La caja Clap me llegó vacía

Me acosté temprano. Con mucho dolor en mis huesos. Casi rechino de puro dolor. Me arropé hasta donde mi cobija me lo permitió. El frio venció la resistencia. Pero aún así me quede dormido, sin tener nada que menguara mis dolores; sin esperanza cierta de recibir mi pernil de cochino, mi bono navideño y mis juguetes. Fíjense ustedes que hablo de "MI" y de "MIS". ¿Por qué? Porque son míos, pues. O sea, porque mi presidente Nicolás Maduro me los ofreció en cadena nacional. Por algo me jodí todo un día de puro sol y pura cola para sacar mi glorioso carnet de la patria. Por cosas de la vida soy el único de mi hogar que luzco, con orgullo y veneración ese carnet, producto de la mente creadora de nuestro presidente. Pero me dormí, ¿qué vaina, no?

Tengo que compartir con mis lectores un sueño. Nada bueno el sueño este. Fue catastrófico. Casi me despierto antes del desenlace. Les cuento que en pleno proceso de un soñar injusto y cruel vi una turba de gente. Grande la turba. Turba en el buen sentido de la palabra. Avanzaba, como loca. Rompiendo vidrieras. Saqueando a los establecimientos fueran de comida o no. Aquello era monstruoso. La gente se había cansado. Cansado de esperar al niño Jesús, que viniera con la buena nueva. En su lugar quien había venido era un hombre alto, con cara de niño bueno. Hombre que se había metido en un bolsillo la confianza del Comandante Hugo Chávez, y luego la de Nicolás Maduro. Este hombre se puso al frente de la turba, y, con su encanto la desvió hacia el edificio sede de PDVSA. La gran empresa de los venezolanos. Y se oyó, lejos el eco, de su voz: "rojos, rojitos somos y rojos, rojitos seremos hasta más allá de la muerte. Vamos, a la carga".

El sueño terminó sumergido en un caos. Vi como empleados de los Clap sacaban sin pudor los productos y los escondían para apropiárselos: unos para llevarlos a sus hogares, otros para venderlos a precio de un diente de oro. Uno de esos productos era mi pernil. Pero también vi aceite, arroz, granos, entre otros, que pasaban rápidos y furiosos por las manos ágiles de aquellos abnegados y honestos funcionarios rojos, rojitos y desaparecían por arte de magia. O sea, los productos. Los rojos, rojitos, seguirían cumpliéndole a la revolución. Como debe ser. En este caos mental apareció la diminuta, pero competente presidenta de la ANC. Estaba reunida con otros colegas, buscándole una pata más al gato. Ella no se explicaba como la Ley de Precios Acordados había fracasado de manera rotunda. Como no se explicaba tampoco que la había pasado al presidente de la Comisión de Economía de la referida Asamblea. Pasaron horas buscándole la justificación a tanta alharaca, después del nombramiento del Fiscal. Y concluyeron que había sido su único acierto. Pues, con los hambreadores del pueblo nadie puede. Ni siquiera el ejército rojo. Mucho menos una Asamblea venida a menos, según oí decir a un camarada.

De pronto oí una bulla en mi vivienda. Voces que decían cosas, o intentaban decir cosas. "Despierta, despierta, despierta, se formó el peo", oí lejos. Como pude me incorporé. Trastabillé antes de sentarme frente al televisor que estaba encendido. Se trataba una cadena del gobierno. El Fiscal Tarek Willam Saab, papeles en mano, le hablaba al país. "Pueblo levanta la cara y para los oídos. Periodistas, tomen nota, sin equivocarse, por favor. Antes de leerles la lista de peces gordos aprendidos, así como los que se han dado a la fuga, les sugiero que compren alpargatas porque lo que viene es joropo. Joropo tuyero. Bueno, los convoqué a esta rueda de prensa para hacer del conocimiento público mis últimas andanzas. Por recomendación de un articulista de Aporrea me instalé en un hotel bañado por las aguas del Orinoco y el Caroní. Y oigan esas perlitas: hemos descubiertos varios carteles. El Cartel del aluminio, el cartel del hierro y el acero, el cartel de la madera, el cartel de las briquetas, paren el oído: el cartel del oro, uno de los más grandes y más sustanciosos. Fui, personalmente al edificio sede de la CVG y caí para atrás, como Condorito: allí sólo estaban los escombros de un cascaron vacío.

En vista de eso, sin que me tiemble el pulso, he ordenado una auditoría a fondo en la CVG, mejor dicho de los escombros, que incluye los últimos años de su gestión. Igualmente he ordenado una autoría en Sidor, Venalum, Alcasa, Ferrominera Orinoco, en lo que fue la otrora Ferrocasa, y otras empresas del famoso holding de la CVG. Aquí nos encontramos con puro lomito. Ya tenemos a buen reguardo a varios gerentes, ex gerentes y ex presidentes de la otrora y emblemática CVG. Les confieso que cuento con el aval del presidente Maduro. No obedezco a nadie más. Vamos hasta el fondo. No quedará nadie escondido debajo de una piedra. ¡Lo juro!".

El sueño se me aligeró. Mientras oía voces de aquí y de allá. Oí que había un levantamiento contra la Junta de Condominio. Se trataba de un estallido social de los habitantes de la torre donde tengo un viejo apartamento. "No tenemos asensor No tenemos agua. Los apagones nos agobian. Nos morimos más rápidos que furiosos por falta de medicinas. No tenemos nada. Ni conque comprar nada. Para colmo no nos llega el Clap, dizque porque vivimos en una zona de full de escuálidos. Queremos nuevo presidente o presidenta de la Junta. No aceptamos reelección. Nada que ver. Queremos nueva Junta ya…". El peo era grande. Una revuelta, pues. Y fue cuando me percate de un tun, tun, en la puerta. "Mierda, lo que me faltaba", me dije a mi mismo. Me incorporé como pude, me acerqué hasta la puerta. La abrí y oí que un señor me decía: "Camarada, aquí tiene su Clap navideño. Me enseña su carnet de la patria, por favor. Lo busqué más rápido que el Chapulín Colorado. Lo mostré. Y siguió la retahíla: Nos va a perdonar camarada, pero falta el pernil, porque se acabó. Pernil de cochino, no hay. Falta arroz porque se esfumó. Falta aceite, falta pasta, caraotas y azúcar, en fin falta todo. Pero sobran las ganas. Le entrego la caja vacía para que la guarde de recuerdo. Gracias por atenderme. Hasta la victoria siempre… No se olvide que vienen las presidenciales".

Agregado:

La fiebre del oro está en su apogeo en Guayana. Proliferan los kioscos compra-venta de oro. Miles y miles de estos tarantines adornan a las ciudades de Guayana, incluyendo a El Callao, donde se encuentran las pepitas de oro en las calles. Esta fiebre desplazó violentamente a la fiebre de los animalitos. El gobierno teme que el mal del oro se propagué por todo el territorio nacional. Pregunto: ¿Dónde está el origen de esta fiebre? Será en el Arco Minero. ¿Quiénes son los capos que se están llenando los bolsillos? ¿Después de hacer la entrega de lingotes al BCV, cuántos se quedan en el camino? Mucho más de lo que se entrega, según. Fiscal meta sus narices en el Arco Minero. Encontrará carne de primera. Por cierto, quebranté mi anuncio de que no escribiría hasta el 2018, pero el bendito sueño se interpuso. O sea, la arrechera que invade mi ser, así como a millones de venezolanos. Mejor no prometo nada. Uno nunca sabe. Sobre todo un tipo como yo que se le suelta la lengua, a pesar de llevar el germen revolucionario en mis tuétanos.



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Teófilo Santaella

Periodista, egresado de la UCV. Militar en situación de retiro. Ex prisionero de la Isla del Burro, en la década de los 60.

 teofilo_santaella@yahoo.com

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