primitivo de propiedad común de la tierra) ha sido una Historia de la lucha de clases, de lucha entre clases explotadoras y explotadas, dominantes y dominadas, en las diferentes fases del desarrollo social; y que ahora esta lucha ha llegado a una fase en que la clase explotada y oprimida (el proletariado) no puede ya emanciparse de la clase que la explota y la oprime (la burguesía), sin emancipar, al mismo tiempo y para siempre, a la sociedad entera de la explotación, la opresión y la lucha de clases”, como lo dijo Engels al morir Carlos Marx. Esa es una idea genial y cuyo contenido de pura verdad verdadera pertenece por completo a Carlos Marx.

 Cierto es que un programa revolucionario contra la globalización del capitalismo imperialista salvaje, no debe cerrar sus puertas y sus filas a tantas tendencias y corrientes del pensamiento social ni a tantas organizaciones como lo hizo el Manifiesto Comunista contra las tradeuniones inglesas, las proudhonianos franceses, belgas, italianos, españoles y lasalleanos alemanes. La globalización capitalista imperialista salvaje reparte la ganancia o plusvalía de la producción, fruto del plustrabajo no cancelado a la clase obrera, en una división entre los más grandes, poderosos y poquísimos monopolios que dominan la economía; pero el mercado mundial es, mucho más que en la fase de libre competencia, forjadora de mayor riqueza para los pocos y mayor miseria y sufrimiento para los muchos. Estamos en un tiempo en que la exclusión sólo se justifica contra comportamientos e ideologías incompatibles con la creación de un nuevo mundo posible.

 El Manifiesto Comunista sirvió de instrumento teórico para unir millones de proletarios en Europa y el resto del mundo; estrechó lazos de camaradería que han continuado de generación en generación alimentando la esperanza de un mundo nuevo para una nueva vida humana. Incluso, el Manifiesto Comunista se transformó en un índice de desarrollo de la gran industria en Europa, que a medida que se desarrollaba en una nación, crecía en el seno del proletariado el afán por conocer su situación como clase frente a la clase que le explotaba y oprimía. De tal manera que el Manifiesto Comunista se convirtió en el termómetro para medir cuándo un país entraba de lleno o no en el desarrollo industrial.

 La vigencia actual del Manifiesto Comunista lo demuestra no sólo porque el Papa haya reconocido que Dios no hizo al hombre, sino que ya no le es conveniente darse abrazos y besos públicos con reyes y zares de la globalización capitalista imperialista salvaje, sin que curas y feligreses peguen el grito al cielo denunciando esa acción como un pecado en la Tierra en perjuicio de la humanidad y de Dios.

 El Manifiesto Comunista hizo posible y lo continúa haciendo, que el comunismo exponga legal o ilegalmente, por vía pacifica o violenta, de rostro directo al público o con pasamontañas clandestino, sus conceptos, sus fines y sus tendencias. El fenómeno del Manifiesto Comunista sigue recorriendo el mundo.

Los obreros no tienen patria”. “No se les puede arrebatar lo que no poseen”. Por eso el Manifiesto Comunista siempre será un fenómeno recorriendo el mundo sin rendirse ni dejarse atemorizar por los conceptos sagrados de fronteras, ni por dogmas acabados por la ética de la superstición. El Manifiesto Comunista no es agua bendita con que el clérigo limpia de pecados a los explotadores y opresores que dejan buenas propinas en las arcas del templo; no es una aristocracia escribiendo y emitiendo juicios en líbelas contra lo que de valía para el futuro tienen el pasado y el presente; no es un ingenio de salón vomitando filosofía y aplausos a los traslados teóricos que dejan atrás la práctica material de la vida como experiencia para el desarrollo económico-social; no es un fraile superponiendo en manuscritos de obras clásicas paganas las ocurrencias escritas de la vida de los santos católicos; no es un filántropo o “humanitario” que desea salvarle la vida a un moribundo para que después le sirva, con fidelidad y estoicismo, como esclavo; no es un utopismo que en vez de la acción social ve el bien común en el ingenio propio y en lugar de las condiciones históricas sitúa las maravillas de la fantasía; no es un barniz socialista para abrigar el ascetismo cristiano; no es un grito para redimirse exclusivamente denunciando hipócritas apologías de adversarios; no es la asimilación de una lengua extranjera por traducción para perderse extasiado en algunos acentos o pronunciaciones que la hacen más atractiva y galante que la propia; no es deslizar un absurdo filosófico bajo un original extraño, para disfrutar de la enajenación humana sobre la penuria de los otros. El Manifiesto Comunista es la claridad de objetivos e intereses de la clase obrera y la defensa del porvenir de la revolución proletaria. ¡He allí su gran vigencia histórica permanente mientras el mundo se desenvuelva en todo contexto de lucha de clases!

 El Manifiesto Comunista es, sin embargo, un documento histórico que nadie tiene derecho a modificar. ¡Así es la historia y no de otra manera en la literatura! El Manifiesto Comunista subvirtió todo el orden de la literatura revolucionaria de su tiempo y del que le siguió a su nacimiento y desarrollo. Sus principios teóricos conforman hoy el más grande y sólido vínculo de camaradería entre enormes cantidades de proletarios del mundo entero. ¿Quiénes son capaces, con argumentos irrebatibles, desconocer la vigencia de un documento histórico de tamaña dimensión e importancia como el célebre e invencible Manifiesto Comunista?

 El Manifiesto Comunista no fue ni será jamás producto de unos concordats ‘a l’ amiable (convenios amistosos), sino una lex de voluntas (ley de voluntad) suprema del proletariado mundial. Esta es nuestra opinión a más de siglo y medio del nacimiento del Manifiesto Comunista, sans phrase (sin circunloquios).

 El Manifiesto Comunista está en la fábrica y no le teme a la calle, está en el campo y no le teme al tractor, está en el aula de la escuela y no le teme a la biblioteca, está en la selva y no le teme al depredador. Anda construyendo su camino haciendo práctica, formando conciencia revolucionaria, se bate en los campos de batalla como trinchera de ideas venciendo trincheras de fuego, mientras que los reyes, los presidentes, los mandatarios de las naciones más poderosas del mundo discuten los intereses de sus dinastías o imperios en la ciudad más reaccionaria del mundo, La Haya.

 ¡Viva! El Manifiesto Comunista y ¡abajo! todas las ideologías o filosofías que sirven de cimiento teórico al capitalismo para explotar y oprimir al mundo.



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Freddy Yepez


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