La verdadera Quinta Columna

Esta es una respuesta al artículo http://www.aporrea.org/actualidad/a165664.html titulado “La quinta columna ideológica (I) de Carlos Lazo. Los demás de su serie son similares. Está dirigida a él y a todo el pueblo venezolano.

Sr. Carlos Lazo. Me han hablado de su trayectoria revolucionaria, por lo cual quiero expresarme con mucho respeto. Quisiera  empezar diciendo que nos disculpamos ante usted y ante todo el pueblo venezolano, porque sus comentarios sobre nuestro documento reflejan que no nos hemos sabido explicar bien. Es por eso que hemos hecho un esfuerzo significativo para elaborar una nueva versión, la cuarta,  del documento ¿Qué hacer? que sea más didáctica, por un lado,  y que sea lo más inequívoca posible en relación a la intención que nos motiva, por el otro. Lo invitamos a leer con detenimiento esta versión 4, que sale en Aporrea (http://www.aporrea.org/ideologia/a167599.html)

En primer lugar, usted habla de un “pensamiento económico único”. En el anexo B de la Versión 4 (que aparece en Aporrea, http://www.aporrea.org/ideologia/a164449.html), explicamos con detalle que ciertamente hay un consenso muy fuerte entre la mayor parte de los economistas del mundo sobre algunas cosas macroeconómicas básicas. Ahí caen los modernos keynesianos, los neoclásicos  y los marxistas (Marx era un economista clásico). Es cierto que el equipo económico de nuestro gobierno no está en esa “doctrina única”. Pero lo invitamos a concurrir con nosotros en que ese no es ningún mérito: de hecho, las únicas excepciones  al consenso son los keynesianos simples, en un extremo, y los neoliberales, en el otro. Increíblemente, nuestra política económica no solo ha adoptado uno de estos extremos: los ha adoptado los dos. Ha sido keynesiana simple en la práctica, al actuar como si creyera que un aumento del gasto, con incrementos de dinero acompañándolo, siempre es expansiva del producto, independientemente de las condiciones macroeconómicas. Y ha sido neoliberal porque en el ciclo económico ha adoptado la política procíclica. Esas son dos cosas muy básicas del consenso, pues hasta una hormiga sabe que en tiempos buenos tiene que ahorrar, y en tiempos malos, vivir de lo que ha guardado en la cueva. Por lo tanto, una hormiga también es parte del consenso, pero no del consenso de Washington, como se ve claro ahora, sino del consenso de la sensatez natural. Lo otro, es que no siempre un incremento del gasto produce desarrollo económico. En particular, si ese gasto se financia con papel moneda, como ha hecho el gobierno en los últimos años de manera abusiva, y en unas condiciones macroeconómicas como las que se han impulsado, los resultados son catastróficos, como Simón Bolívar describió entre las causas de la caída de la Primera República. ¿No le parece que defender la política neoliberal e irracional en lo macroeconómico de nuestro gobierno, y descalificar al resto de los economistas, por estar todos ellos en contra de esto, de neoliberales, monetaristas, defensores de la doctrina del FMI, del consenso de Washington, quinta columna ideológica, etc., no es ni justo, ni acertado,  ni conveniente? Está demás decir que, más allá de los consensos mencionados en estos dos puntos de la economía, hay todas las fuertes disputas ideológicas que conocemos. No se trata de meras “pequeñas diferencias”, como dice usted.

Lo segundo es que usted implica que el documento está de acuerdo con una devaluación, sin más ni más. Eso es una percepción equivocada, y debimos explicarla mejor para evitarlo. La paridad monetaria del país frente al exterior depende de factores fundamentales de la economía, explicados en el documento, y no de un capricho de un diseñador de política económica. Claro que se puede jugar con ese factor para desarrollar la industria nacional, como lo han hecho prácticamente todos los países  del mundo directa o indirectamente (por ejemplo a través de tarifas de importación a los rubros cuyas industrias se quieren impulsar), incluyendo desarrollados y no desarrollados. Así que por favor no defienda una sobrevaluación artificial sin más ni más, en el entendido de que eso favorece el control de la inflación. Eso tampoco es cierto, y lo explicamos mejor en la nueva versión. Allí abundamos con cuidado sobre las causas de la inflación, que han tenido muy poco que ver con las devaluaciones. Más bien al revés: la inflación es uno de los factores que ha causado la devaluación inevitable que hemos estado viendo en estos últimos meses: no ha sido una política proactiva del gobierno, sino una medida adaptativa a las circunstancias que lo han arropado (aunque es verdad que la ocasión para hacerlo fue terrible como estrategia electoral), y que describimos en el documento como un signo de alerta roja, de peligro inminente para la revolución.

De hecho, si observamos con cuidado, nosotros no defendemos en ningún lado en el documento que hay que devaluar para desarrollarnos, como usted parece implicar. Lo que sí decimos es que sobrevaluarnos artificialmente perjudica el desarrollo. Esto es como si usted tuviera un negocio que vende una arepa de caraotas por 40 bolívares. Si su vecino también vende arepas, y las de caraotas cuestan 30 al consumidor, incluso su propio hijo, al que usted le da una mensualidad para sus gastos de alimentación, irá a comprar las de su vecino (va a “importar”, porque es más barato “comprar a fuera”). Por mucha prohibición legal que usted le imponga, de “reglas de la casa”, su hijo no va a estar conforme, por la sencilla razón de que una arepa al día en su negocio le cuesta 300 bolívares adicionales al mes, y esto resta mucho dinero a su mensualidad. Si sus arepas siguen subiendo de precio, y llegan a 50, con mucho más razón su hijo tratará  de comprar a su vecino. Y esto forma parte también del “consenso”  entre los economistas. Pero no por neoliberales, sino por sensatos. En esto último el consenso es absolutamente total, por cierto. Si los economistas de la MUD opinan así, pues mejor para ellos; y que coincidamos en esto solo muestra que ambos sabemos de macroeconomía básica, no que nosotros somos contrarrevolucionarios, como esperamos que vea claro ahora. Así que alguien podría decir que el equipo económico es mundialmente especial en esto. Ciertamente. Pero no por algo bueno, sino para perjudicar a su familia, actuando para ello de manera completamente irracional, perjudicando a su aparato productivo sin ninguna necesidad, mucho menos para llamarse “socialista”, o para alardear de que se sabe tanto de economía que está en contra de todos quienes tienen a esa ciencia como su profesión, y saben de ella, sean economistas revolucionarios o no.

Ya que estamos hablando de la propia “familia”, hablemos del sector privado productivo. Ciertamente es nuestra familia. No nuestros hermanos, quizá, pero sí nuestros primos lejanos, enemistados con nosotros, por decirlo así. De hecho, si trastocamos todo el aparato productivo capitalista de nuestro país, lo invitamos a preguntarnos quién saldría perjudicado con esto. ¿Solo los capitalistas? ¿O también nuestro pueblo, por un lado, que no tendría productos internos que comprar y solo podría importar, y nuestros trabajadores, por el otro, que no tendrían donde trabajar sino solo en el sector público disminuido a la mitad (pues cerca de la mitad de su ingreso viene de impuestos a ese sector privado)? Contestar este pregunta adecuadamente no es más que comprender porqué el Comandante Chávez le dio un papel importante al mercado y al sector privado en el Plan Patria: no tanto porque se preocupaba por sus primos (de quienes  realmente se preocupaba como Presidente de todos los venezolanos, como nosotros deberíamos también  hacerlo), sino por sus hermanos y sus hijos.

Lo que pedimos, camarada Lazo,  es inteligencia para tratar con el sector privado. Si el hijo de tu primo le dice a tu hijo una grosería, entonces, cegado por la ira, tú no deberías  ir a golpearlo por eso, pues entonces no vas a poder dejar que tu hijo vaya a la escuela, o juegue en la calle con sus amigos, pues siempre estará expuesto a una retaliación por parte de tu primo, y habrías perjudicado a tu hijo, en vez de ayudado, con tu actitud irreflexiva. Hay que ser estratégicos, y no simplemente “atacar al enemigo, que ha mostrado signos de que lo es, pues así demuestro que defiendo mis intereses, ya que estamos en una guerra”. Eso es lo que queríamos transmitir en el documento sobre este tema, pero evidentemente hemos fallado.

Por eso es que proponemos ahí conversaciones con el sector privado, pero solo sobre “reglas de juego de combate”. Hay que reconocer que hay una guerra. Eso sin duda, camarada Lazo. Pero debe conversarse sobre las reglas de combate con el enemigo, como en cualquier guerra inteligente. De hecho, quienes más necesitamos esas conversaciones, para aprender sobre esas reglas y así poder defender apropiadamente a nuestros soldados, somos nosotros:  Si no respetamos esas reglas, puede que perjudiquemos al enemigo derrotándolo en una batalla, pero salimos perdiendo la guerra, no ganándola, pues perjudicamos a los consumidores y a los trabajadores, como se expone con más detalle en la nueva versión. Pero hay una guerra, y no estamos de acuerdo con conversar con el enemigo para ceder un terreno en disputa, solo “para que se quede calmado”, y para que “nos reconozca como contendor”. No proponemos seguir con las dádivas de la renta petrolera a las empresas sanguijuela, como en la Cuarta República. Simplemente porque ellos no se quedarán contentos con eso: querrán siempre más, y la paz será  ficticia, como exponemos en el documento. Las conversaciones que se han anunciado, y las medidas de inyección de dólares e importaciones baratas por el gobierno, sin cambiar las políticas, son unos pañitos calientes que no van a cambiar nada, y solo van a prolongar la caída y agravar el peligro de colapso total. Eso lo saben los analistas de la oposición política, y por eso están actuando así, y hasta Colombia se les está uniendo.

Ahora bien, relacionado con esto, usted parece implicar que como estamos en una guerra, hay que responder, en lo económico, como el gobierno ha respondido hasta ahora.  El argumento común es que las nacionalizaciones generalizadas, el aumento desmesurado del tamaño del estado central,  y la política macroeconómica respondieron a una “estrategia socialista” y “de defensa”. Con esto se ha demostrado que no se cree en el verdadero socialismo como la única estrategia efectiva frente a esta guerra, además de que se muestra ignorancia supina en materia macroeconómica. La propiedad y la gestión de empresas desde el estado central no es socialismo: eso es capitalismo de estado. No sé si alguien a estas alturas de la historia va a defender los fracasos evidentes de este tipo de empresas (excluyendo las estratégicas, pero mejor diseñadas, pues es un “mal necesario”). De hecho, es esto lo que han usado los ideólogos de la derecha para “demostrar” que el “socialismo” es un fracaso en lo económico. Tienen razón en que esas empresas son un fracaso. Lo que sí es falso es que eso sea socialismo: la lucha de clases no se elimina, pues los trabajadores de esas empresas ven al estado como patrón, que los explota (aunque menos que un dueño individual, y por eso prefieren al estado, que por su parte no los controla casi), y este ve a los trabajadores como objeto de ataques “para que sean más eficientes” y “representen honestamente a todos los venezolanos, que son el soberano”, pero sin efectividad para controlarlos como lo haría un capitalista.

En lo productivo, por el contrario, el socialismo está representado por las empresas cooperativas, y las de producción social. Si hacemos un ranqueo necesario en esta discusión, las empresas socialistas son las más eficientes, luego las capitalistas, y de último, de lejos, las del capitalismo de estado. Hay quienes se llaman revolucionarios y  no han entendido todavía esto de que las empresas socialistas son las más eficientes en producción, y no se dan cuenta de que el tremendo fracaso de este tipo de empresas refleja, no que el socialismo no sirve, sino que las condiciones macroeconómicas las han arrasado, de la misma manera que han perjudicado a las empresas capitalistas. Lo que proponemos son esas medidas de consenso macroeconómico citadas arriba, para permitir que las empresas que estamos impulsando, las socialistas, demuestren en el terreno de juego, en la guerra que no se puede ocultar, ni obviar, que son mejores. Si no creemos en el socialismo sí que estamos mal en esta guerra, pues ni siquiera vamos a ir al combate, y vamos a perder por ausencia, por “forfeit”, como cuando uno de los equipos de béisbol no se presenta al estadio por culpa del manager, y este, para justificar su derrota ante los jugadores y ante sus fanáticos, dice que el equipo contrario “era muy malintencionado”.

En segundo lugar, en lo político, el crecimiento del estado central tampoco es socialismo, sobre todo en nuestro país, donde ese aparato se engendró como un monstruo y de desarrolló  como un dragón con siete cabezas para usufructuar de manera corrupta la renta petrolera. Por mucho esfuerzo que se haga desde arriba, la corrupción y la ineficiencia no van a cesar, y si hacemos crecer ese estado, lo que va a ocurrir es que esos males congénitos más bien van a aumentar. Es lo que estamos viendo con las misiones, por ejemplo los Mercales y Pdvales. La derecha ha criticado los crecientes niveles de corrupción e ineficiencia en esta materia también, además de la debacle productiva. También han tenido razón, pues a nadie se le puede ocultar esto, y mucho menos al pueblo, que está ya al borde del enojo y el desencanto. Pero en lo que tampoco está acertada la derecha en este caso es en que eso es socialismo. Socialismo es poder popular, democracia directa, participativa, no democracia representativa.

Lo que usted describe como algo bueno, lo de la inversión social, lo de las misiones, lo es ciertamente: pero eso no es socialismo, sino simplemente que el Comandante Chávez básicamente les quitó la renta petrolera a los ricos, y se la dio a los pobres, que en sí mismo es una gesta digna de un guerrero único enfrentando solo con una espada y un escudo a un dragón mortífero como el descrito. Pero realmente eso, un estado benefactor, sin que se cambien las relaciones de clase, en lo productivo, y en la gestión pública, no es socialismo, y no por casualidad el Comandante, en sus últimos días, habló  de que lo que faltaba por hacer, con suma urgencia, y con regaños públicos a Nicolás, era el Golpe de Timón, so pena de que la revolución simplemente se nos desmorone ahora, después de tanto esfuerzo del guerrero, aupado, aunque un poco desde lejos, por su pueblo oprimido por el monstruo. Se daba cuenta de que solo su espada no podía matar definitivamente a la malévola criatura.

Las comunas, como lo pensó en sus últimos días con mucha fuerza ese guerrero visionario, sí que son eficientes para controlar la corrupción, y mejorar la eficiencia en la gestión de la administración de asuntos públicos. De nuevo, hay “revolucionarios”  que dudan de esto, y que defienden en la práctica el crecimiento del tamaño del estado central, y las nacionalizaciones como las descritas, como socialismo, y que atacan a las comunas “porque son corruptas”, porque “obedecen a la misma cultura, que es la que hay que cambiar”, que “lo que hacen falta son cursos de formación ideológica antes de darles el poder”, sin darse cuenta de que quienes necesitan cursos ideológicos son ellos. Pero esos “revolucionarios” no pueden defender al dragón del  estado central corrupto-corruptor frente a la derecha, sencillamente porque no es defendible: esto es un desastre.

Así que lo que proponemos en el documento no es desconocer que hay una guerra. Antes bien, lo que defendemos es que la mejor respuesta, antes y ahora, a esa guerra, es el socialismo, no el capitalismo de estado. No se puede usar, pues, la guerra como pretexto para no avanzar hacia el socialismo. Y no se puede usar la defensa del “socialismo” descrito como justificación de nuestras políticas económicas ante una guerra sin cuartel del imperialismo y la burguesía entreguista y parasitaria. Si se hace, se está  defendiendo al enemigo, desde una trinchera aparentemente propia. Eso sí que es quinta columna ideológica. No por intención, claro, sino por ignorancia. Lo peor no es que haya defensores a lo que hace el equipo económico. Lo terrible es que el gobierno lo crea, y haya decidido dar continuidad a la política económica que se deriva de esa doctrina. Y como consecuencia de esa quinta columna ideológica y de política económica ya estamos en un precipicio, al borde del abismo, que el gobierno se niega a reconocer, al parecer, sobre todo “porque lo dicen los economistas de la MUD”, o “los quinta columna que coinciden con ellos”.  Y no estamos para eso en los tiempos que corren, camarada Lazo, y todo el pueblo que nos lee.

En resumen: tiene toda la razón en que coincidimos con la derecha en que las empresas nacionalizadas, como se ha hecho, son un fracaso, como lo han sido en la gran mayoría de los países “socialistas” históricos, que por eso fracasaron. También tiene razón en que coincidimos con la derecha en que el estado central es corrupto, aún si se trata de objetivos nobles como el de las misiones, como lo ha sido el estado en los países “socialistas” fracasados. Y también tiene razón en que el equipo económico, por su práctica, está contra la derecha en estas dos cosas. Pero fíjese bien: no por estar en contra de la derecha están a favor del socialismo. Al contrario, no solo no están a favor, sino que lo desprestigian, pues en eso la derecha tiene absolutamente toda la razón. Pero la respuesta contra la derecha no es seguir defendiendo eso. Eso es ser en la práctica quinta columna contra el pueblo.  Llegó, pues,  la hora de las definiciones, de ver la cruda realidad, y de las clarificaciones, de la verdad. No de las descalificaciones solo porque se critica lo que se ha hecho, y se proponen cambios que usen un diagnóstico correcto en lo político, en lo productivo, y en lo macroeconómico. El diagnóstico sobre la coyuntura económica entre los economistas de la MUD y nosotros puede coincidir en muchos puntos, porque son cifras objetivas e innegables, de fuentes como el BCV y la Cepal, que evidencian el fracaso del capitalismo de estado. Además, coinciden con nosotros en una doctrina común macroeconómica básica que es sensata. Pero la propuesta es diametralmente opuesta, pues la nuestra, ante el capitalismo de estado y la irracionalidad macroeconómica, es la del socialismo y la transición al comunismo, por un lado, y la sensatez macroeconómica, por otro, no la del neoliberalismo (ni en su versión “fuerte”, ni en su versión “suave”, pues hay que reconocer que estos últimos son más sensatos en materia de ciclos macroeconómicos, a diferencia de nuestro equipo económico)

Ciertamente sus afirmaciones se deben a que no explicamos suficientemente nuestra posición, por lo cual queremos enmendar esa falla con la versión citada. Si hay algo que no esté  claro todavía, o a lo cual usted se opone por razones teóricas, o por evidencia empírica, por favor háganoslo saber, que trataremos de enmendar si hemos fallado, o diremos nuestra opinión argumentada si estamos en desacuerdo, y esperamos que en algún momento hagamos frente común, pues creemos que el objetivo que nos anima en lo profundo es el mismo. En todo caso, con el epíteto de “quinta columna ideológica”, usted nos ha calificado de algo mucho peor que de traidores. Un quinta columna es alguien que representa al bando contrario en una guerra, y que está infiltrado en las filas propias. Por otro lado, un traidor es alguien que se confesaba soldado del bando propio, y salta la talanquera para apoyar al contrario. Pero si ese soldado traidor, además empieza a trabajar para el enemigo como infiltrado en las filas de su propia familia, entonces es algo mucho peor que un traidor. Si encima de eso la infiltración es ideológica, entonces eso agrega un grado adicional muy mortífero al daño, que ya es bastante, pues se usan instrumentos de propaganda engañosa para inducir a los soldados propios (y al comando propio), para que en la práctica hagan lo que le conviene al enemigo. Nos gustaría saber si todavía piensa que somos “bolivarianos quinta columna”, camarada Lazo.

Hemos observado en muchos lugares la calumnia, la difamación, la injuria, el desprecio, la descalificación, la censura, la intolerancia, el bloqueo para trabajar en varias instituciones del estado a partir de la filtración de nuestro documento, de algún miembro del equipo redactor, además de ser usado contra otros compañeros críticos. Nos preguntamos si a eso no lo llama usted quinta columna ideológica. Nos preguntamos si el ofender personalmente a un grupo de compañeros, por muy opuestos que estén a nuestras opiniones sigue el mandato de Chávez de la unidad (la ofensa personal genera contraataques, y una espiral que termina en división, y nosotros no queremos caer en ese hueco negro). Y si, como parte de las tres R, y del Golpe de Timón no se permite la crítica, sino que se impone como “requisito, para ser revolucionario” el estar de acuerdo con el gobierno, aún si se equivoca, y nos está llevando al abismo. ¿No le suena esto a una reacción natural del Capitalismo de estado defendiéndose a sí mismo, y desprestigiando el nombre del socialismo en todos los terrenos, no solo el productivo y el de gestión administrativa, sino el ideológico de supresión forzada de la crítica? ¿Defienden estos al pueblo, y al legado del guerrero que murió en las garras de ese mismo dragón, aliado con los dragones del imperio, dando su vida por ese pueblo que ahora clama por un verdadero cambio? ¿O defienden realmente al  dragón, porque se han identificado ya con él, sea por corruptos, o por ignorantes? La historia en estos momentos no admite equivocaciones o indiferencias, como lo decía Bolívar en su gesta independentista, que hoy resucita a la vida. Hay que definirse por un bando, pues la guerra de las ideas, no de las personas, a quienes debemos comprender independientemente de sus errores,  es a muerte. Porque es la guerra por la Vida.



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Equipo redactor de “¿Qué hacer?”

Economista. Coordinador del Movimiento Libertadores. Ex-ministro de Planificación y Desarrollo.

 felipeperezmarti@gmail.com      @Sabiens

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