Los crímenes humanitarios del capitalismo

Frente a una realidad excluyente en un amplio sentido, cuyo signo más resaltante (y oculto) es la eutanasia social aplicada desde los grandes centros económicos del planeta, evidenciada en los crímenes "humanitarios" causados por el capitalismo neoliberal desde hace algo más de treinta años -éxodos masivos, hambre, pobreza extrema, explotación laboral abusiva y guerras-, principalmente en naciones del Medio Oriente y norte de África (donde yace una enorme cantidad de minerales estratégicos, necesarios todos para el estilo de vida consumista de las potencias capitalistas occidentales), se hace vital abrir un camino de resistencia colectiva que haga factible un cambio estructural al servicio de la vida en general y no únicamente de los grandes capitales. Esta nueva realidad del mundo ha comenzado a ser parte de la cotidianidad de los países de Europa, sacudidos por el arribo de miles de inmigrantes provenientes de estas regiones en búsqueda de un mejor nivel de vida para sus familias, y que coloca a los gobiernos de tales países ante un dilema que no hallan cómo resolver satisfactoriamente, sin que se vean afectados la visión y los intereses que defienden.

Esto va en consonancia con lo que ya describiera Atilio Boron en artículo publicado en 2006: “cien mil muertos diarios a causa del hambre o enfermedades perfectamente prevenibles y curables es la cifra que, según el PNUD, se requiere para sostener la globalización neoliberal; y la acelerada destrucción de bosques y selvas, así como la contaminación del aire y del agua, y el agotamiento de estratégicos recursos no renovables, constituyen el saldo negativo del ecocidio que reclama el capitalismo contemporáneo. El orden jurídico internacional, laboriosamente construido luego de la Segunda Guerra Mundial, yace despedazado ante la prepotencia imperialista, y la militarización de la escena internacional preanuncia nuevos y más letales conflictos. Este es el necesario telón de fondo de cualquier discusión seria sobre el tema del imperialismo hoy”. Esta nefasta situación representa una grave amenaza para la autodeterminación de los pueblos que es preciso abordar y anticipar, dada la conflictividad existente entre Estados Unidos y Rusia, por una parte, y Estados Unidos y China, por la otra; más aún al considerar el surgimiento de alianzas estratégicas entre unos y otros, conformando bloques de naciones de diversos continentes, cuyos objetivos económicos, geopolíticos y militares difieren entre sí.

De ahí que las naciones de la Unión Europea sean hoy receptáculo (Estados Unidos lo es desde su frontera sur con México) de los efectos de la voracidad del capitalismo financiero neoliberal, obligadas por las circunstancias, muy a su pesar, a brindarle cobijo a la gran ola inmigratoria que toca a sus puertas. Sin embargo, la opción que no han considerado hasta ahora sus gobiernos sería la de acabar de raíz con los conflictos armados que ellos mismos han protagonizado y aupado en los últimos treinta años. Cuando no pueden enviar a sus tropas oficiales, optan por financiar, entrenar y pertrechar a grupos mercenarios (o paramilitares, en los casos de México y Colombia), como el denominado Estado Islámico (punta de lanza del anexionismo sionista en el Cercano Oriente), para que lleven a cabo sus guerras neocolonialistas e proimperialistas en contra de aquellos gobiernos etiquetados de forajidos e inconvenientes para sus intereses.

Para los capitalistas, especialmente los neoliberales, la guerra siempre es un negocio altamente lucrativo. Su dividendo más evidente y apetecible sería la eliminación de las soberanías y de las fronteras nacionales, de modo que sólo exista un suprapoder, regido por las grandes corporaciones transnacionales, las cuales tratarán de hallar la fórmula que les permitan vencer cualquier tipo de resistencia popular, a través de la combinación de bases militares más tratados de libre comercio, como lo ha hecho Estados Unidos en nuestra América y en otras latitudes del planeta, buscando mantener y ampliar así su hegemonía mundial en nombre de "la democracia y los derechos humanos".


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Homar Garcés


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