Extrema pobreza y riqueza, una dicotomía falaz

Establecer rangos de pobreza, como la extrema[1], es un reconocimiento implícito de que para los teóricos de la Economía Política Vulgar[2] nuestras sociedades burguesas sólo tienen personas solventes e insolventes al lado de fabricantes  y comerciantes, con lo cual se oculta, consciente o inconscientemente, las verdaderas clases económicas, es decir, la proletaria y la burguesa, o trabajadores y explotadores, respectivamente,  además de la tarada clase que  se arrastra con los terratenientes como  dueños  privados del principal medio de producción y vida como son las tierras de labrantío y las habitacionales.

Por otra parte, es muy relativa la clasificación entre bienes básicos y de lujo porque, en realidad responden al tamaño de la solvencia personal, tanto para consumidores finales como para empresarios. Para un rico, tener un yate, por ejemplo, será una necesidad básica, y para un trabajador de bajo salario, comer proteína animal sería un lujo sólo usable los domingos o cuando las campanas de la iglesia cristiana repican duro. Para un cristiano de baja solvencia, una Biblia resulta un bien de lujo. Asimismo, para un empresario de mediano o bajo rango, actualizar su organización empresarial, o modernizar su maquinaria, o contratar “buenos” contables”, es un lujo. Los comerciantes de vehículos para uso personal divulgan la conseja de que tener un carro ya no es un lujo, cosas así, pero para nada asoman las mercancías que podrían perfectamente dar cuenta de esa misma necesidad de transporte, por ejemplo, la bicicleta.

Yendo al tema principal, no se trataría ni de pobreza ni de riqueza extremas, sino de ínfima, medianas o altas solvencias o, lo que es lo mismo, de ínfima, mediana o altísima riqueza. Adam Smith, como todas sus imprecisiones cometidas por su incapacidad temporal para llegarle al meollo de la fuente o causa última de la “riqueza”, pudo haber escrito La Pobreza de las Naciones en lugar de “la Riqueza de las Naciones”.

Sólo cuando admitamos y manejemos los grados de solvencia o insolvencia de los consumidores del sistema capitalista, podremos ir resolviendo mejor el problema de algunas necesidades que son comunes tanto para los consumidores de bajos ingresos como para los de altos. La leche, por ejemplo, no admite insolvencias; asimismo, los cereales o los bienes de la cesta básica en general que son tan comunes para los consumidores potenciales de la mal llamada “pobreza extrema” como para los más ricos del país. Esta comunidad de intereses la hemos visto. Por ejemplo, cuando el azúcar y la leche han estado subsidiadas a Bs 1,00/l, a ese precio la adquirían “pobres y ricos”, y ahora, en medio de esta unilateral guerra, porque es marcadamente asimétrica, -una de las partes se defiende mientras el otro se defiende y ataca sin piedad, ahora sólo los ricos y, al parecer, los muy insolventes pueden adquirir lo que antes era para pobres y ricos.

Estas observaciones las hacemos para ver si los CLAP dejan de responder sólo a las personas de la pobreza extrema y de dejar para último, digamos, a los menos pobres, porque sencillamente el hambre no hace distingos sociales. En la parroquia El Socorro, entre otras, eso de los CLAP no se conoce ni en pintura porque, quizás, se esté creyendo que no son de pobreza extrema, lo que les restaría prioridad en su atención, de parte de los organizadores y responsables del caso. Qué tal, por ejemplo, si  se baja la frecuencia de las ventas en unas parroquias y se abastece las que hasta ahora no han recibido ni un pan campesino, por lo menos  hasta que la cobertura de todas las parroquias así lo permita y se retome las frecuencias más convenientes para todas ellas.


[1] Se trata de una clasificación virtorhugiana, hoy obsoleta a juzgar por los científicos aportes marxianos.

[2] Por Economía Política Vulgar se entiende, por ejemplo, la Economía tecnicista, la ocupada en la administración del patrimonio de la empresa privada y del Estado Burgués, aunque, de perogrullo, siempre en favor de la clase empresarial dominante. Por ejemplo, en la literatura de textos de Teoría Económica que figura en los pensa de las universidades nacionales de corte burguesa-hablo de los años 60…, siglo pasado, donde me tocó recibir educación sobre Economía-, se omite el carácter ganancioso y esquilmador de la renta de los empresarios privados y de los terratenientes: se afirma, por ejemplo, que se trata de “renta contractual asimilada” a “rentas residuales”. Véase Heinrich f. v. Stackelberg, Principios de Teoría Económica.

 



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Manuel C. Martínez


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