Por qué no llevar a Alí al Panteón Nacional

Abanderado: Suboficial encargado de llevar el estandarte o la bandera de una columna, división, o ejército. Siempre eran soldados muy valientes, nunca iban armados y estaban sumamente protegidos. En los combates, los abanderados marcaban “la línea de choque” por donde iba el combate, estimulando en su avance a los compañeros de fondo. A.P. Los Años de la Unión.

Quizás sea Alí Primera el abanderado de nuestra revolución. Quizás, para los anteriores a él, para su presente incomprensible, de su futuro naciente, hoy, él es su cantautor popular. Me pregunto, ¿Por qué no brindarle el voto de esperanza que provéen los héroes desde el templo nacional, que con su ejemplo, de alguna manera, dignificaron allí su presencia? Alí es precursor, cronista, lente, trinchera, gorro frigio, pluma kariña, brazalete de Obatalá, con Orula mensajero del amanecer del pueblo. ¿Por qué no enorgullecernos de un presente vivo entre nosotros, caminante de pueblos cuajados de cujíes, que en una sola dirección, la del viento de su libertad, recién echan andar, a vivir? Alí no para de ser compañía. Su efigie se crece los mercados que siempre amó. La musa de su sabia rebeldía, por algún espacio estalla, abanderando a quien la “interpreta”, identificándo su espacio y horizonte.

La vertiente músical hoy día en Venezuela, sufre el sobrepeso de un impuesto de índole colonial denominado “payola”, la cual no es sino un tributo que se le paga a las estaciones de radio para que las producciones musicales tengan audiencia por un tiempo determinado.

La musa no ha ¿sabido? granjear un espacio que sea motor, no débil demo, tanto musical, como legal, como tal lo baila hoy. El motor hoy es reggaetón, vallenato. Pero, ¿son esos realmente, sentimiento de pueblo? Los complacientes Djs, son generación que está con el vendabal, es parte del virus, y montados, no permitirán el ascenso de otras corrientes. La musa con ojos de orejas, capaz de percibir tu llamado, cual lejana polilla, debe soportar el sórdido griterío lucubrándote de sexo, disociada de un horario de trabajo para el transeúnte común. Pero no es la musa. Es una operación de infiltración, ladina, para ganar adeptos más que oyentes musicales. El narcolavado, es el mejor corredor de bolsa de la payola venezolana. Los dóllares de las carteleras norteamiericanas hacen el resto, y se acabó el espacio para alguien más. Se aceptan si, entradas por la puerta de atrás, bajo la denominación de Payola: filtro, una habitación cinco estrellas por una semana, para que compartas con Cristina Aguilera, el título de marqués comprado a la corona por el tiempo que ella decida, perdón, que tú pagaste. Tiene tentáculos autónomos, revendedores musicales quemados, a los que denomina, mano de obra indirecta, una “fuente de empleo”. Ni siquiera lo saben. Pero sí “saben” que lo que escuchan es la “música del pueblo”. Hipnosis torpe el terreno no ocupado por la musa.

¿O sí? Porque allí está el guerrillero de otra música, el abanderado. Nunca discutes con él; lo necesitas, lo escuchas, es un elixir para el calor, remedio a la desazón. Ayudante del kiosko. Y hurgando la ciudad, fuego de la asamblea, para siempre, gallo de la madrugada, porque siempre será madrugada. Alí es estrategia para dar por fin un escalafón a los músicos. Infinidad de ellos han comenzado y terminado como bello fuego pirotécnico, costosos en el talento explosivo, pero efímeros con el encanto en la garganta, en lo último que escuchaste. Todo porque no se pudo con la cotidianeidad.

La cultura no da riqueza diría Don Tulio, qué dejará la música, que hasta vilipendiada queda, pues el mejor trago en el brindis, es el “palo del músico” Yo mismo he sido testigo de conformaciones musicales, que deben sucumbir por la dura condición, hay que ser héroe en algunas circunstancias para que sea la musa musical la abanderada en el hogar, donde no existen los recursos, ni el apellido o la tradición. Para mí, dentro del terreno que operó, su estrechísima circunstancia, por él elgida, por su honor elegida, por mantener su música sin mácula, aunando el ser crecido en mi pueblo pardo, Alí llena y proyecta con creces el objetivo a proponerse, que enfoque de una, una vertiente de lucha en protección de lo que escuchamos, de lo que somos y hasta ahora no tenemos el mecanismo, una antorcha que proyecte LA MÚSICA VENEZOLANA. Por ende, no hablo aquí sólo de honores a la bandera, palabras, palabras, palabras. Alí está vivo. A su manera, tan vivo como Bolívar. Debe ser también una estrategia.

Su estrecho espacio temporal, perfiló matices tan personales, como para “no meter en su rollo” a los compases tradicionales. Alí dio a su creación, un estilo tan propio, que nadie puede decir que su pasaje, golpe, joropo, galerón, lamento goajiro y/o hasta balada, huelen a camino hecho. Si sumamos la letra, revolución en tiempos del celaje. La libertad asumida no tiene tiempo. Por eso está aquí. Por eso quiere estar aquí, tiene algo que decir al flanco radiófono; convencido está que ese informe espíritu del consumismo entra primero por el sometimiento musical. Aprovechemos ahora que tenemos un caballo de Troya dentro de campo enemigo payolero; no es con guerra sino con música que vamos a proliferar la flora del valle. Alí al Panteón Nacional. Misión Alí, protegiendo el derecho de los músicos, de sus oyentes.

arnulfopoyer@gmail.com


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Arnulfo Poyer Márquez


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