¿Qué sucede en Venezuela?

( en coedición de la Universidad Austral de Chile y la editorial BID & co, acaba de aparecer en las librerías de Caracas el volumen "¿Qué pasa en Venezuela?" con la contribución de académicos de siete universidades del país, periodistas, cineastas y artistas. Todos desarrollamos un ensayo sobre la base de la pregunta del título del volumen. He aquí mi contribución)

Los medios de comunicación en varios países, publican titulares alarmantes sobre Venezuela, que informan sobre la terrible crisis económica, el afianzamiento de una tiranía "totalitaria", las violaciones constantes de los Derechos Humanos, la creciente ola migratoria que no baja de los cuatro o cinco millones y pico de personas. Los sucesos políticos son más preocupantes: desconocimiento del nuevo período de Nicolás Maduro por parte de un grupo de países encabezado por los Estados Unidos, juramentación de un supuesto presidente interino reconocido de inmediato por Washington, designación como "encargado de Venezuela" de un veterano e inescrupuloso funcionario norteamericano de la guerra de los "Contra" en Nicaragua en la década de los 80, intentos de aislamiento en los organismos internacionales (OEA y ONU), signos de calentamiento de la Guerra Fría entre Estados Unidos y Eurasia (China y Rusia), amenazas de intervención militar directa o guerra civil que, en esta época, es inmediatamente internacional.

Si por legitimidad, distinguiéndola de la legalidad, se entiende un consenso mínimo, basado en consideraciones racionales, en torno a valores políticos fundamentales para justificar un poder, en Venezuela existe una crisis de legitimidad determinada por un conflicto en el cual se enfrentan diferentes interpretaciones constitucionales y que tiene como fechas cumbres el 10 y el 23 de enero de 2019, días de las respectivas juramentaciones de, por una parte, Nicolás Maduro para un nuevo período presidencial, que se extendería hasta 2025, y, por la otra, Juan Guaidó, cabeza de la Asamblea Nacional, como presidente "interino" de la República. El otro pico de tensiones sería el 23 de febrero, cuando se cumpliría un ultimátum a las Fuerzas Armadas venezolanas hecho por Guaidó, disponiendo ya las fuerzas norteamericanas de unas "pinzas" militares que rodean el territorio venezolano para hacer entrar una supuesta "ayuda" de cualquier manera, "sí o sí", como dijo el diputado investido como presidente venezolano por Washington.

El establecimiento de estos "gobiernos paralelos" culmina un proceso de mutuos desconocimientos, que vienen desde 2002, pero que alcanza su mayor intensidad con la escalada entre los poderes Públicos, iniciada con el nombramiento urgente en 2015 de un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, que declarará poco después en desacato a la recién electa Asamblea Nacional (de mayoría opositora y con la única política de destituir a Maduro) debido a supuestas irregularidades en las elecciones del estado Amazonas. El mismo TSJ, y en consecuencia el Consejo Nacional Electoral, evidencia el control político del partido dominante (PSUV), al retardar la solución electoral de la situación, y entorpecen y anulan la solicitud constitucional de un referéndum revocatorio. Ante una generalizada agitación callejera, que va más allá de las urbanizaciones de clase media de las principales ciudades, para presentarse incluso en sectores populares, el presidente Maduro recurre a la convocatoria de una Asamblea Constituyente con una estructuración que no aparece en la Constitución y que se convierte en un poder "supraconstitucional" de facto, que suspende al conjunto de las instituciones. Después de un diálogo fallido entre gobierno y oposición, el primero convoca a unas elecciones presidenciales, resultado de unas conversaciones entre ambos bandos, interrumpidas repentinamente por la segunda, de las cuales se retira el grueso de la oposición, aunque participa uno de sus dirigentes (Henry Falcón), quien llega de segundo, detrás Nicolás Maduro, quien se juramenta como Presidente el 10 de enero.

La intensidad del conflicto político sugiere analogías con procesos de otros países. Pero hay que convenir en que las comparaciones no son suficientes. Muchas de las tendencias que podemos observar hoy, tienen antecedentes en las primeras décadas del siglo XX, cuando Venezuela pasó, de ser un país agrícola, poco poblado, muy pobre, a ser una pujante nación exportadora de petróleo, el insumo principal del sistema-mundo capitalista. La complejidad de la situación no obsta para intentar sintetizar en un corto sintagma, lo que ocurre: el colapso (Lander lo ha llamado implosión) de un estado, una sociedad, incluso también una cultura, rentista, clientelar, debido a la exacerbación de las tendencias seculares de unas estructuras particulares dentro del modelo general del capitalismo dependiente latinoamericano. A ello se agrega la fusión entre el partido de gobierno, el Alto Mando militar, el gobierno mismo y la burocracia del Estado, con el control de todos los Poderes Públicos formales, de lo que queda de movimiento popular, y la instalación de un Poder supraconstitucional: una supuesta Asamblea Constituyente reconocida únicamente por el Partido de Gobierno y sus aliados o socios internacionales. El gobierno venezolano aplica un peculiar oportunismo geopolítico en tiempos de nueva "Guerra Fría" entre el bloque eurasiático y el norteamericano: intenta aprovechar, para sobrevivir, la pugna entre las grandes potencias emergentes (Rusia y China) y el decadente imperialismo norteamericano con un gobierno errático, en franca retirada en lo económico, aunque conservando un poder apabullante en términos militares. A cambio, no hay problemas en implementar las Zonas Económicas Especiales, cambiar el esquema propietario de los contratos de las empresas mixtas para la explotación del petróleo y demás riquezas minerales, aplicar un feroz extractivismo mineral en el Arco Minero del Orinoco.

Los síntomas de la crisis los sufrimos a diario los venezolanos y las venezolanas: hiperinflación sin precedentes en el mundo, de varios cientos de miles por ciento; una bestial recesión y decrecimiento que ha reducido a la mitad el PIB en 4 años, colapso de los servicios de salud, electricidad y agua, zonas tomadas por la delincuencia dirigida desde las mismas cárceles, crisis educativa y universitaria por la fuga masiva de profesores y la deserción estudiantil. De la crisis no escapa la vital industria extractiva del petróleo, que ha venido reduciendo su producción en estos años, comprometida casi en su totalidad con el pago de una inmensa deuda con China. La cultura no se salva. Se percibe un complejo cambio de las costumbres, representaciones y actitudes, que se orienta a la desintegración social, la exacerbación de la agresividad política polarizada que enferma la comunicación, proliferación de la corrupción, tanto en las "altas esferas" (la corrupción administrativa, como se ha revelado en los últimos casos del ex-tesorero del país, gerentes de PVSA, la empresa estatal del petróleo, y demás altos funcionarios, le ha costado al país cifras astronómicas que superan los miles de millones de dólares), como en la base popular (proliferación de los "bachaqueros" que revenden los productos de primera necesidad a precios inconcebibles; incluso prácticas de acaparamiento en los cuadros de los CLAP).

Pero estos son sólo los síntomas de una terrible enfermedad terminal. Nuestra burguesía no surgió sino de las abundantes facilidades que posibilitó la renta petrolera. La burocracia estatal se asoció con los empresarios, para usufructuar la renta petrolera. Detrás de las formalidades legales y constitucionales, desde los alrededores de 1936, funcionaron en el país mecanismos de reparto y apropiación de la renta en los cuales los representantes de los distintos sectores y clases sociales disputaron, a veces violentamente, por su porción de la torta, mediante frágiles acuerdos, que a veces permitían la "inversión social" (descalificada por la derecha como "desviación populista") en educación masiva, salud para todos, vivienda popular, etc; y otras veces, dirigir la renta hacia el "desarrollo", es decir, el crecimiento de una clase de capitalistas, siempre asociados y dependientes, del capital, la tecnología y, en general, del "know how" principalmente norteamericanos. Estas variaciones del mecanismo de reparto y apropiación de la renta petrolera, determinaban un peculiar péndulo de preferencias presupuestarias y políticas del estado o del gobierno de turno. Lo que ocurrió en el período chavista, fue que el mecanismo, después de una grave crisis de legitimidad, dejó fuera a los participantes tradicionales (Partidos, grupos empresariales, sindicalistas, Iglesia) y concentró las decisiones en un solo hombre, un líder carismático, que dejó que sus colaboradores más cercanos se apropiaran de porciones desproporcionadas de la renta para garantizar su lealtad, mientras impulsaba "políticas sociales" dirigidas a una población empobrecida. El recuerdo de esas políticas, envueltas en ideología y organización, fue lo que quedó de un poderoso y auténtico movimiento popular.

Durante el período de la "democracia representativa" o "puntofijismo", estos movimientos pendulares entre un extremo "populista" y otro "desarrollista", no fueron para nada simétricos. Durante la primera presidencia de Carlos Andrés Pérez (socialdemócrata del partido AD; 1974-1979), el país se benefició con un incremento inmenso de sus ingresos cuando explotaron los precios del petróleo, a raíz de las tensiones en el Medio Oriente. Pérez emprendió entonces el proyecto de la "Gran Venezuela": inversiones gigantescas en las empresas básicas de Guayana, nacionalización del petróleo y el hierro, pleno empleo, subsidios masivos. El flujo gigantesco dio también para que la corrupción administrativa se convirtiese en tema fijo del debate público, hasta que el propio Pérez fue acusado de haberse enriquecido personalmente. Los analistas de oposición señalaron que se había llegado al extremo el momento populista del péndulo rentista. Seguidamente, con el gobierno del democristiano Luís Herrera, frente a los desequilibrios fiscales y comerciales, se aplicaron medidas de ajuste que marcaron el otro extremo del péndulo: el de la crisis del rentismo mismo. En 1983, con el llamado "Viernes Negro", el gobierno decidió la devaluación del Bolívar, una moneda de gran fortaleza hasta entonces. Historiadores como Margarita López Maya (2005) hacen comenzar aquí, aun destacando la masiva explosión social de febrero de 1989, detonada por otras medidas de ajuste e inicio de un proyecto de tinte neoliberal en el segundo período de Carlos Andrés Pérez, el período histórico que explica el surgimiento de un nuevo protagonista político: Hugo Chávez y la conspiración cívico-militar de 1992. Estas crisis del rentismo (1983, 1989) no fueron las primeras. Ya en 1960, el entonces presidente Betancourt, había tomado otras impopulares medidas de ajuste económico ante los desequilibrios macroeconómicos heredados de la recién derrocada dictadura perezjimenista.

La irrupción de Chávez el 4 de febrero de 1992 y su ascenso a la presidencia por vía electoral en diciembre de 1998, marcan la culminación de lo que historiadores como Manuel Caballero (2009) llaman una crisis histórica: un cambio de régimen, del "elenco" de los protagonistas de la lucha política y social, de los códigos y significaciones de las opciones ofrecidas al debate. Los historiadores futuros deberán llamar "chavismo" o "chavecismo", todo un período que tuvo su prólogo en 1992 con la intentona golpista del teniente coronel Hugo Chávez. Por otra parte, los sociólogos tal vez se concentrarán en el análisis y caracterización del movimiento político e ideológico, denominado obviamente "chavismo"; mientras que otros científicos sociales se concentrarán en la gestión de esos gobiernos, los de Chávez y de Maduro. Tenemos pues tres dimensiones (o, mejor dicho, aspectos) analíticas: la "histórica", la político-ideológica y la administrativo-gubernamental. Tal vez la clave de interpretación sería la segunda. Pero no hay espacio aquí para desarrollarlas todas.

El chavismo como movimiento político-ideológico, es la mezcla compleja de por lo menos tres tradiciones de la cultura política del país, heterogéneas y contradictorias: a) el culto a Bolívar (Carrera Damas) que ha demostrado su gran eficacia justificadora y propagandística (o sea, ideológica) durante prácticamente todos los gobiernos venezolanos, desde el siglo XIX; b) las muy heterogéneas tradiciones de la izquierda latinoamericana, que combina apologías al "Guerrillero Heroico" con semblanzas de los luchadores contra las dictaduras militares como demostración de su vocación democrática frustrada por la tendencia gorila de la derecha; c) el cristianismo post-conciliar con elementos de la teología de la liberación. Por supuesto que aquí hay fuertes rasgos de populismo, tanto en el sentido de pura y simple demagogia populachera, como en el concepto más complejo de teóricos recientes (pienso en Laclau). No se puede caer en el reduccionismo de entender al chavismo sólo como una cúpula delictiva o un puñado de comunistas al estilo Stalin. No entender esta complejidad del chavismo, ha llevado a la oposición, fraccionada y desorientada, a una subestimación de su oponente y una situación de derrota histórica, sólo compensada por la unidad de mando desde Washington.

Hay, en este momento, dos grandes escenarios de "desenlaces" posibles, que se bifurcan en variantes de detalle. O una conflagración bélica, con participantes internacionales (Estados Unidos, Colombia, Guyana, una coalición de gobiernos, grupos armados "criollos", por una parte y por la otra; apoyo al gobierno de los aliados rusos o chinos); o una salida "negociada", reactivando los mecanismos institucionales previstos en la Constitución de 1999, la única norma reconocida por lo menos discursivamente por todos los actores. Esto abriría el camino para nuevas elecciones con un nuevo árbitro electoral. Esto sería lo deseable, para que hubiera una solución pacífica, democrática y popular a la crisis multidimensional por la que atraviesa mi Patria.

REFERENCIAS:

Caballero, M. (2009). Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992). [6ª edición].Caracas: Alfadil.

López, M. (2005). Del viernes negro al referendo revocatorio. Caracas: Alfadil.



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Jesús Puerta


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