Chávez se bajó de la tarima, el carnet como logro y Maduro salsero

Si algo ha funcionado bien en este gobierno, ha sido el diseño de ciertas cuñas televisivas. Eso, en contraste con otros aspectos, como el manejo económico, el seguimiento de obras, la conquista de la independencia económica, tecnológica, social, el logro de la salud, el mejoramiento de la educación, la administración de las misiones, el combate a la corrupción y un largo etcétera. Ya sé que muchos compañeros han criticado desde siempre la llamada “política comunicacional” del gobierno. Esas “fallas”, en realidad, son consecuencias lógicas de algunos rasgos de la “presentación pública” del chavismo, desde 1999. La sobre-exposición mediática, el uso y abuso de las cadenas, por ejemplo, no son sino el efecto del estilo personalísimo de conducción del Comandante Chávez. A él le salió bien, debido a su consabido “carisma”, término que impide una explicación más profunda, relacionada con un psicoanálisis colectivo y las características de su particular del populismo. Por supuesto, aquí cabe aquello de que Maduro no es Chávez. Por eso creo que algunas cuñas y “gestos” propagandísticos del gobierno son bastante ilustrativas de su deriva ideológica.

Es muy significativa, por ejemplo, esa cuña con la voz de Chávez en off, con imágenes de paisajes del llano venezolano, en la cual el Comandante habla de su deseo de “bajarse de la tarima”. Chávez expresa que quisiera pasear y recorrer varias poblaciones de su amado llano. Concluye con una inflamada declaración de amor a su terruño. Un texto en tono lírico, sentimental, nostálgico, si se quiere. No hay consignas ni llamados a la acción inmediata. Es la expresión de sentimientos en un estilo casi poético. Muy bien: es eso, una declaración de amor, la expresión del sentimiento amoroso por su tierra natal, la de su infancia, adonde le gustaría regresar “bajándose de la tarima”.

Pero no es sólo eso. Porque, aunque la voz de la grabación es de Chávez, el emisor del mensaje no es él. No fue el Comandante quien recortó ese pedazo de discurso y lo colocó en una cuña con esas imágenes, justo en este momento. Una manera de dilucidar ese sentido, es poniéndola al lado de otra cuña, donde el presidente Maduro hace su propia versión de un juego de verbos cuyo antecedente también es Chávez. Se trata de pasar del singular al plural en la persona del verbo “Ser”. Maduro, su voz en off en una cuña llena de imágenes donde aparece él abrazando gente, levantando el brazo, etc., dice que donde dice “soy”, dice en realidad “somos”. Puede sonar complicado, pero un segundo examen nos revela que se trata del mismo juego retórico del Comandante cuando declamaba que Chávez ya no era él, sino todo el pueblo, el joven venezolano, una mujer, un trabajador, un maestro, venezolanos todos. El paso del singular de primera persona (yo) al plural (nosotros).

Colocando ambas cuñas como si fueran segmentos de una misma acción propagandística, como lo son en realidad, se puede leer que, como Chávez ya “se bajó de la tarima” y se fue a recorrer la sabana inmensa (manera metafórica, pero también eufemística, de decir que simplemente se murió), ahora es Maduro el que no es “yo”, no es él, en singular, sino “somos”, es decir, un colectivo, el mismo pueblo con el cual se identificó retóricamente, en otro momento, Chávez.

Hay varias cuñas dirigidas a lograr un encariñamiento con la persona de Maduro. Eso es coherente con la creación de un programa de salsa dirigido por el presidente de la República, iniciativa obviamente extravagante. Rompe sin duda con la representación de un Presidente de la República que, como se sabe, no es una persona, sino un cargo, una responsabilidad, una función del Poder Nacional. Pero es evidente que dirigir un programa de salsa, no trata de nada de eso. Es, en todo caso, la realización de un deseo juvenil del individuo Nicolás Maduro. Una forma de mostrar a la persona, de relacionar al televidente con el Nicolás “humano”, muchacho, gustador de salsa como cualquier caraqueño de los barrios. En fin, se trata de una “personalización” del cargo, de disolver la significación (política, legal, constitucional) de éste, en los rasgos singulares (estéticos, gestuales, corporales) de aquél.

En fin, la operación ideológica que esta campaña propagandística se propone, es la sustitución de Chávez (ya ido, ¡y por propia voluntad!) por Maduro; tanto en la identificación del colectivo (YO=nosotros, soy=somos), como en la personalización del gobierno (y del Estado, de la Nación y hasta de la Patria).

Esta operación ideológica va pareja a otra batería de cuñas, donde se presenta el carnet de la Patria, como un logro de la Revolución. La idea es, en verdad, ridícula. La superación del analfabetismo o la curación de epidemias, no es lo mismo que la obtención de un documento personal después de una cola bestial. Reducir la desigualdad social es un logro revolucionario; sacar la cédula o la licencia de conducir trabajosamente, no lo es, a todas luces. No se hace una revolución para entregar un carnet. A menos que se haya reducido deliberadamente a eso.

Como buena ideología, en el peor sentido de la palabra, como justificación encubridora, estas cuñas ocultan cuestiones que, por otro lado, revelan; por ejemplo: la necesidad de sacar un carnet para controlar las misiones ¿acaso no es la evidencia de que las misiones no tenían control alguno de su aplicación? Pero no para allí el diseño de la campaña. El éxito de convocatoria observado en las colas para sacar el carnet en cuestión, es, en todo caso, del convocante, es decir, el gobierno. Así lo atestiguan las masas haciendo cola. La asistencia masiva no es un “logro” para los que sufren haciendo la cola. El único “éxito” o “logro” de la gente es obtener el carnet en cuestión.

Por otro lado, la gente que al fin obtiene el carnet, después de largas colas, que han durado semanas (¡y llegaremos hasta marzo, compadre! grita Maduro entusiasmado) que aparece alborozado en los rostros de viejitos, trabajadoras, amas de casa, etc., sólo tiene la promesa de que, de alguna oscura manera, obtendrá algún beneficio del gobierno o, en todo caso, logrará “ser incluido”, o, mejor dicho, no ser excluido.. . Con la misma lógica de miedo a la exclusión, de chantaje económico y político, han proliferado los “bachaqueros del carnet”. El “carnet” deviene otra dádiva populista, o ni siquiera eso, es el fetiche de una promesa de dádiva, que exige al receptor un agradecimiento al presidente que es y no es él, sino nosotros, aunque es, personalísimamente, EL…

La ideología de estas cuñas parece una clase de lingüística: el significante sustituye al significado, Maduro a Chávez, el carnet a los “logros revolucionarios” y las misiones. Pero estos no son significantes, más bien parecen impostores. El contenido amenaza con, muy pronto, desbordar o hacer estallar esos envases.


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Jesús Puerta


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