Más allá del euro

  De dedicarse a gestor administrativo, a crear enredosas empre­sas societarias o a ser artífices de liquidaciones tributa­rias para que su cliente contribuyente pague menos impuestos (por eso es una infame y una hipócrita bajeza que el ministro del ramo hubiere acusado a un insigne profesor perteneciente a un grupo politico emergente de haberse acogido a una fórmula trbutaria por la que pagó menos que por otra, cuando es a eso a lo que ese ministro y los de su gremio se dedican), el econo­mista, con la crisis económica que afecta tan gravemente a este país, se ha convertido en el sumo sacerdote de la sociedad y de las televisiones.

  La mayor parte, por no decir todos, de los economistas que con tiza y encerado nos dan clases televisivas de ampulosa eco­nomía que en el fondo no es más que contabilidad gigantesca, son neoliberales. En más o en menos "piensan" la economía en claves neoliberales. No en vano la mayoría, por no decir todos, han pasado por las universidades estadounidenses que son los centros del saber donde se enseña y se aprende a crear riqueza, o al menos a promover las condiciones para crear riqueza… pero a costa de otros: de otros individuos y de otros países.

  Por consiguiente, el manejo de todos los factores que concu­rren en el plano de la economía, de ese tipo de economía, signi­fica un esfuerzo orientado exclusivamente a generar riqueza. Y ello supone que, para ellos, su opuesto no es "no generar ri­queza" sino generar pobreza. De ahí el tópico insensato divul­gado ex­presa o tácitamente por todos de que los países que no gravitan en torno a la economía capitalista y por antonoma­sia neoliberal no reparten otra cosa que pobreza.

  Este es planteamiento de partida para elucidar el asunto según mi modo de ver a la sociedad actual: unos economistas se dedi­can a crear riqueza (en la mayoría de los casos también para sí mismos) a cualquier precio, y los otros, según aquellos y sorpren­dentemente, a crear po­breza.

  Para los economistas de esa laya, que son los autores de toda la ingeniería financiera, de los cambalaches presupuestarios que decide el poder político, de la creación de lobbys, de las sicav, de los paraísos fiscales, de tejemanejes incontables supues­tamente dirigi­dos a crear riqueza y de paso también ri­cos, lo de menos es el desequili­brio que los ingenios que combi­nan e inven­tan provoquen en la sociedad. Lo de menos es, digámoslo ya, la brutal desigualdad. De la desigual­dad se ocupan luego otros: los moralistas y los intelectua­les, y a mu­cha distancia y con numerosas fintas y recove­cos eventual­mente la justicia. Y la justi­cia, en la medida que pueda corregir los excesos cometidos por los políticos y entre ellos buena parte de los economistas, sean o no políticos. Pero el sistema sigue basado en la idea que tie­nen esos economistas de la contabi­lidad social. Y por ello su papel es crucial y decisivo en todos los avatares de la sociedad y en los ensayos de la construc­ción de una federa­ción de estados, como es el caso de la Unión Europea.

  Precisamente, el hecho de haberse antepuesto la construcción económica a la política detrás de la que ahora se está, con todos los obstáculos, frenos e impedimentos que los aspectos económi­cos causan, puede decirse que es la causa de la causa del panorama desolador que viven los países más pobres que eran cuando firmaron el tratado de la Unión y siguen siendo ahora. La Unión política debiera haber precedido a la Unión económica. Se ve palpable­mente que tuvieron sus fundadores en cuenta la premisa marxista de que la política es una meta superestructura cam­biante de lo económico...

 El caso es que, como decía, la mayoría de los economistas que despuntan en la opinión pública (opinión que empieza en la opinión personal de los dueños de los medios) relegan todo lo público en favor de la privatización hasta del aire que respira­mos. Que la fórmula funciona es indudable. Pero los otros econo­mistas y todos los intelectuales están de acuerdo en que el coste humano de tal aventura, de ese modo de orientar el pensamiento, es nefasto y demoledor para grandes partes de la población. El contraste entre la ma­yor parte de los economistas y su visión estrecha del asunto y del trasunto social, y otros minoritarios con más conciencia social que productiva, consiste en que aquellos economistas no tienen en cuenta más que los datos que existen y se les da. A ellos no les incumbe ni les inter­esa, ni la procedencia de dichos recursos ni el coste humano, ni el sufrimiento ni las pérdidas humanas que puedan sobrevenir de los desequilibrios socioeconó­micos. A ellos no les importa si el petróleo se ob­tiene de una perforación simple­mente afortunada o de una perfora­ción ya hecha o por hacer en un país invadido después de una guerra criminal, o si la madera se logra de la deforesta­ción salvaje, o de si el pescado se pesca esquil­mando los mares o extinguiendo las ballenas. Todo esto está excluido de su preocupación y de su técnica discursiva aunque tiene ostensibles y rotundos efectos en la suerte de los países. Ellos, con tal de que se genere riqueza, se sienten eximi­dos de toda culpa de las oprobiosas desigualdades socia­les y de los estragos que una economía por encima de todo produc­tiva oca­sione en la sociedad y en el planeta.

 Pero hay otros economistas, que no son los que miden y cuen­tan salvo en los reductos de los escasos Centros que dan aco­gida a su mentalidad. Este es el caso actual del actual ministro en Grecia. Varoufakis no tiene en su cabeza otro obje­tivo que el de evitar la situación penosa en que se encuentran millones de ciudadanos y ciudadanas por culpa de los expolios a que han sometido al país durante años, como ha sucedido en España, seres abyectos metidos a la noble tarea de servir a los intereses de toda la población que han prostituido la polí­tica.

  El caso es que aun los países europeos que no giran en torno al euro son más felices que grandes porciones de población que formando también parte de la Unión europea, son, somos, tubo de ensayo, cobayas y lacayos de los que manejan sus bancos y a la Unión. Quizá por eso mismo no debiera haber temor a salir­nos del euro. Quizá España recobrase la tranquilidad per­dida y encontrase el norte que nunca, por unos o por otros pero siempre abusadores, prepotentes y dominadores, acaba por sa­ber realmente dónde está...

 



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Jaime Richart


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