¿Cómo manejar las contrariedades en los bancos?

Yo en realidad, no sé. Probé con avanzar en edad para ver si la madurez me las morigeraba, pero nada: permanecen intactas. Luego he probado respirar con el pensamiento clavado en mi ombligo (cuando no en el de una muchachona bien hecha que se encuentre cerca)  y nada. Luego he venido probando con el taichi, lo que además de hacerme parecer un viejo loco al comenzar de repente con los movimientos entre la multitud bancaria (al desesperarme, y para no infartarme) hace que la gente comience a verme entonces con ofensiva desconfianza y con profunda lástima. Y aún así, por supuesto, nada. El disgustico se presenta, a la larga, y con bríos renovados. ¡Y peligrosos que han resultado ellos para mi achicada salud!

He pensado también seriamente en comenzar a mentar madre de forma desgañitada, y a diestra y siniestra, pero no me he atrevido, por ahora. Creo que sería fuerte y podría resultar abatido por un vigilante. En fin, ¿cuánto de preventivo o terapéutico no he hecho, o he pensado, para que la contrariedad no  alcance secuestrar el sosiego de mi espíritu? Pero nada.

La última fue esta… Y se las cuento, tal como me ocurrió, para que no piensen que es fábula.

Necesitaba obtener mi “clave de operaciones especiales”, lo cual intenté por internet. Pero por haber dado equivocada respuesta a una pregunta confusa que me hiciera el operador telefónico (que la mayor parte de las veces habla como si fuera un robot)  se me trancó el serrucho electrónico y por tanto me invitaba a pasar por una agencia para poder culminar el proceso. Lo acepté porque un olvido mío ciertamente abortó el destilado procedimiento. Debo decir que soy cliente de uno de los bancos más importantes que reposa en manos privadas. Y no lo nombro, esta vez, para que no vaya a pensarse que lo que busco es una campañita de mala costumbre contra él.  

Fui entonces dos veces a la agencia que frecuento en busca del sub gerente (que era el único que por manual de procedimiento podía arreglarme el problema) pero siempre encontraba su oficina con las luces apagadas y sin nadie que al menos la merodeara. Pero por simple humanidad le daba el beneficio de la duda. El pobre quizás debe estar enfermo o pasando por graves problemas maritales, me decía, porque nada de esto resulta para nada inaudito.

Volví entonces ayer, y la oficina del subgerente se mantenía aún penumbrosa y esta vez la noté como si hubiese sido abandonada definitivamente por su presunto ocupante. Y alarmado ya, le pregunto a la recepcionista: ¿Y el subgerente? Pregunte por él en la taquilla 10, hubo de contestarme. Voy a la taquilla 10 y pregunto: ¿Y el subgerente? Dígame qué desea usted. Bueno, activar una “clave de operaciones especiales” que me urge. Ya es la cuarta vez que vengo y debo en este instante arreglar esto. Es ya una cuestión de honor. Estoy cuasi arrecho, le digo entre mamando y disgustando gallo. Un momentico…  Se mete la cajera unos minutos y regresa para decirme: ¿Podría esperar unos veinte minuticos? Veinte minuticos son diez minutos, le digo para no romper el diálogo aún complaciente. Siéntese que yo lo mando a buscar con el vigilante. (¡Embuste!) Bueno, eso espero, le dije con cierto tonito irónico, porque un pequeño desaliento comenzaba ya a gestarse dentro mí. Lo sentía indetenible, avasallante.

Me senté y de inmediato comencé a respirar con mi pensamiento clavado esta vez en mi ombligo, como he aprendido de cierto yoga por allí. Así estuve no veinte minuticos, sino treinta. Pero viendo que el vigilante no venía a buscarme, me paré con la inquietud interior un poco más crecida, para decirle a la cajera: No enviaste el vigilante por mí en treinta minutotes que esperé. Ay señor pero entienda que el subgerente no me dijo nada… ¿Cómo?, le espeté como Oscar de León. ¿Cuánto pretende este subgerente de mis tormentos que yo espere? ¿Qué falta de respeto es esto? Mire: Yo deposito mi dinero en este banco; no es este banco el que deposita su dinero en mí… ¿Entiende usted esta premisa, o acaso la encuentra demasiado compleja? ¿Eh? Espere otro momentico, me dijo la cajera luego de proyectar una expresión como de pensadora. Al minuto se presenta y me pide la cédula, internándose de nuevo. Se la entregué extrañado. Al minuto regresa, me devuelve la cédula, y me avisa que el problema está resuelto, por lo que la disgustico pasmado que tenía hubo de cuajar en adulta y redonda contrariedad… Y le digo: ¡Coño, mija! ¿Me hicieron esperar cuarenta minutos para arreglar un problemita que requería sólo de uno? ¡La burocracia de este banco es indolente e irrespetuosa! expresé como con un grito ahogado. Y para colmo, ni la cara pude verle a este presunto subgerente bancario de mierda.

Y concluí así: No constituye amenaza, señores, pero la próxima contrariedad peligrosa que me genere cualquier banco debida a lo ofensiva e irrespetuosa que resulta su burocracia, lo haré saber con su nombre y apellido y con los demás detalles que pudieran resultar trascendentes para el formal encausamiento no sé si político o administrativo del asunto. E invito a todas las víctimas bancarias a hacer lo mismo mientras termina de organizarse el vasto movimiento de consumidores abusados, estafados y vergajeados que debe nacer pronto con motivo de las estafas inmobiliarias. Es urgente. Es patriótico. Es saludable para el país. Porque si no, el sadismo más limpio y puro de todas las burocracias, se apoderará de él para siempre.


canano141@yahoo.com.ar


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Raúl Betancourt López


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