Por la salud de la patria

“Hoy he llegado con una rama de olivo y el arma de un luchador por la libertad.

No permitan que se me caiga la rama de olivo de mi mano. Repito:

 no permitan que se me caiga la rama de olivo de mi mano”. (Yasir Arafat)

Hace pocos días recién, mientras regresaba de La Grita, estado Táchira, en gajes de oficio, casi a media noche, un amigo taxista de rubio, recibió la angustiosa llamada de su hijo mayor, notificándole el dilema en que se encontraba su hija -nieta de aquél-, presentando un cuadro febríl, después de haberla llevado al CDI de la Ciudad Pontálida, en el informe médico de la doctora de turno, hechos los exámenes pertinentes, con diagnóstico de apendicitis aguda -ya que tal centro no cuenta con las condiciones para brindar asistencia en este caso-, fue referida al Hospital Central de San Cristóbal, donde los galenos  de Turno  rechazaron atenderla ipsofacto al enterarse que venía referida por médicos cubanos…

A riesgo de perder su vida, mientras la paciente esperaba sin recibir ninguna asistencia oportuna, salvo las burlas de aquellos que hicieron el juramento de Hipócrates, aludiendo a la mala praxis de los médicos antillanos, una “doctora corazón” se acercó a ofrecer sus servicios de una clínica solidaria, donde el costo real de tal operación llegaba a los 16 millones de bolívares y ella estaba dispuesta a realizarlo por 7 melones campantes y sonantes.

Al recibir la segunda llamada de su hijo al borde del llanto, cada más abrumado por el desarrollo de la inesperada situación, y de regreso ya a la ciudad de San Cristóbal, a eso de las tres de la madrugada, nuestro taxista desesperado, sospechando que de un instante a otro podía apagarse la vida de su nieta, llamó a varios conocidos suyos, para plantear el drama que estaba viviendo… pero las respuestas no fueron del todo alentadoras, aunque la solidaridad se manifestase en, por lo menos, desearle que Dios lo ayudara en salir bien de aquél trance…

“¿Quién puede tener 7 millones de bolívares a esa hora de la noche?”, se preguntó, no muy seguro de obtener alguna respuesta, en su cerebro atormentado.  “¡El gerente de la línea!”, se acordó cuando ya la desesperanza le estaba latiendo en sus talones. Por el mensaje de la contestadora se dio cuenta que el celular estaba apagado, sin embargo en su libreta de anotaciones encontró el número residencial de su colega y marcó; después de repicar una eternidad, el tercio tomó la bocina y, algo malhumorado, contestó: “…estas no son horas de llamar.” Luego de evaluar la situación y convenir con aquél el porcentaje respectivo, y fecha de devolución el dinero, al pasar por su casa, aceptó prestárselo enseguida.

Padre e hija en aquella fría camilla del Hospital Central apenas eran unos náufragos en el más cruel y absoluto desamparo, cuando nuestro amigo taxista, después de recibir el dinero de manos del gerente, con vaga sonrisa de satisfacción llamó a su hijo para darle la grata noticia, poder operar a su nieta, cuando ya todo, en loca carrera contra el tiempo, parecía estar perdido…

Cuando avanzaba por la avenida 19 de Abril, rumbo al Hospital Central, el atribulado taxista recibió una sorpresiva llamada de alguien de la Dirección Nacional de la Misión Barrio Adentro. Aquello no lo podía creer… Uno de los que en su desesperada situación llamara, contactó a alguien que hizo enlace con los camaradas de esta misión en medio del atormentado SOS que manifestara en sus llamadas anteriores. Con gran disposición y urgencia corroboraron los datos de identidad del caso hasta constatar que eran exactos y coincidían con la situación que se estaba presentando. Se le informó que en ese instante una ambulancia se dirigía al Hospital Central para trasladar a la paciente al quirófano del Hospital Militar de San Cristóbal.

De allí en adelante todo fue inmediato. La familia no tuvo necesidad de erogar ninguna cantidad de dinero por tal operación, que fue un éxito salvándole la vida a aquella niña, e informándole telefónicamente del proceso al abuelo, hasta que bien entrada la mañana de ese día,  pudo dormir el sueño más reparador de su vida, su nieta había escapado de las garras siniestras de la muerte vestida con bata blanca mercenaria.

Sin embargo, horas más tarde al despertar, sintió una gran desazón en el alma: ¿Serían esos mismos médicos de la Corporación de Salud del Táchira, afectos a la oposición de la mesa de la unidad, quienes se negaron a atender a su nieta, en víspera de estas elecciones del 26 de abril, sólo con la perversa intención de desprestigiar a la misión Cubana para endilgarles una mala praxis médica que sólo es la de ellos por tan infame conducta? Indudablemente, reflexionó,  estos pingos médicos son los mismos que se niega a ir a los barrios, y desconoce los esfuerzos que el estado cubano y venezolano construyen para fundar el modelo ético de la medicina socialista del siglo XXI, la revolución de la salud en nuestro pueblo y el resto de América Latina; por eso la Asamblea Nacional, como metáfora de un hospital para consolidar la salud de la patria, jamás podríamos cederla, en caso de que una niña -como mi nieta- llamada Venezuela sea menester, en manos de estos matasanos, voceros y espejo donde contemplamos el rostro fascista de esta oposición dispuesta a tomar por asalto, guarimba de por medio, el poder legislativo, bajo el falso argumento de defender las misiones de Barrio Adentro y tantas otras conquistas del poder popular, ¡que el diablo te lleve a ti solo Popeye, porque al pueblo venezolano después del 11 de abril de 2002, no lo volverán a joder!


fredy.araque@gmail.com



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Freddy Araque


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