Los disociados de acá

Este es un tema tabú. Resulta que, en la pelea "impenetrable" de maduristas contra la vieja derecha, existe una distribución del lenguaje equitativa y bien diferenciada: los adjetivos y sustantivos que se aplican para unos no se aplican para los otros. Unos de estos conceptos es el de "disociado", que se usa como arma de ataque psicológico del lado de acá, para descalificar a los de allá. Cuando uno habla de disociado inmediatamente la gente vulgar piensa en escuálidos, en la clase media desquisiada, agracias a Jorge Rodríguez y al otro Rodríguez, a Eric.

Pero los chavistas también se disocian; es más, se disocian ahora mucho más que la misma clase media empobrecida, para ser más exacto.

¿Cómo saberlo? Los chavistas maduristas (los que realmente creen en Maduro) siempre se justifican, es decir, argumentan sus actos y sus sentimientos. Hay quienes justifican el apoyo irrestricto al gobierno por la emergencia de defenderse del imperio, pero la realidad es que temen perder el cargo en el ministerio, o la oportunidad ahorrar una platica para irse a vivir Nueva York o México. Otros se justifican pensando en que el problema verdadero del país radica en la corrupción; la corrupción está a la base de todos los problemas del socialismo, sin embargo en el fondo le temen a la vergüenza de ser descubiertos robando, sus escrúpulos no tienen que ver tanto con la honradez como con el miedo de ser expuestos ante el juicio público. Otros piensan el argumento del terrorismo, de la violencia, de que no puede haber un pueblo peleando hermanos contra hermanos, "la paz es lo primero", pero en su intimidad familiar tienen aterrorizado a todo el mundo repartiendo coñazos y amenazando al primer pendejo con una pistola; borrachos o no, hay de los dos tipos.

El asunto es que casi nadie se hunde hasta el fondo de sus contradicciones. Ver la política sin ver el corazón del hombre, que es no ver nada importante o no ver nada; sus discursos son ¡puro caletre! A la larga, el trapo que los cubre se corre y se le ven "sus partes", caen en contradicción con su vida. Aquí se activa una especie de vergüenza colectiva y la gente, o se calla y se hace cómplice (por que comparten el mismo "sistema"), o se place en saber que el otro también es un miserable como él y lo delata como "paisano" en su misma miseria moral. Así nunca se avanza.

Para la revolución socialista es fundamental reconocer las contradicciones íntimas y colocarlas en la agenda del día. Eso de creerse por encima del juicio moral de los hombres, ser incólume, la madre Teresa de Calcuta hecha presidente, es el comienzo del fin, es la imagen de Robespierre de camino a la guillotina.

Es el caso de Tarek William y sus mentores. ¡Ni un solo rasgo de humana imperfección! (moral, por supuesto) ¿Quién puede pensar, ni por asomo, en la sexualidad de Diosdado Cabello…, o en la posible cobardía de Elías Jaua y de Maduro, o en los complejos del profesor Aristóbulo Isturiz, o que los hermanos Rodríguez son unos groseros ambiciosos? ¡Nadie!, esos son temas tabú para el gobierno y para sus leales; solo la gente vulgar padece de defectos, tan así que condicionan a la sociedad a ser en ente sumiso ante la indiscutible "perfección" de estos líderes fantásticos. O dicho de otro modo, la crisis que vive el país no se le puede atribuir a nuestros líderes pues ellos están eximidos de las imperfecciones morales que los podrían hacer cometer errores. La responsabilidad siempre yace fuera, el corrupto es el otro, el flojo, el cobarde, el raro.

Por esa razón nuestros asambleístas constituyentistas patinan de pecho sobre la superficie de la política, la profundidad y oscuridad de sus motivaciones los aterra. Nuestros constituyentistas son el correlativo de los que son culpables en las fechorías, obedecen dócilmente, para no ser juzgados, rechazados, excluidos de los favores y afectos, y todo por no reconciliarse con sus desperfectos, divorciados de la verdad.

Si nuestros líderes actuaran de cara a sus errores los corregirían, con vergüenza, se esmerarían en ser cada día mejores, como personas y como líderes. Pero, al no admitir que se equivocaron, no tienen por qué cambiar; se consideran moralmente hechos, no hay por qué mejorar, de su lado todo está concluido, los demás son los que tienen que esforzarse: esa es su filosofía infantil. Por eso los discursos moralistas, por eso exigen sacrificios, conciencia, trabajo, lealtad a los otros, porque ellos creen que todo lo tienen, que ya no lo necesitan; son los más conscientes, los más preparados, los más sacrificados, los más leales. Y, por supuesto, no es así: son unos hipócritas, se les nota que son unos hiócritas.

Exigen lealtad porque son desleales por naturaleza, conciencia, porque no la tienen (o tiene precio), trabajo porque son unos flojos rodeados de sirvientes y asesores, sacrificio porque no dan la cara a los problemas. Viven disociados, porque hay que ser valientes para soportarse a sí mismo y mejorar.



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Marcos Luna


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