Sofía Imber y su robo del siglo

(ENSARTAOS.COM) De un tirón ayer me leí el libro “El rapto de la odalisca”[1], y he quedado molesto por la vaguedad del libro. La autora es una muy formal dama del periodismo nacional, con la educación y los buenos modales que se imparten en la Universidad Católica Andrés Bello; por eso evitó en todo momento meterse en honduras. O quizá no fue ella, sino por exigencias de la misma editorial Aguilar, que tiene sus debilidades con los finos expoliadores de la oligarquía; sabe muy bien Santillana y su gente que a sus dueños no se les puede tocar impunemente. Pues bien, el libro de Marianela me recordó la obra “La cultura como sepultura –Vida de Juan Félix Sánchez y Epifania”, que colocaremos en ENSARTAOS.COM para que lo baje todo el que quiera. En ese libro sobre la vida de Juan Félix Sánchez narro cómo el Museo de Sofía Imber expolió sin conmiseración al gran Iluminado del Tisure: le saquearon sus trabajos más importantes, y luego de la exposición que le hicieron en el MACCSI, cogieron lo que quedó y se lo tiraron dentro de unos sacos en San Rafael del Páramo.

Marianela Balbi narra el espectacular thriller de la desaparición del cuadro Odalisca con pantalón rojo (de Henri Matisse) del Museo de Arte Contemporáneo.

La periodista Marianela de entrada en su libro da muestras de una rara ridiculez, al catalogar (quizá por excesiva finura, insisto), de “bochornosa ocasión” cuando el presidente Chávez echó de su cargo a la súper ladrona Sofía Imber, desde su programa radial “Aló Presidente”.

¿Es que acaso, con todo lo que ella ha investigado, nos podría sugerir cuál debió haber sido la mejor manera de echarla?, ¿sería con la pompa elitesca y exquisita de llevarla al Ateneo de Caracas, y con bombos y platillos coronarla como la mujer que ha hecho más por el arte en Venezuela, tal cual es el estilo que aplica el diario “El Nacional”? con sus “creadores”?

Esta momia de Sofía Imber, tuvo el inmenso descaro de burlarse del presidente Chávez, llevándolo a admirar la joya más preciada del MACC (que ya era un adefesio falsificado, a finales de septiembre del año 2000).

En aquellos tiempos de la IV república (y aún todavía), en este país de pelabolas, todo el mundo le hacía la venia a Sofía Imber. Todavía recuerdo con infinita indignación cuando toda la corte de los Otero con Pedro León (de la metra) Zapata vivía poniendo por los cielos a esta malévola anciana. Especialmente el día cuando se realizaron las deliberaciones para decidir el Premio Nacional de Artes Plásticas de 1990 (como bien relata Balbi), del cual formaba parte la madame del MACC, y entonces un muy bien preparado jalabolas del jurado propuso el nombre de Sofía. Pero había un minúsculo inconveniente: Sofía no es creadora. “¿Y eso a quién coño le importa?”, dicen que era la voz de la propia susodicha y se plantó: “Yo voto por ella”, dijo la monarca del MACC (a lo Rafael Leonidas Trujillo) y la cosa fue aprobada por unanimidad. Fue cuando el jurado arregló aquella cosilla de que el Premio se le otorgaba “en reconocimiento a su labor de estímulo del proceso creativo en Venezuela”. Toma.

Pero no sólo desapareció del MACC, la Odalisca con pantalón rojo, también se esfumaron valiosísimas obras de Picasso, La Mujer con rostro de Henriette o de Lydia. Refiere la periodista Balbi, que cuatro años después de que desapareciera  la Odalisca con pantalón rojo, ella había sido expuesta en “Joyas de la Colección”, que el museo venezolano había llevado a la Caixa de España, Madrid, para exhibirse en el Salón Alhajas, entre septiembre de 1996 y enero de 1997. Sofía lanzó entonces la bomba, diciendo que la Odalisca con pantalón rojo pudo haber sido robada en España justo en esa oportunidad[2].

 Da la gran casualidad que yo el día jueves 13 de febrero de 1997 visité Arco-97, en el parque de las Naciones. Aquello estaba a rebosar de artistas, y aquella feria es simplemente un gran mercado libre para negociar obras de arte. Me metí en el pabellón venezolano y me encontré con Sofía Imber quien con los ojos vidriosos, huecos, muy pronunciados en las mejillas, los labios como un pito, y la piel dura, seca y severamente arrugada: me vino a la mente la obra piel de zapa, de Balzac. Lúcida, y desconfiada, me oyó decir que Manuel Azaña sostenía que el Museo del Prado era más importante que la República (y por eso trasladó sus obras a Valencia), y al saber que era venezolano, a boca de jarro, me preguntó: “- ¿Y tú quién eres?” Le contesté que un profesor de matemáticas que trabajaba en la ULA. Se tranquilizó y entrando algo en confianza se quejó: “- Cada mañana que me levanto, no sé si vale la pena seguir en este trabajo; si será más importante comprar un cuadro o más bien usar el dinero para que lo usen en las llamadas becas alimentarias. En fin el arte en Venezuela es un desastre. No saben lo que ha constado levantar el Museo del Prado…” Pero ella estaba allí sólo para negociar lo que se encontraba bajo su responsabilidad, y para mí que fue allí donde hizo el negocio del siglo vendiendo la Odalisca con pantalón rojo. Aquel día, lo recuerdo perfectamente, fue muy frío. La temperatura estuvo por debajo de 10 grados, el día bastante nublado y con fuertes vientos, y el encuentro con aquella señora me nubló más los pensamientos sobre mi Venezuela. Regresaba a mi país después de haber cumplido mi año sabático en la Universidad de Cádiz.

No obstante, el libro de Marianela Balbi es sorprendente: están implicados en ese atroz delito del robo de la Odalisca con pantalón rojo, valorada en unos cinco millones de dólares, la Rita Salvestrini (sucesora de Sofía en el cargo después de que ésta lo detentara 25 años), Teresa Zottola (que montó un sindicato bolivariano, pero para nada averiguar el horrible expolio hecho al MACC), Sonia Chacón, Águeda Hernández (gerente de Promoción y mano derecha de Sofía), la misteriosa dealer Sylvia de Azevedo y su extraño negociante Efrén Castillo (coronel de la Guardia Nacional y quien aparentemente se robó el cuadro), Carmen Hernández (tercera directora de la institución), la curadora María Luz Cárdenas, el galerista francés Philippe Cazeau, el intermediario también francés Michel Eyrie, la certificadora oficial de la Sucesión Matisse, Wanda de Guebriant, el curador del Museo de Arte Moderno de Nueva York, John Enderfield, el también director del MOMA Glen Lowry, el representante de Sotheby’s en Miami, Axel Stein, y muchas otras personas.

Es patético cuando Marianela describe aquella mañana del 30 de abril del 2002, cuando el gobierno todavía turulato procuraba medio reorientarse en medio de tantas trampas que los golpistas les tendían. El caos era total y Sofía entraba al Museo para despedirse para siempre luego de autopagarse su liquidación. Aquella bola de billete por 25 años de servicio debió haber sido de pánico y Señor nuestro. Pero eso para ella no podía ser problema alguno. ¿Quién le podía poner algún pero a la propia FUNDADORA-DIRECTORA-PRESIDENTA de la FUNDACIÓN MUSEO DE ARTE CONTEMPORÁNEO SOFÍA IMBER? Allí todo el mundo andaba con el rabo entre las piernas, aún parecía imposible que la dueña y señora de todo aquello podía dejar de seguir siendo la gran ductora del mundo artístico de la nación. Silencio sepulcral, acatamiento en todo, “y sí, señora, lo que usted diga…” Iba a recorrer aquella matrona por última vez la sala donde se encontraban las supremas joyas del MACC, con 4.630 obras valoradas en más de 30 millones de dólares. Tomó del brazo a doña Silvia Salvestrini, su minúscula sucesora, se detuvo frente a la Odalisca con pantalón rojo, que ella había comprado a la Galería Malborough de Nueva York, en 1981, por sólo 480 mil dólares, y le dijo casi susurrándole al oído: “-Un día te contaré una dróle histoire sobre ese cuadro”.

Salvestrini quiso saber algo más, pero ella le respondió: “-Tengo algo grave que decirte sobre esa obra…”

¡Ah Venezuela!, coño, cómo dueles. Cómo te puteaban, expoliaban y violaban aquellos seres simiescos que tienen todavía tantos seguidores en el Este. Aquella “Venezuela de mierda”, mentada así por los geniales Ph.D´s recién llegados del Norte, por las lumbreras exquisitas de aquel Ateneo de Caracas y por sus académicos sacaniguas que todavía relumbran por todos los espacios por los que rumbean los fantasmas de los Otero, y que se asquean de la “brutalidad” de sus envilecidos esclavos.

¡Cómo dueles, Venezuela!

Tan descomunalmente intocable es esta DOÑA, tan poderosa es esta malévola anciana, que nadie, absolutamente nadie se atrevía ni aún se atreve nadie, a medio mencionarle el hecho de la desaparición del Matisse. Nadie, nadie, y ella sigue en este mundo como si nada de eso le incumbiera. ¡Qué cuento!

Años después, rodando por el mundo el escándalo del robo de la Odalisca con pantalón rojo, la directora Rita Salvestrini se atrevió temblorosamente a coger el teléfono y llamarla, y medio rogarle que al menos de su boca saliera algo. La DOÑA, con la suprema calma del mundo, y con voz serena y dulce le respondió: “Mire, no sé”. Salvestrini más bien le hablaba como pidiéndole consejos, y la DOÑA le contestó: “Mire, yo no he estado allí durante los dos últimos años; yo no podría saber qué hicieron ustedes en ese tiempos; de todas maneras lo voy a pensar y la llamo”. Antes de cortar para nunca jamás volver a llamar, con toda la serenidad del mundo, con la voz casi susurrante y nadie sabe todavía si con un virulento sarcasmo, le preguntó a la Salvestrini: “¿Usted está segura de que en el Museo está el ‘Dora Maar’?” La Salvestrini quedó pálida, y trató de replicar: “¿Acaso sabe algo de ese cuadro?”, y la despedida de la DOÑA fue: “No… se lo digo porque es el Picasso más valioso”.

Casi al final del thriller y cuando el escándalo estaba de lo más candente, me sorprendió la aparición en escena de Roberto Hernández Montoya, presidente del Celarg, quien dijo: “…El carácter obvio de la mentira no debería inquietar a nadie, pero el contexto nacional actual nos hace abrigar temor de que esto haya nacido con la intención de perjudicar a una institución de gran prestigio nacional e internacional como el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber”.

Terminé de leer el libro de Marianela y grité mil veces: “MIERDA, MIERDA,…MIERDA”.

Las cárceles están llenas de pobres diablos que a los sumo se han robado cuatro o cinco mil bolívares, pero en la calle, en los poderosos aeropuertos y hoteles se pavonean como dioses y diosas del arte, del saber y de la cultura abominables momias como la Sofia Imber, que le han ocasionado pérdidas a la nación por varios SIGLOS DE IDIOTEZ IRRECUPERABLE, por millones de dólares. Anda ella fresquecita, con sus bien jaloneados 86 años encima, riéndose de este país “de mierda” en el que nadie se ha atrevido decirle ni pío. Ella, la que se casó con el famoso escritor Guillermo Meneses a quien se cansó de montarle los cachos y por cuya razón a Meneses le dio un ACV. Meneses vivió en silla de ruedas más de 10 años. Ella lo abandonó y se casó con un escritor también muy famoso que luego se suicidó. Ella, de la estirpe de los Petkoff-Malec, que su fin era estafar a mansalva a la gente en nombre de una supuesta revolución socialista.

Su negocio fue fulgurante durante un tiempo en los medios de comunicación y le trabajó a los Cisneros en Venevisión. Luego se hizo “dealer”, marchante, en el mafioso negocio del arte, donde aprendió cómo hacerse (con) y deshacerse de obras de arte mediante la magia de la trácala, suplantando originales por copias. Robó millones de dólares del MACC y nadie jamás tuvo las bolas en este “país de mierda” de acusarla de nada. Ha sido una de las mujeres más intocables en Venezuela. Poco a poco iremos desvelando una parte muy minúscula de sus grandes estafas. Hoy es una momia que recorre el mundo llena de joyas y de dinero mal habido, pero muy amada, muy admirada y muy respetada por el mundo del arte.



[1] De Marianela Balbi. Sello editorial Aguilar de Editorial Santillana, Caracas, 2009. 138 páginas.

[2] Ut supra, pág. 28.


jsantroz@gmail.com



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

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