Y ¿qué nombre le pondremos? Matarile-rile-rón

A veces, solo a veces, me pregunto: ¿Cómo se llamaba la hallaca antes de que existiera la hallaca? Había masa de maíz, habían guisos, aceitunas y pasas, había, incluso, tamales que, si se ven a vuelo de pájaro, se podría decir que son hallaquitas, a lo que el conocedor respondería con un agraviadísimo No, ¡jamás! una hallaca es una hallaca y la mejor hallaca la hace mi mamá.

La hallaca no existía, no tenía nombre y solo lo tuvo una vez que fue inventada. Y digo yo, ¿es que acaso no debería ser así como se nombra a las cosas?

Claro que para inventar algo hay que tener un marco de referencia, pero allí está el problema. Supongamos por un momento que voy a Suecia y le pido a unos suecos que inventen una hallaca sueca, una que puedan hacer todos ellos y que les resuelva la siempre complicada cena navideña en lugar de complicarla mas.

Pues los suecos son muy trabajadores y organizados, eso me han dicho, por lo que se entregan en cuerpo y alma a la elaboración de su hallaca. Preparan un guiso delicioso a base de albóndigas, morcillas, repollo, para rematar un suculento toque de arenques agrios. Envuelven todo aquello en una delicada masa de hojaldre y luego en papel de aluminio, porque los diligentes suecos, en pleno invierno escandinavo, no fueron capaces de conseguir varios kilos de hojas de plátano para envolver sus ¿Hallacas?

Y yo me digo: estos suecos se están haciendo los suecos. Yo les pedí que hicieran hallacas y me sirven en mi plato navideño un struddel de morcilla con pescado agrio.

Miren suecos, la hallaca se hace con harina de maíz, se envuelve en hojas de plátano, aquí está la receta, miren, esto no es una hallaca, y de paso sabe horrible. Pues a ellos como que les encantó, no dejaron ni una sola miguita, los niños pedían mas y las mamás les prometían hacerlas cada año. Son felices los suecos con sus hallacas, tan felices que deciden exportarla a Noruega, Dinamarca y Finlandia donde tienen un éxito rotundo, claro, con algunas asquerosas variantes.

Yo me voy indignada por la incapacidad de los escandinavos, incapaces e ignorantes, tanta razón tengo que un sueco purista decide venirse conmigo y exiliarse para siempre de ese país herejes. Eso no es una hallaca, que le pongan el nombre que quieran y que se la coman con pan. Hallacas... habrase visto…

Claro que le pusieron pasitas, alcaparras y aceitunas, claro que la amarraron a pesar de no ser necesario, ellos hicieron una hallaca para ellos, pero para mi, eso es un struddel.

Se preguntará el lector: ¿A dónde va Carola con ese cuento sueco? Y yo con diligencia escandinava me dedico a responder: Las recetas son un marco de referencia, recurrimos a ellas para lograr un objetivo, ya sea hacer una torta de cumpleaños, un preparado para la tos, o un país.

Pues eso es, construimos un país bajo la premisa robinsoniana de inventar o errar. Hacemos como los escandinavos con las hallacas, usamos una receta como base pero ponemos nuestros ingredientes locales, los que se ajustan a nuestra realidad. ¿Cómo se llama esa hallaca que estamos inventado? Pues la receta dice socialismo y allí empieza la confusión.

El nombre de la receta saca ampollas por todos lados. Los rosaleros saltan como si estuvieran pisando el fuego del mismito infierno: socialismo ¡Vade retro! Los acompañan en sus brinquitos los curas reaccionarios de la conferencia episcopal. Pero ellos van a saltar salga sapo o salga rana.

Este ilustre grupo basa su argumento en las comiquitas de Rocky y Bullwinkle que nos embutieron a todos en nuestra infancia. Los comunistas son malos, y malos para ellos significa que les van a quitar niños, quitar casas, quitar cuentas de banco, colegios católicos, clínicas privadas, periódicos, perritos con lacitos rosados, toallas sanitarias, quitar, quitar, quitar… en fin, todo lo que ellos desde siempre le han negado al pueblo.

Los justicieros, con una ignorancia espeluznante, se llenan la boca hablando de socialismo ‘’democrático’’. No saben ellos lo que es democracia, niegan de plano la voluntad de las mayorías y tratan, a punta de conspiraciones importadas, de acabar con un gobierno electo por el pueblo, porque para estos ‘’socialistas democráticos’’ el pueblo es una masa ignorante y fea que no puede decidir los destinos de ellos, blancos, bilingües y chic. No saben lo que es democracia, no saben lo que es igualdad y pretenden hacernos creer que son socialistas. No saben lo que es justicia y se llaman justicieros...

Luego están los compatriotas de este lado de la talanquera a quienes les parece un sacrilegio que adaptemos su receta sagrada a nuestra realidad, que no comprenden cómo nuestro proceso, llamado socialista, pretende incorporar ingredientes propios, ideas que no están en el librito, porque eso de inventar o errar no encaja cuando ellos tienen un kit de socialismo con todas las instrucciones.

No entienden estos compañeros de lucha que ese kit nos resulta muchas veces como las hallacas suecas, que la única verdad es la realidad y que nuestra realidad no está escrita en ningún tratado, la estamos escribiendo nosotros cada día.

Y pienso yo en mi hallaca, aquella que no se había inventado antes de que se inventara una hallaca, la que hicimos con la masa de maíz tan nuestra, con hojas de plátano ancestrales, con un guisito mestizo, con aceitunas andaluzas, especies del oriente, tomates de aquí.

Nos quedó muy buena la hallaca, tan buena que no hay otra igual, es nuestra, la hicimos nosotros para nosotros. Nos gustan tanto que las preparamos en familia y las comemos juntos, las intercambiamos con los amigos mas queridos, la celebramos.

Y sigo yo pensando en mi hallaca y digo: por qué no hacemos, probamos, mezclamos, ponemos un poquito de aquí, otra pizca de allá, como hace mi presi, que habla de Marx mientras agradece a Dios, que mezcla la chicha con la limonada y que no se derrumba el mundo por eso, que, por el contrario, está construyendo un país único, un modelo nuestro y que no hay recetas para inventar una hallaca si todavía no se ha inventado.

Y ¿que nombre le pondremos a esta receta? El que sea, cuando esté lista el que sea.


carolachavez.blogspot.com


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Carola Chávez

Periodista y escritora. Autora del libro "Qué pena con ese señor" y co-editora del suplemento comico-politico "El Especulador Precóz". carolachavez.wordpress.com

 tongorocho@gmail.com      @tongorocho

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