Entrevistando imaginariamente a Marx sobre lo tratado en:

El capítulo I del Tomo II de “El Capital” (II)

¿Qué es lo que hace que la operación dinero-mercancía represente al mismo tiempo una etapa funcionalmente determinada del ciclo independiente de un capital individual?

D — M  representa la inversión de una suma de dinero en una suma de mercancías: para el comprador, la conversión de su dinero en mercancías; para el vendedor, la conversión de sus mercancías en dinero. Lo que hace que esta operación, que forma parte de la circulación general de mercancías represente al mismo tiempo una etapa funcionalmente determinada del ciclo independiente de un capital individual, no es la forma de la operación, sino su contenido material, el carácter específico de uso de las mercancías que pasan a ocupar el lugar del dinero. Estas mercancías son, de una parte, medios de producción, de otra fuerza de trabajo; es decir, los factores materiales y personales de la producción de mercancías, cuyo carácter específico tiene que corresponder, naturalmente, a la clase de artículos que se trata de producir. Si llamamos a la fuerza de trabajo T y a los medios de producción Mp, tendremos que la suma de mercancías que se compra es igual a T+M; D — M, si analizamos su contenido, se desdobla en D-T y D-Mp; la suma de dinero D se divide en dos partes: una de ellas se destina a comprar fuerza de trabajo, la otra a comprar medios de producción. Estas dos series de compradores actúan en dos mercados completamente distintos: una, en el mercado de mercancías en el que se invierte D, la fórmuía D=T+Mp expresa, además, una relación cuantitativa altamente característica.

Sabemos que el valor o precio de la fuerza de trabajo se le paga a su poseedor, a quien la ofrece en venta como mercancía, en forma de salario, es decir, como el precio correspondiente a una suma de trabajo que encierra, además, trabajo sobrante; de modo que si, por ejemplo, el valor de un día de fuerza de trabajo equivale a 3 marcos, producto de cinco horas de trabajo, en el contrato celebrado entre comprador y vendedor éste figurará como el precio o salario de diez horas de trabajo, supongamos. Si se contratan, por ejemplo, 50 obreros en idénticas condiciones, resultará que todos ellos juntos deberán suministrar diariamente al comprador 500 horas de trabajo, la mitad de las cuales, o sean, 250 horas de trabajo — 25 jornadas de trabajo de diez horas, consiste exclusivamente, según la hipótesis de que partimos, en trabajo sobrante. La cantidad y el volumen de los medios de producción que se compren deberán ser suficientes para poder emplear esta masa de trabajo.

Por tanto, la fórmula D — M(T+Mp) no expresa solamente la proporción cualitativa según la cual una determinada suma de dinero, por ejemplo 422 libras esterlinas, se invierte en determinados medios de producción y en la fuerza de trabajo que a ellos corresponde, y viceversa, sino también la proporción cuantitativa entre la parte del dinero invertida en fuerza de trabajo (T) y la parte invertida en medios de producción (Mp), proporción que responde de antemano a la suma de trabajo excedente que un determinado 
número de obreros debe rendir.

Así, por ejemplo, si en una fábrica de hilados el salario semanal de 50 obreros es de 50 libras esterlinas, habrá que invertir en medios de producción 372 libras, suponiendo que sea éste el valor de los medios de producción que convierta en hilo un trabajo semanal de 3,000 horas, 1,500 de las cuales representan trabajo excedente.

Por ahora, no interesa para nada saber hasta qué punto la aplicación del trabajo excedente arroje, en diversas ramas industriales, un suplemento de valor en forma de medios de producción. Lo que interesa es que la parte del dinero invertida en medios de producción -los medios de producción comprados, en la fórmula D — Mp- sea, bajo cualesquiera circunstancias, suficiente; es decir, esté bien calculada de antemano y se movilice en la proporción adecuada. Dicho de otro modo, la masa de los medios de producción debe bastar para absorber la masa de trabajo, para que ésta pueda transformarla en producto. Si no contase con medios de producción suficientes el comprador, no tendría a qué dedicar el trabajo excedente de que dispone; su derecho a disponer de este trabajo no le servirá de nada. Y, por el contrario, si existiesen más medios de producción que trabajo disponible, el trabajo no los absorbería y, por tanto, no se transformarían en producto.

Una vez que se realiza la operación D — M(T+Mp), el comprador no dispone solamente de los medios de producción y de la fuerza de trabajo para producir un artículo útil, sino que dispone, además, de un caudal de fuerza de trabajo, de una cantidad de trabajo mayor de la que necesita para reponer el valor de la fuerza de trabajo, y al mismo tiempo de los medios de producción indispensables para realizar o materializar esta suma de trabajo: dispone, por tanto, de los factores necesarios para producir artículos de un valor superior al de sus elementos de producción, o sea, una masa de mercancías que encierran una plusvalía.  El valor desembolsado por él en forma de dinero reviste ahora, por tanto, una forma natural que le permite realizarse como valor preñado de plusvalía (en forma de mercancías). Dicho en otros términos, aparece en el estado o bajo la forma de capital productivo, de capital dotado de la propiedad de crear valor y plusvalía. Al capital que adopta esta forma lo llamamos P.

El valor de P es igual al valor de T + Mp= D invertido en T y Mp. D representa el mismo valor-capital que P, aunque bajo una modalidad distinta, a saber: la de valor-capital en dinero o en forma de dinero, la de capital-dinero.

Por tanto, la operación de la circulación general de mercancías que empleamos en la fórmula D — M(T+Mp) ,  o, empleando la forma general, D — M, suma de compras de mercancías es, al mismo tiempo, como fase del proceso cíclico independiente del capital, la transformación del valor del capital de su forma-dinero en su forma productiva o, más concisamente, la conversión del capital-dinero en capital productivo. Por consiguiente, en la fase del ciclo que ahora estamos examinando, el dinero aparece como primer exponente del valor del capital y, por tanto, el capital-dinero como la forma en que el capital se desembolsa.

Como capital-dinero, reviste una forma que le permite realizar las funciones del dinero, que son, en el caso a que nos referimos, las funciones de medio general de compra y de medio general de pago. (Esta última en la medida en que la fuerza de trabajo, aunque comprada de antemano, sólo se paga después de emplearse. Cuando los medios de producción en el mercado no existen ya dispuestos para ser aplicados, sino que hay que encargarlos, el dinero funciona también, en la forma D — Mp, como medio de pago.) Esta propiedad no proviene del hecho de que el capital-dinero sea capital, sino del hecho de ser dinero.

De otra parte, el valor del capital en forma de dinero sólo puede desempeñar las funciones propias del dinero; exclusivamente éstas. Lo que convierte a estas funciones del dinero en funciones de capital es el papel concreto que desempeñen en el proceso del capital y también, por tanto, la concatenación de la fase en que aparecen con las demás fases de su ciclo. Así, por ejemplo, en el caso a que nos estamos refiriendo, el dinero se invierte en mercancías cuya combinación constituye la forma natural del capital productivo y que, por tanto, encierra ya de un modo latente, es decir, en cuanto a la posibilidad, el resultado del proceso capitalista de producción.

Una parte del dinero que en la fórmula D — M(T+Mp) realiza la función de capital-dinero pasa a desempeñar, al efectuarse esta misma circulación, una función en la que su carácter de capital desaparece, quedando en pie su carácter de dinero. La circulación del capital-dinero D se descompone en D — Mp y D — T, en compra de medios de producción y compra de fuerza de trabajo. Examinemos concretamente la última operación. D — T es la compra de la fuerza de trabajo por el capitalista y la venta de la fuerza dé trabajo —aquí, podemos decir la venta del trabajo, puesto que se presupone la forma del salario— por el obrero que la aporta. Lo que es para el comprador D — M (= D— T) es aquí, como en toda compra, para el vendedor (para el obrero) T — D (= M — D), la venta de su fuerza de trabajo. Es la primera fase de la circulación o primera metamorfosis de la mercancía (libro I, cap. III, 2 a), por parte del vendedor del trabajo, la conversión de su mercancía en la forma-dinero. El dinero así obtenido lo va invirtiendo el obrero, poco a poco, en una suma de mercancías destinadas a satisfacer sus necesidades, en artículos de consumo. Por tan.to, la circulación global de su mercancía reviste la fórmula T—D — M; es decir, en primer lugar T — D (= M — D) y en segundo lugar D — M; es decir, en primer lugar T – D (=M – D) y en segundo lugar D – M; o sea, la forma general de la circulación simple de mercancías M\— D — M, en la que el dinero figura como simple medio transitorio de circulación, como mero intermediario en el cambio de una mercancía por otra.

D — T es la fase característica de Ia conversión del capital-dinero en capital productivo, ya que constituye la condición esencial para que el capital desembolsado en forma de dinero se convierta realmente en capital, en valor creador de plusvalía. D — Mp no tiene más finalidad que facilitar la realización de la masa de trabajo comprada por medio de D — T. Por tanto, desde este punto de vista, la fórmula D—T fue expuesta en el libro I, sección II: transformación del dinero en capital, [pp. 103-129]. Aquí, debemos examinar el problema desde otro punto de vista, refiriéndonos especialmente al capital-dinero como forma de manifestarse el capital.



 
 
 


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Nicolás Urdaneta Núñez


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