Anzoátegui: lealtad sin límite

Después de Boyacá entró triunfalmente en Bogotá, bajo los arcos de flores, al lado derecho del Libertador Simón Bolívar, pero por allá, por el otro lado, estaba el taimado, Francisco de Paula Santander (La Casandra, como la de la mitología griega que solo traía desgracias). El sueño bolivariano era llegar hasta el Potosí, destruyendo a su paso el imperio español, para echar las bases de la América Nuestra.

Había nacido hacía 29 años casi a las orillas del río Neverí, en su "Barcelona colombiana" –era así como él la llamaba-: José Antonio, hijo de José Antonio Anzoátegui y Juana Petronila Hernández, lo trajeron al mundo el 14 de noviembre de 1789. Era el tercero de los seis hijos de esa distinguida familia de origen vasco.

El joven José Antonio estuvo entre los primeros voluntarios que se alistaron, dispuesto a luchar con las armas en las manos por una independencia verdadera, en los batallones organizados por la Provincia de Barcelona, que fue la primera provincia en reconocer, el 27 de abril 1810, a la Junta de Caracas, pero orientado con ideas jacobinas, radicales, para echar adelante el proceso de liberación que se iniciaba.

Participó en varias escaramuzas sin éxito tratando de someter a la Provincia de Guayana que se mantuvo bajo dominio español.

Ante la crítica situación que vivía la naciente República en julio 1812 debido a la invasión de Monteverde, desde Caracas se le solicita ayuda a Barcelona como un acto de desespero para contener ese peligro. Anzoátegui no vacila –como siempre, pensando en lo grande, en el más allá de las pequeñeces locales- juzgó como un caso de honor y estratégico acudir presuroso en auxilio de la capital de la República. Sin dilación, con el mayor los desprendimientos y superior convicción, se puso a la cabeza de esos preparativos. Para realizar tal empresa renunció a su cargo de Gobernador Militar que Barcelona le había confiado. Así lo escribe en carta fechada el 6 de julio de 1812:

"…Grande sería la satisfacción del que expone si la suerte le proporcionara la gloria, de regar con su sangre el suelo que le ha producido y alimentado; más sus belicosos sentimientos y el odio santo que profesa a los enemigos de la Independencia Americana, le estrechan por momentos y le aguijonan para que haga cuanto antes el sacrificio de la vida; así es que tiene resuelto marchar en calidad de un soldado a incorporarse con los que a las órdenes del Generalísimo Miranda castigan en los campos de Aragua la osadía de los esclavos de la moribunda España. Él deja con dolor, al tomar esta resolución, a su amada Barcelona…"

(Obsérvese que escribe en tercera persona –como el portavoz de un espartano- muy alejado de cualquier vanidoso "yo", apenas tenía 22 años)

No pudo cumplir el cometido de ir en auxilio de la mortalmente herida Primera República, y de su admirado Miranda, porque una inesperada traición -por cierto, traición que se dio con un extraño paso al frente- de quienes se confabularon alrededor de pequeños intereses, con el objetivo de devolverse a la esclavitud, y que dieron un vulgar golpe de Estado en Barcelona a favor de Fernando VII.

Hecho prisionero por los complotados (algunos eran sus viejos rivales: los paloteros) lo enviaron a las bóvedas de La Guaira. En 1813 fue liberado por la Campaña Admirable del Libertador Bolívar –Al que reconoce como jefe y de quien, en lo adelante, no se separó jamás-. Sirvió en las tropas republicanas al mando de Vicente Campo-Elías –el legendario y ardoroso patriota de origen español-, junto al cual venció en Mosquiteros a José Tomás Boves.

A las órdenes del general Rafael Urdaneta participó en la retirada hacia la Nueva Granada, con la que se salvaron los restos del ejército Libertador, luego de los resultados desastrosos para la Segunda República que se perdió por la sanguinaria ofensiva de Boves.

En Pamplona, junto con los patriotas venezolanos que lograron escapar, trabajó intensamente para rearmar y organizar al ejército Libertador, y emprender la guerra de nuevo en el suelo patrio.

De Bogotá pasó Cartagena, de Cartagena a Los Cayos en Haití. En este Haití revolucionaria Anzoátegui estuvo junto con el Libertador Simón Bolívar. Ya en tierra venezolana, por Ocumare, estaría en la oficialidad del escocés Gregor Mac Gregor, con quien realizó la Retirada de los 600, la incursión patriota desde el centro hasta el oriente de Venezuela en 1816.

A raíz de las desavenencias entre Mac Gregor y Manuel Carlos Piar después de la batalla del Juncal, cerca de su Barcelona, y la renuncia y retirada del escocés, Anzoátegui pasa a servir a las órdenes del general Piar, con el que participó en la fulgurante liberación de Guayana en 1817.

Anzoátegui formó parte, como vocal, del Consejo de Guerra que votó por el fusilamiento de Piar el 15 de octubre de ese mismo año 17.

Su biógrafo Chalbaud Cardona señala: "Se hallaba ante una causa en que el acusado aparecía convicto de crímenes que podían reputarse de lesa patria con vista a las circunstancias del momento y a los vitales intereses en juego, de manera que no podía disculpar los delitos de Piar y en su calidad de juez tenía que mostrarse inflexible (…) Fue siempre y ante todo un moralista exaltado".

Como soldado leal y siempre presto para cumplir cualquier empresa que se le exigiera -sin medir ni el tamaño ni los peligros- estuvo al lado de Bolívar, como su principal apoyó, en la colosal empresa del Paso de los Andes y las posteriores batallas para lograr la liberación de la Nueva Granada: es la apoteosis de Anzoátegui.

En su biografía de Bolívar, Gerhard Masur señala: "Anzoátegui, comandante de la infantería, había nacido en el este de Venezuela. Él también tenía solo veintinueve años, pero había luchado por la causa de la libertad durante diez. Su temeridad ganaba los corazones de sus camaradas, pero su carácter no le ayudaba a granjearse muchos amigos. Estaba siempre de mal humor, y no había situación que le agradara o que no criticara. Era un descontento nato, y estaba, sobre todo, lleno de un apasionado odio respecto a ciertos hombres de la plana mayor. Pero era lealmente devoto al Libertador".

En primera fila, y como el más de los bravos, estuvo en Gámeza y Pantano de Vargas. En Boyacá, el 7 de agosto de 1819, se coronó de gloria demostrando frente al fuego enemigo que era el más grande de los oficiales del Padre Libertador Simón Bolívar. Como el general de la infantería al frente, Anzoátegui rompió vigorosamente por el centro y por la derecha las líneas enemigas, en la acción decisiva del combate, para batir al ejército español que estaba al mando del general José María Barreiro. Con Boyacá se selló definitivamente la independencia de la Nueva Granada.

El Libertador envió Anzoátegui a Pamplona para que organizara los preparativos de la Emancipación del Sur. Anzoátegui era el hombre fundamental -la pieza clave, el organizado, el metódico- en tan grande objetivo continental para barrer hasta el último vestigio del dominio imperial español en el Nuevo Mundo. Sin duda que así lo veía Bolívar, en carta que le enviara dos días antes de su extraña muerte le decía: "Cuide mucho de la Guardia, y recuerde que en ella tengo puesta toda mi confianza. Con ella, después de haber cumplido nuestro deber con la Patria, marcharemos a libertar a Quito; y quién sabe si el Cuzco recibirá el beneficio de nuestras armas; y quizás el argentino Potosí sea el término de nuestras conquistas".

La extraña muerte

En la madrugada del 15 de noviembre de 1819 murió de una forma nunca aclarada. Aún hoy, ya a casi doscientos años, es uno de los grandes enigmas de la historia. Pero si tomamos en cuenta los desenlaces después del triunfo del proceso independentista: las traiciones, la destrucción de la obra del Libertador, y el consecuente exterminio de sus seguidores, son, sin duda también, las claves que pudieran dar una explicación bastante acertada sobre ese enigma.

El doctor Freddy Rodríguez Sánchez, en su obra Enfermos de Libertad, nos dice: "Dando por descartada la posibilidad de un envenenamiento –aunque existen sospechas de algún daño provocado con vidrio molido o por una lechosa envenenada-, a este tipo de evento se le conoce como muerte súbita (…) Jamás conoceremos la causa real de la muerte de este insigne general".

Apenas tenía 30 años de edad

Algunos escritores opinan sobre el más insigne barcelonés:

Fabio Lozano (colombiano): "Anzoátegui, que sabía mandar e imponerse, supo también obedecer y lo prefirió… Es la vanidad jaramago fatal de las almas. Ser discreto y humilde, ¡cuán raro y hermoso! Anzoátegui lo fue en grado sumo".

Esteban Chalbaud Cardona: "En el ejército se le conocía con el cognomento del ‘gran regañón’, lo que demuestra la adustez de su carácter. Desdeñó siempre los elogios y no aceptó jamás parangones con los hombres ilustres de la historia, porque su ingénita sencillez solo le permitía admirarlos y que –a lo sumo- le sirvieran de estímulo y de norma, pero sin la pretensión del paralelo vano y adulador".

El Libertador Simón Bolívar: "Habría yo preferido la pérdida de dos batallas a la muerte de Anzoátegui. ¡Qué soldado ha perdido el ejército y qué hombre ha perdido la República!" "¡Qué difícil es reemplazar dignamente a un hombre como Anzoátegui!".

Entramos en el año bicentenario de la desaparición física del General de Infantería José Antonio Anzoátegui, caballero de la Libertad Americana, hagamos de su ejemplo uno de los bastiones para defender la Patria, hoy asediada por el mismo enemigo imperial (aunque cambiado de atuendo) que él mismo enfrentó y venció.



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Irán Aguilera


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