Parcialidad implícita

Preste atención a este acertijo: "un padre y un hijo viajan en coche. Repentinamente, tienen un accidente grave. El padre muere; se traslada al hijo al hospital porque necesita una compleja operación de emergencia. Se llama entonces a una eminencia médica. Cuando llega para atender al paciente exclama: ¡no puedo operarlo; es mi hijo!" ¿Cómo se explica esto? Si lo sabe no lo diga; más adelante podrá discutirlo. Si no, reflexione. Merece la pena tomarse el tiempo necesario para resolverlo. Una vez obtenida su respuesta, siga adelante.

Es posible que se le hayan ocurrido varias respuestas, de entre las cuales, algunas pudieron ser astutas e inteligentes: "no puede ser", "no tengo ni idea", "el padre es el médico y el padre que murió es un sacerdote", "es su hijo adoptivo", "es imposible porque el padre está muerto", "es un padre y no necesariamente el padre del hijo que estaba ahí." Si en estas opciones, o en otras parecidas, no estuvo la suya, quizá pertenezca a esa minoría que dio la respuesta correcta (además de la más sencilla): "la eminencia médica es la mamá." ¿Por qué no se le ocurrió a la mayoría?

De acuerdo con los estudios realizados por la Universidad de Boston, el centro Equality Challenge Unit, la Universidad de Yale, la Association of American Medical Colleges y la Universidad de Boston (2012- 2016), mismos que fueron condensados en un reportaje elaborado por la BBC Mundo en el 2018, con la reportera Inma Gil como ponente, esto ocurre por lo siguiente:

"Cuando somos niños, nuestro cerebro inconsciente aprende de lo que nos rodea y establece conexiones neuronales entre distintos conceptos, en este caso, entre ser un hombre y ser una eminencia médica. Esas relaciones, aunque tienen un origen cultural, se vuelven parte de un proceso automático que nos acompaña toda la vida, por eso, hasta las personas más feministas pueden dudar a la hora de tratar de resolver este acertijo, porque nuestro cerebro inconsciente puede contradecir los valores en los que firmemente creemos, como la igualdad de género."

Si no pensó que la eminencia médica era una mujer, en este caso, la mamá, es una situación corriente que opera indistintamente tanto en hombres como en mujeres sin importar su ideología: lo que sucede se llama "parcialidad implícita". Cabe mencionar que, para que el acertijo funcione, tiene que establecer como premisa fundamental que los padres son un hombre y una mujer. Concédase esto por ahora; de lo contrario, otra posibilidad sería, "el hijo tiene dos padres hombres"; opción que ni siquiera fue tomada en cuenta en el estudio, lo que abre la discusión en otra dirección. Volvamos al punto.

Esta parcialidad, que de inicio destruye lo que el ser humano es o podría llegar a ser, afecta los distintos niveles de la vida cotidiana a la que nos enfrentamos para sobrevivir. Desde que nacemos,

todo el contexto en el que nos desenvolvemos nos enseña "cómo debemos comprender el mundo". Esta es la razón por la que el cerebro establece conexiones neuronales entre diferentes conceptos de una forma que nos resulta indubitable: cambios hormonales/mujer; libido/hombre; recepcionista/mujer; escritor/hombre; venus/mujer; filosofía/hombre; senos/mujer; vikingo/hombre (nuevas investigaciones confirman la existencia de guerreras vikingo; los hombres también tienen senos).

De acuerdo con la psicóloga Deborah Belle de la Universidad de Boston, "la vigilancia eterna es la única solución" para reequilibrar los sesgos de género. Parece una puntada interesante: ¿cómo reordenar las conexiones neuronales que el cerebro antaño ha establecido entre los diferentes conceptos? La atención plena en lo que pensamos, hacemos, así como en lo que decimos, podría funcionar como un antídoto certero ante el bombardeo cultural del que somos víctimas y que responde a intereses irrefrenables de dominación, política, economía y religión, entre otros. Al comprender que los individuos somos tanto receptores como creadores de la cultura, se tiene la responsabilidad de modificar aquello que destruye la verdadera naturaleza humana; una que si bien se está lejos de "definir", se configura por todo aquello que de sí es humano, sin roles ni etiquetas impuestas artificialmente.

Piense en la Prehistoria: ¿a quiénes visualiza cuando alude a la manufactura de las pinturas rupestres del Paleolítico?, ¿a quiénes se imagina, irrebatiblemente, dibujándolas dentro de las cuevas semi iluminadas por "arcaicas" antorchas? Sean el Neandertal o el Homo sapiens sapiens sus creadores (como ya cuestionan los descubrimientos científicos), se evocan sujetos masculinos: las representaciones que hacen alusión a este momento histórico (y a un sinnúmero de otros), establecen a los hombres – por parcialidad implícita – como los hacedores y no a las mujeres, por regla prácticamente universal. ¿Qué lo justifica?

Este golpazo a puño cerrado, fue provocado por el arqueólogo estadounidense Dean Snow, de la Universidad Estatal de Pensilvania, cuando analizó las huellas de las manos encontradas en diversas cuevas de Francia y España, descubriendo con ello que el 75% de éstas eran femeninas. Snow sustentó su estudio en la investigación del biólogo británico John Manning, a propósito de la longitud relativa de los dedos de las manos en ambos géneros, llegando a la conclusión de que tienen rasgos netamente diferenciables entre sí, lo que permite distinguir el género de los autores. Desde luego, de ello no se sigue que todas las pinturas rupestres fueron creadas por sujetos del cromosoma XX; sin embargo, ¿no es ya una fuerte sacudida, para el conjunto de representaciones establecidas que poseemos respecto a cómo ha sido y cómo es el mundo, que sus huellas hayan sido identificadas en las mundialmente reconocidas representaciones paleolíticas?

 

mona.conmetta@gmail.com



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