Sin socialismo vamos directos a la pre-antihistoria

El capitalismo imperialista está tan degradado y degenerado que ya ha acometido demasiadas atrocidades y perversiones repugnables, ha aplicado tanta política de exclusión de excesiva extremidad que ha dejado a la mayoría de la humanidad a la completa deriva de las turbulencias asesinas, ha incrementado tanto el hambre y la sed a un nivel tal de desesperación que las gentes prefiriendo más la muerte que la vida, se disputarán -como hordas aterrorizadas- el suicidio una vez perdida toda esperanza de mundo nuevo no pudiendo ser salvadas ni siquiera por el quijotismo de emendar sinrazones. A la mayoría de los sobrevivientes en el horno de la miseria social no le quedará otra alternativa, de última instancia estando al borde del abismo, que sublevarse inmediatamente para derrocar al imperio haciendo valer los principios del socialismo o entrar, de manera agonizante y resignada en estado de delirio por hambre y sed, en una fase final de la historia humana que se denominará: pre-antihistoria. Pero ésta en vez de dividirse en edad de piedra y edad de los metales, se evidenciará en: edad de pobreza y dolor extremo y edad de muerte masiva y súbita. Edades que en vez de ser en provecho del desarrollo del género humano, será para su propio exterminio como también de la misma naturaleza.

 La pre-antihistoria ya no será cosa del pasado sino del futuro. Posiblemente serán muy pocos los documentos escritos o testimonios orales que encuentre el renacimiento del género humano, si eso fuera posible pensarlo o decirlo, para ilustrarse sobre las tropelías -inimaginables en la historia- que cometió el capitalismo imperialista contra la humanidad en nombre de la justicia, la libertad y la solidaridad y, por si fuera poco, de Dios, sin que éste los haya autorizado para acometer tropelías contra la humanidad. Posiblemente no habrá ni Morgan ni Darwin en esa infinita búsqueda de lo imposible como herencia humana. ¿Para qué pensar en un Marx o un Engels si la humanidad entera desaparecerá por la mano salvaje del hombre-lobo? Tal vez, de tanta hambre y de tanta sed, no queden ni restos arqueológicos que puedan comprobar la existencia de una era tan feroz en que el mismo hombre -el rico- destruyó la naturaleza siendo león, tiburón y halcón al mismo tiempo del hombre, del explotado y oprimido, del pobre. ¿Cuántos años durará la pre-antihistoria? Eso habría que preguntárselo, en primer lugar y únicamente, al proletariado del mundo actual, pero, posiblemente, si continúa en vida de letargo no tendrá ninguna oportunidad de recordarlo por andar perdiendo su tiempo esperanzado en que los contratos colectivos de trabajo negociados -en su nombre- por la aristocracia obrera le permitirán, un día, alcanzar la felicidad en la Tierra.

 La pre-antihistoria se caracterizará no por el material trabajado por el hombre o la mujer, sino por la cantidad de hambre y de sed que pasen. En vez de un tiempo paleolítico, será de paralíticos; y en vez de neolítico, será de neoraquíticos. Si en el paleolítico antiguo el hombre trabajó la piedra, en el futuro tendrá que sancocharla para alimentarse como en vez de tallarla, tendrá que salarla y triturarla para tragársela. Por refugio no se buscarán cavernas sino basureros, matándose los unos con los otros por los residuos o desperdicios podridos para consumirlos como “alimentos”. Volverá el tiempo de las hordas no para defenderse de la furia y el hambre de los animales salvajes, sino para buscar el provecho, contra el hombre pobre mismo, en la posesión anárquica de las migajas esparcidas por los pocos ricos en los basureros. El hueso humano servirá para sentir que un sancocho sin verduras ni condimentos terminará siendo una exquisitez en el estómago de un hambriento moribundo y desesperado. Nadie apagará un fuego, sino que lo avivará para que la muerte, aunque sea más gritada y dolorosa, llegue más temprano que la que planifica, con anarquía y rapidez, el hambre y la sed. No faltarán las manifestaciones gritando consignas que fueron terribles en la historia humana: ¡Vivan los campos de concentración, siempre y cuando haya un poco de agua y un poco de pan!

 No habrá nacimiento de arte nuevo, porque las grutas quedarán forradas de cadáveres y no habrá pintor que retrate la muerte de sí mismo ni cantor que le cante a la vida en su propio lecho de moribundo. La poesía dejará de ser una facultad del espíritu para convertirse sólo en un verbo de dolor presente. Los cuchillos desplazarán a los fusiles para que algunos sobrevivientes tomen sangre humana por agua. No será el bisonte el animal preferido para ser representado en las figuras artísticas sino el esqueleto del hombre mismo sirviendo de presa a multitudes humanas enloquecidas por un bocado. No habrá, por separadas, grandes familias, sino exclusivamente una sola gran familia mundial del hambre y de la sed. La promiscuidad será como una especie de último goce terrenal incrementando la muerte por más contaminación de enfermedades venéreas. Ni matriarcado ni patriarcado, porque no habrá madres ni padres pensantes en que los hijos de unos sean los hijos de todos. Ni siquiera tendrán oportunidad para pensar en los de sí mismos.

 No habrá en la pre-antihistoria una era de sedentarización, porque el hambre y la sed extremas forjarán la gran anarquía del nomadismo postmoderno. No habrá mejores lugares para residir, sino mejores basureros para sobrevivir. No habrá oportunidades ni de sembrar verduras y legumbres ni de domesticar animales comibles. El perro será enemigo del perro y de éste el hombre que no le perdonará ni su carne ni sus huesos. Habrá derroche de sagacidad para el terror y el crimen. Nadie recordará los clanes totémicos, porque nadie, a la hora de una acción de rapiña en un basurero, se considerará pariente de otro. No habrá milagro y el mito sólo recordará de noche la revelación de la muerte a la mañana siguiente. ¿Para qué el matrimonio, si lo exogámico no podrá estar por encima de las exageradas y apremiantes necesidades del estómago?

 A nadie le importará -liberación espiritual obligada y hasta inconsciente podría decirse- los misterios de ultratumba. El rayo, el trueno y el eclipse serán desafiados con pechos desnudos por afán de muerte inmediata. ¿Para qué edad de bronce si nadie se ocupará de alear el cobre con el estaño? ¿Para qué edad de hierro si las hordas no tendrán ningún interés en el ordenamiento social ni estatal? Cualquier tumba que sea encontrada que contenga brazaletes, diademas, sortijas, pendientes y collares, será saqueada sobre centenares de cadáveres, para ser rematadas no más allá de un paso de los basureros. El hombre y la mujer de pueblo quedarán desocupados como mendigos sin amigos, sin goces, sin ideas, forzados a la rapiña de lo que por la boca más pequeña del embudo caiga a tierra como sobra ya masticada por la más grande. La vida, al pobre con hambre y sed, le fastidiará hasta el nivel de la repugnancia y el desespero, y allí estarán estirados los brazos de la muerte súbita para abrazarlo hasta ahogarlo o asfixiarlo. Toda contemplación mística de la interioridad del mundo buscando una universalidad espiritual será extinguida en el estoicismo del sufrimiento humano. Los filósofos más compenetrados con la interpretación del mundo entenderán, en los últimos instantes del dolor intestinal, que el pan y el agua valen más que todas las transacciones que se hacen en las bolsas de valores. El tiempo, en cambio, no les perdonará tanta burla a su materialidad. Nacerán mil génesis para nuevas ideas religiosas, pero no quedará ni un solo sacerdote que pueda controlar la indefensión de las muchedumbres para guiarlas espiritualmente ofreciendo felicidad en el Cielo sobre el dolor que se padezca en la Tierra. No podrán construir un nuevo Cristo sobre la derrota de miles de millones de Espartacos muriendo de hambre y de sed sin combatir a sus depredadores.

 No habrá “ciencia pre-antihistórica” ni “arqueología pre-antihistórica”. Nadie, absolutamente nadie, intentará reconstruir un hombre o una mujer de una anticultura donde el hambre y la sed harán que se devoren los hermanos entre sí. Habrá mucha escasez de restos óseos. Desaparecerá, por falta de materia prima, la antropología física vencida por la escolástica burguesa imperialista. ¿Para qué soñar con una antropología cultural?

 Ese retrato cierto es lo que espera a la mayoría de la humanidad si no llega a sentir que por sus venas corre sangre ardiente, si no se percata que en su cabeza el frío le está haciendo el llamado a la reflexión, si no rompe con ese silencio que se vuelve el grito más fuerte cuando sale de las bocas de millones y millones de hombres y mujeres decididos a ser libres. El capitalismo imperialista, súper monopólico, está hundiendo el mundo en un abismo. La muerte por hambre y sed en forma desesperada será la concreción de sus leyes. No habrá misericordia. Dios será la espalda, y el pecho el desafío de lo imposible. Nadie se hablará a sí mismo. Se extinguirá toda risa interior. Será el tiempo en que la santa ley del capitalismo más atroz que salvaje y bárbaro, proscribirá toda razón y voluntad del ser pensante. Será ese momento en que la vista humana, en el último suspiro de la vida, observe más tinieblas que resplandor en el hombre. Las muchedumbres hambrientas y sedientas no se van a roer, se devorarán entre sí; no se arañarán, se exterminarán entre sí. El mejor y más adorado de los generales, será aquel que permita a sus soldados el pillaje sobre el saqueo de los cadáveres, para que luego, como zamuros, vengan hordas hambrientas a devorar crudos el hígado, el corazón y el cerebro humanos. No habrá oscuridad serena. El gato será un tigre como el lagarto un cocodrilo. Habrá momentos de olvido como antesala de la muerte. Algún hambriento queriendo demostrar su filosofía en medio de una masa hambrienta, sedienta y desesperada, tal vez, podría decir: “Nunca falta la muerte al que la necesita para que su alma pueda vivir feliz en el Cielo”. Quizá, algún físico compadecido de tanto dolor sufrido por el ser humano, le responda: “El Cielo también se está muriendo de hambre y de sed”. Podría ser que un loco en alguna plaza con una linterna encendida a mediodía, creyendo que la realidad de la pre-antihistoria es una final de un mundial de fútbol, grite y ría al mismo tiempo, diciendo: “Vayan el Infierno si quieren mirar el partido, porque ya para el Limbo y el Purgatorio están vendidas todas las entradas”. Tal vez, muchedumbres completas, ansiosas de ser asesinadas para no ser culpables de su propio suicidio, enloquecidas de hambre y sed, griten: “¡Resuciten los Hitler, los Mussolini, los Thier, los Facundo, los Boves, los que más rápidamente exterminan pueblos!” Quizá, alguien aún cargando encima un pedazo de la razón, les responda con unas interrogantes: “¿Acaso ustedes no son los primeros culpables de sus desgracias y sus desdichas? ¿Acaso no se han resignado ante los Bush, los Blair, los Aznar, los hacedores de muerte y dolor?”

 Cuando baje el telón, por efecto de un viento huracanado y ya no quede sobre la tierra gente de pueblo, también los pocos ricos que condujeron el mundo a una pre-antihistoria, por hábitos y tradiciones de flojera y mal acostumbrados a vivir del trabajo ajeno, morirán de hambre y de sed, pero antes padecerán del más intenso de los dolores, ese que con el dinero no es capaz de curarse, el que se generará por: la depredación del mundo de la naturaleza y de la humanidad hasta su exterminio total por la mano salvaje y criminal del hombre-lobo y de la mujer-loba.



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Freddy Yépez


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