El futuro humano frente al algoritmo capitalista

El lucro o la tasa de ganancia que marca el progreso empresarial en el mundo contemporáneo ha tocado niveles que superan con creces (dos o tres veces) los presupuestos anuales juntos de varias naciones, a un punto que los propietarios de las grandes corporaciones transnacionales ya quieren decidir, por su cuenta y de acuerdo a sus intereses económicos, el futuro humano y quiénes tendrían la oportunidad de vivirlo. La lógica darwinista o, también, malthusiana, del capitalismo moderno tiende a imponerse de cualquier forma a los intereses y a las necesidades de las mayorías, independientemente de si estos se hallan amparados por las legislaciones vigentes. En este caso, hablando del auge e impacto generado por la tecnología robótica e informática, con la llamada Inteligencia Artificial de por medio, cabe citar a Larry Fink, el multimillonario director ejecutivo de BlackRock, uno de los fondos de inversión más grandes del planeta, en su intervención en el Foro Económico Mundial sobre colaboración global, crecimiento y desarrollo energético, celebrado en abril de 2024, durante la cual expresó lo siguiente: «Los ganadores son los países donde la población disminuye. Pensábamos que el crecimiento negativo de la población era un problema. Pero si hay xenofobia y no se deja entrar a nadie, ahí se desarrollará la robótica, la inteligencia artificial y una gran tecnología. Eso aumentará la productividad y, por tanto, el nivel de vida. Sustituir a los humanos por máquinas será más fácil en los países donde su población disminuye». Lo que, sin ánimo de exageración, nos conduce a una desaparición selectiva de individuos y poblaciones enteras que se consideren prescindibles por su incapacidad para producir y por no cumplir con los estándares ideales de consumidores; lo que ubica en estos renglones a los adultos mayores y a otras personas que sufran de alguna discapacidad que les impida valerse por sí mismas, así como igualmente a los más empobrecidos o que no cuenten con ningún ingreso regular, mínimo, con qué sobrevivir.

Desde este punto de vista, un crecimiento poblacional negativo representa la posibilidad de alcanzar una mejor calidad de vida (en el mundo desarrollado, entendámoslo) gracias a la automatización de las empresas y del Estado, reduciendo al máximo las nóminas de empleados y, junto con ellas, los costos de producción; lo que incrementaría la tasa de ganancias, en lo que sería, entonces, la ciberindustria. El mundo laboral que se está conformando, lejos de representar un alivio para los trabajadores habituados a una rutina estresante con pocos beneficios salariales, implica que aquellos que puedan acceder a un puesto de trabajo de tal naturaleza estarán sometidos a una jornada esclavizante, despojados de los derechos laborales que tanto costaran lograrse y frente a lo cual los movimientos sindicales se muestran impotentes, dado su apego a las viejas fórmulas de negociación con el empresariado. El progreso implícito en la tecnología de la inteligencia artificial y de la informática tendría el mismo efecto, en ambos sentidos, que la primera revolución industrial de finales del siglo XIX, con sus secuelas de pobreza, desempleo, desigualdad y hambre. La proletarización extraida de esta nueva realidad es arropada bajo la figura del emprendimiento (o emprendedorismo), viéndose obligados sus participantes a laborar horarios sin límites, sin una protección laboral que los ampare debidamente, no percibiéndose a sí mismos como proletarios sino como empresarios de nuevo tipo.

En vez de facilitar las condiciones ideales para que exista una verdadera sociabilidad emancipada, forjada por hombres y mujeres libremente asociados, el despotismo algorítmico ha terminado por invisibilizar el trabajo como mercancía, logrando incluso confundir a quienes ejecutan las labores de esta nueva era del capitalismo con la ilusión de ser también empresarios, sin medir el costo de tal ilusión en sus vidas. La comodidad anestésica que nos ofrece la sociedad de consumo nos impide ver con claridad hasta qué punto somos parte de un engranaje de dominación, alienación y explotación que, con nuestro consentimiento, nos empuja a percibirnos incapaces de asumir a plenitud el sentido y la responsabilidad de una verdadera libertad. Por eso, los planteamientos, viejos y nuevos, en relación con esa posibilidad de ser realmente gente realmente emancipada chocan, en un primer lugar, con ese engranaje del cual formamos parte; luego con las distintas fuerzas y leyes represivas que lo sostienen y defienden cuando exigimos la garantía de unos mayores derechos democráticos o democratizadores.

Ahora, con el surgimiento de la información transmitida gracias a la denominada inteligencia artificial, nos hallamos expuestos a la imitación de nuestros comportamientos humanos, pero ignorando, quizás de forma inconsciente, que dicha información responde a los valores de una sociedad construida sobre unas bases clasistas, explotadoras, inhumanas, patriarcales, racistas y, por si fuera poco, carente de una solidaridad auténtica (como lo pone en evidencia el genocidio palestino). En un sentido generalizado, también ha convertido el anonimato en un arma homicida y a millares de personas en espectadores pasivos de todo lo que se publica en internet, pero sin ser participantes de nada, dejando las responsabilidades de actuar a otros. Todo esto en provecho de las minorías que han hecho suyos la economía, la política y la soberanía de las naciones donde sus intereses se encuentran asentados. Y en esta clasificación de minorías no debe haber exclusión alguna. En todas ellas privan valores e intereses semejantes. De esta manera, unas pocas empresas tecnológicas -las comúnmente conocidas Big Tech- se hicieron las principales regidoras de la economía global, dándole un nuevo barniz al capitalismo dominante y utilizando el entretenimiento virtual como herramienta de control de la gente, contenta porque puede compartir un meme o un video para tontos en Facebook o TikTok, o recibiendo muchos «Me gusta» (likes), convirtiéndola en adicta a internet, oyendo lo que algunos han tildado de pornografía sonora, y haciéndola sentir que es algo importante. Lo grave en esta nueva realidad humana es que, como lo señala Mohammad «Mo» Gawdat, autor egipcio y ex directivo de Google, «las máquinas que estamos creando, de momento, suelen recibir instrucciones para obtener el máximo dinero y poder». Así resume la función asignada a la inteligencia artificial; de acuerdo a lo que piensa y desea quien la diseña y programa, revelándose, entonces, dónde radicaría el problema y a quién beneficia el uso de esta tecnología, cuestión que hace a algunos plantearse su regulación. En medio de la disyuntiva de la soberanía tecnológica y el colonialismo digital, lo que son la pasividad, la xenofobia, la intolerancia, la irracionalidad, la desconexión emocional con las tragedias ajenas, el tratamiento desconsiderado con nuestro entorno natural, el apego exagerado por las modas o el estatus, lo mismo que la credulidad instantánea y sin verificación previa respecto a la divulgación de fake news o noticias falsas, están delineando un futuro humano de características apocalípticas, gracias al algoritmo capitalista, sin vislumbrar aún una alternativa fiable que lo frene y que trascienda los marcos de referencia tradicionales.



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Homar Garcés


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