La gloria inmarcesible de Robert

Las revoluciones son impredecibles, sabemos cuándo y quienes la comienzan pero es imposible saber cuándo, ni cómo y quienes la terminan, quizás, porque nunca culminan. Por ser una actuación de muchas personas los cambios políticos que ocurren en un proceso de este tenor, con el tiempo aparecerán nuevos revolucionarios y a ciencia cierta, desaparecerán quienes la emprendieron. La Revolución Bolivariana es un caso atípico dentro de lo que se concibe en este tipo de sacudidas. Tal vez, por tratarse de una revolución pacífica donde una mayoría de venezolanos han sido protagonista de palmarias transformaciones a través de numerosos actos de votación, en los cuales siempre salió victorioso el chavismo es decir, el pueblo.

Lamentablemente por ser nuestra revolución pacífica, no ha sido ajena de los embates de sus enemigos ubicados en la oligarquía parásita venezolana y entre los agentes internacionales que buscan apoderarse de las riquezas de nuestro país. No soy capaz de acusar a nadie pero no creo que en política, y más en donde hay tanto intereses en juego, germinen tantas coincidencias. Si hacemos una estadística luctuosa de los líderes y amigos de la Revolución Bolivariana hasta estos momentos difuntos, nos sorprenderemos: Danilo Anderson, Lina Ron, Luis Tascón, el general Müller Rojas, Clodosbaldo Russián, Willlian Lara, Carlos Escarrá, sin dejar de lado el extraño fallecimiento de mi comandante Hugo Chávez Frías.

Hoy nos conmueve el tétrico crimen del joven y vehemente diputado Robert Serra, ultimado junto a su compañera de la forma más vil y perpetrado por unos sujetos faltos de la más nimia compasión de un ser humano. El núbil abogado era una promesa como profesional y como político y posiblemente, por estas razones estuvo en la mira de la canalla derechista temerosa de que la Revolución Bolivariana permanezca incólume por una eternidad en el pensamiento de millones de venezolanos.

La obra de Robert Serra en la Asamblea Nacional se caracterizó por la vehemencia de su verbo. Sus palabras eran explosivas que retumbaban en los oídos de los diputados opositores, representantes de la oligarquía vividora. Se convirtió en el vocero de millones de venezolanos quienes creyeron en los designios de mi comandante Chávez. Su mensaje era de tono efectistas, de retórica enfática y grandilocuente. En su corta vida nos reveló un temperamento impresionante, pletórico de ideas y de altruistas sentimientos, evidenciado con su paso triunfal por las caminatas por diversos barrios caraqueños, que él digna y gallardamente representó en la AN. Su exuberante facundia, sus enfrentamientos retóricos arruinaba con facilidad y con profusión dialéctica, las críticas que los opositores le hacían al Plan de la Patria, primero a mi comandante Chávez y actualmente al presidente chavista MM. Robert es hijo de la Revolución Bolivariana, producto de la doctrina del Árbol de las Tres Raíces, una idea convertida en un accionar por el inmortal Hugo.

Cuando observaba y escuchaba a Robert con detenimiento pensaba en los próceres de nuestra independencia que la mayoría de ellos, formados en los fragores de la lucha en los campos de batalla, no llegaban a los treinta años; Antonio José de Sucre a los veintiséis años era un brioso y experimentado general. Así se forjó la juventud de aquella época. Hoy al igual que aquel período estamos viviendo aciagos momentos liberadores y Serra era uno de los más dignos protagonistas que creía ciegamente en el porvenir de una patria digna. Por las razones anteriores la gloria de este joven político permanecerá inmarcesible, no se marchitará, nadie la borrará, porque la juventud actual y la que viene tomará la bandera que nunca cayó de las manos del joven político marabino.

No descuidemos la revolución ni a los revolucionarios. La oligarquía parásita y las transnacionales de la energía y de las finanzas están al asecho. No hay guerras civiles, ni mundiales, ni económicas, ni silenciosas, ni nada que se estile, lo único que existe es simplemente ¡la guerra! con diferentes modalidades. Y tal como afirmé en mi libro “Antología de la estupidez”: La guerra es la invención más estúpida del hombre.

Honor y gloria a Robert Serra y a su compañera María Herrera.


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Enoc Sánchez


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