Festival contra la revolución cultural

Con la ideología burguesa, cuyo "ismo" es el consumismo, el pensamiento espectacular-mercantil, domina la vida diaria de los habitantes del planeta, como principio y fin de la producción de mercancías y la transformación de todo en mercancía. La ideología burguesa ha colonizado al mundo y se ha hecho familiar como una segunda naturaleza de todos y cada uno. Por eso nuestra revolución debe ser y es, también y sobre todo, cultural.

La economía es la policía secreta de las ideas, porque el mundo en que vivimos es el mundo traducido al pensamiento burgués y es, por lo tanto, un mundo falso: representación mediatizada de la vida, movimiento autónomo del dinero hecho imagen, que suplanta y domina a la realidad. Un mundo que no es sino la idea burguesa del mundo y, por lo tanto, un mundo que está a merced de una idea. Eso explica el triunfo de Hugo Chávez con su versión real y fidedigna de la realidad, pero también explica cómo la burguesía se atrevió a enfrentar electoralmente al Gigante con un ladronzuelo ignorante como Manuel Rosales y que un idiota como Capriles Radonsky pudiera pretender y casi ganar la presidencia de Venezuela.

El levantamiento militar de Chávez el 4F no fue un golpe de Estado sino un golpe de mundo cuyas consecuencias aún repercuten por los continentes. Como reacción, el imperialismo se declaró en estado de golpe permanente contra Chávez y su pueblo, una guerra abierta y encubierta que hoy se mantiene contra su obra y sus herederos que somos nosotros (para definición de nosotros: ver "Nosotros con Chávez" de Gino Gonzalez http://www.youtube.com/watch?v=_mNMDuyhBJ0).

En la contrarrevolución antichavista, la oposición violenta y sus guarimbas no son sino una expresión artesanal de la derecha apoyada por el Imperio para desestabilizar, pero está condenada al fracaso porque su acción repugna a la mayoría y provoca una reacción oficial y popular cada vez mayor que la neutraliza. Lo mismo ocurre con la "guerra económica". El verdadero y peor enemigo es la percepción que de la revolución se tenga, los grados de separación que hay entre la concepción burguesa del universo en el que somos mentidos y la realidad venezolana en que estamos metidos. A primera vista es una batalla mediática, pero en el fondo es batalla de ideas, una revolución cultural.

Para esta batalla de ideas es muy insuficiente el discurso gobiernista de políticos profesionales de izquierda en el poder: hace falta el discurso chavista de los hechos: transformación permanente de la sociedad por el gobierno y el pueblo bolivariano, interactuando en democracia revolucionaria. Pero no siempre esta interacción funciona: la burocracia que cree manejar la administración pública, todo lo planifica y ejecuta bajo la cobarde consigna de "eso es lo que hay" y se limita a cumplir metas sin arriesgarse a inventar. Es decir equivocándose. Y si esto es dañino en general, es fatal en la batalla de las ideas.

En la batalla de ideas hace falta audacia y más audacia, porque el miedo de perder no deja ganar. Buen ejemplo de esto es el nacimiento y trayectoria de TVES, donde se trabaja para competir con las ideas enemigas mediante imitaciones de mala calidad, reduciendo el conflicto global que vive la humanidad a una cuestión de eficacia ("rating"), sin arriesgarse a inventar, como sí lo hacen Telesur y Vive, que son telescopio y microscopio de la revolución televisada.

Los compatriotas del gobierno bolivariano pueden ser más o menos eficientes en su gestión, pero lo que no pueden es pensar como burgueses, es decir como burócratas que creen que el socialismo es un Estado burgués mejor administrado. Los adeptos de la "revolución nacional antiimperialista" no pasan de adecos si no entienden que ésta es simultánea y alternativamente una revolución social y cultural. El diputado o ministro que se gasta el equivalente a 100 salarios mínimos en la fiesta de 15 años de su hija puede ser sinceramente nacionalista, pero no es socialista; y el que cree, con Hegel, que "el pueblo es la parte del Estado que no sabe lo que quiere" y no le hace caso a nadie, no por eso deja de estar con el proceso y dispuesto a morir por él, lo que es bueno para él porque, dejando el pueblo fuera de la ecuación, sólo hace la revolución a medias, es decir: se cava y nos cava una tumba.

La izquierda tradicional venezolana siempre se creyó "leninista" y pensaba que la sociedad debía ser dirigida por una élite de cuadros, políticos profesionales, vanguardia de las clases trabajadoras, que sabe lo que al pueblo le conviene mejor que el pueblo mismo. Por eso nunca estuvieron ni siquiera cerca del poder. Chávez aportó la democracia "participativa y protagónica" en la cual el Estado debe gobernar obedeciendo al pueblo, para avanzar juntos hacia los objetivos históricos universales de América Latina y la humanidad.

Y así llegamos al festival "Suena Caracas" y a Jorge Rodríguez, Alcalde del Municipio Bolivariano Libertador: un magno evento de recatada frivolidad cuyo objetivo general parece ser mostrarle al enemigo, como si el enemigo no lo supiera, que Venezuela es un país democrático y tolerante, y no la "dictadura" castro-chavista come niños que dicen los gusanos de Miami. Un festival para decirle al mundo que estamos inmersos en el pensamiento burgués y que somos tan alienados como el que más. El problema no está en la música, que siempre es bienvenida, sino en la esterilización del festival.

Allá Jorge Rodríguez, que con su pan se lo coma: nada malo tiene (a primera vista) que ciento y pico de grupos y cantantes se reúnan en Caracas, independientemente de su calidad musical y su pensamiento político. El alcalde Rodríguez asumió valientemente el reto de meter tantas voces en el caldo sin que se ponga morado. Pero una cosa es ser generoso y otra ser regalado: lo que podía salir mal salió mal y la invitación a un par de pendejos que alabaron las guarimbas molestó a miles y miles de chavistas, como pudo verse inmediatamente por las redes sociales (Twitter) donde la etiqueta #NoAChinoYNachoEnFestivalSuenaCaracas se volvió viral. Pero la molestia se volvió indignación y asunto político cuando el Alcalde, y el presidente de TVES Winston Vallenilla, esgrimieron como único argumento que quienes protestaban estaban confundidos por el "odio e intolerancia" del fascismo.

De Winston Vallenilla no vale la pena hablar: no es mala gente y siempre fue chavista, pero está hundido como nadie en el pantano del espectáculo y ya no puede salir: lo peor que se puede decir es que no tiene la culpa. De Jorge Rodríguez habría mucho que decir, pero vamos a limitarnos a entender que ya no podía eliminar a los proguarimberos Chino y Nacho sin crear una avalancha de renuncias entre sus invitados, y sin que la "opinión pública" opositora internacional diga que el gobierno venezolano cede ante la presión de los colectivos: jugó y perdió, se encontró atrapado y sin salida. El mismo se metió en ese brete y se jodió. ¿Quién lo manda a irrespetar a las víctimas de esas guarimbas tan alabadas por Chino y Nacho? ¿Quién lo manda a no tener un mínimo de dignidad para no invitar a los que insultan a su Patria, a Maduro y a todo el pueblo venezolano?

Jorge Rodríguez, fue un excelente Presidente del CNE y no ha sido mal alcalde: pero pagará el precio político de la desconfianza popular y en su conciencia queda el haberle hecho daño a la revolución que defiende. Aquí lo importante no es él sino lo que representa: la prepotencia burocrática que tapa sus cagadas echándole tierra al pueblo, el desprecio por los miles de camaradas que defienden la trinchera de las redes sociales y en particular el Twitter siguiendo instrucciones expresas del Comandante Eterno, y el cobarde silencio de los medios del Estado que, tal como los medios de la derecha, ignoran lo que no les conviene informar.

Tuvo que salir Nicolás Maduro a hacer, muy sabiamente, lo que debió haber hecho el alcalde para sacar la pata que había metido por su cálculo político falto de dignidad: dar razón a los críticos, decirle a Chino y Nacho que aguanten humildemente el chaparrón, que vengan para que vean y no ataquen a la Patria. Así es que se gobierna: saber pasar de lo internacional a lo local, de la China al Chino, para apoyar al pueblo y enmendar los errores de los funcionarios.

Y volvemos al principio, a la revolución cultural. Las próximas elecciones girarán (como en todo el Continente) en torno al concepto del "cambio". Y como en cualquier palanca de cambios, la alternativa está entre avance o retroceso. En las elecciones para la Asamblea esto no será tan duro porque revolución propone el único cambio real: que la mitad de los diputados sean jóvenes y mujeres, mientras la oposición sólo tiene adecos, copeyanos y oligarcas: viejos egoístas y niñatos fascistas, cohetes quemados y rostros maquillados. Pero en la elección presidencial será otra cosa, porque girará alrededor del cambio según la concepción del mundo que se tenga. Y si la concepción dominante del mundo es la espectacular mercantil burguesa, del consumo y la farándula global ¿Cómo la enfrentamos con una copia barata y local de la misma? ¿Cómo enfrentaremos el Oscar y el Grammy con un festival de Jorge Rodríguez si los valores que se esgrimen son los mismos?

Si el candidato presidencial de la derecha es Lorenzo Mendoza, de la Polar, otra cara bonita de la muerte ¿No podrá con sus reales competir en festivales, holgadamente, con la Alcaldía de Caracas? Y la pregunta será entonces ¿dónde está la diferencia? Y si aparentemente no la hay, entonces ganará la apariencia, es decir la versión burguesa del cambio. Para evitarlo debemos hacer revolución cultural, dar la batalla de las ideas nosotros mismos, no esperar nada de Winston Vallenilla y cualquier cosa de Jorge Rodríguez.

Debo terminar diciendo que ninguna derrota electoral va a detener a la revolución bolivariana: Chávez vive y la lucha sigue. Pero la derecha en el poder significará una represión feroz y la persecución a muerte de los dirigentes del chavismo. Si eso pasa, un consejo para Jorge Rodríguez: no se le ocurra buscar refugio en casa de Chino y Nacho.



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Eduardo Rothe


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