Sobre errores, desagravios y el principio de cortesía verbal

Nunca olvido – por oportuna – la frase de un compañero cubano que nos acompañó inicialmente en la implementación del Programa Nacional de Formación de Educadores de la Misión Sucre. Repetía el camarada muy certeramente: Dirigir es establecer compromisos y ceder espacios.

Y ese es, precisamente, el drama de nuestro Presidente: Quienes lo rodean no quieren o pueden asumir compromisos, y a él le cuesta ceder espacios. Una y otra circunstancia parecieran complementarse de manera fatídica e ir desgastando el eje de un proceso que descansa, para bien y para mal, en sus hombros.

Como trabajadora y como activista en las luchas por las reivindicaciones populares, no puedo menos que sumarme a las voces que condenaron sus comentarios en relación con los beneficios contractuales del personal del VTV, no porque ellos no hubiesen surgido de una crítica certera, como muy oportunamente lo demostrara el camarada Ernesto Villegas Poljak en su artículo “Desagravio a un camarógrafo”, publicado por Aporrea el 31/07/08, sino por la falta de cortesía verbal que suele revelar el discurso presidencial, con un coste mayor cuando hiere la suceptibilidad del pueblo.

En el complejo laberinto de la comunicación, resulta oportuno tomar en consideración las últimas aportaciones en materia lingüística que nos hablan de la necesidad de emplear la cortesía verbal como un instrumento de tratamiento de posibles roces en la interacción social, para conservar la imagen positiva del líder. Ello nos llevará a hacer permanente monitoreo de lo que decimos y lo que dejamos de decir, de la validez, relevancia y modo de cada una de nuestras contribuciones verbales, si es que en algo valoramos todos los alcances de este proceso histórico, por pequeños o grandes que nos parezcan, y que hoy podemos disfrutar.

Sin embargo, y volviendo al tema que nos ocupa, convendría referirnos en primer lugar, a la primera circunstancia, la que tiene que ver con la asunción de compromisos y la escasez de funcionarios que estén dispuestos a asumirlos en forma honesta y eficiente. Y en este sentido, también el compromiso central apunta hacia la figura presidencial, quien sin duda es el responsable del nombramiento de los principales gerentes ministeriales. No obstante, es obvio que en nuestro país, muy pocos quieren asumir voluntariamente responsabilidades que tienen que ver simplemente con sus más elementales derechos ciudadanos. Y al que piense lo contrario, simplemente evalúe la participación comunitaria en los consejos comunales o en una humilde junta de condominio.

La enajenación laboral en la que vive el ciudadano promedio, lo hace percibir cualquier actividad que emprenda en términos de beneficios individuales. El “cuanto hay pa’ eso” no ha dejado de ventilarse en todos los lugares públicos de nuestra extensa geografía. Y por supuesto, la gran mayoría de nosotros, no percibe “trabajo voluntario” de altos funcionarios públicos que no hacen vida común con el pueblo, y que no se esmeran por acercarse a los distintos escenarios que coordinan, para evaluar el impacto de sus decisiones cotidianas.

¿Quién duda que el Presidente Hugo Chávez Frías es la principal referencia moral de lucha consciente y desinteresada? Si bien esa es una condición necesaria para ejercer la crítica, no es condición suficiente para asumirla en forma descarnada en contra de uno de los estamentos sociales más vulnerables de la población venezolana. En contraste, la mayoría de los funcionarios que acompañan y acompañaron la gestión presidencial, no sólo han hecho gala de una desvinculación total con la realidad social, sino que disfrutan de inmensas prebendas a pesar de sus desaciertos e inconsistencias ideológicas. En este sentido, tampoco el gobierno nacional ha enviado las señales adecuadas para combatir estos males sociales y evitar la impunidad.

El Presidente, en su afán por ser no sólo el jefe de Estado de un país convulsionado por las apetencias del imperialismo norteamericano, ha intentado convertirse también en el principal comunicador de nuestro país. Quiere hablar y opinar sobre todo, sin que medie para ello una investigación seria en torno a la cantidad, calidad, modo o pertinencia de lo que dice. Y aunque eso no suele afectar negativamente a seguidores fanatizados; sus errores configuran, para el ciudadano promedio, matrices de opinión que pudieran convertirse en bolas de nieve que catapulten (“por ahora” y quizás por una centuria más) las esperanzas de consolidación de verdaderos procesos revolucionarios en nuestra nación y en el resto de América Latina.

Creo que es importante hacernos conscientes de las características del proceso histórico que vivimos. Nuestra realidad política actual descansa en la figura de un hombre, el Presidente, quien tiene en sus manos la ingente responsabilidad de evaluar permanentemente todo cuanto dice y hace. Celebro, por tanto, que muchas voces se alcen – en forma equilibrada y responsable – para requerir del líder ponderación. Celebro también que en esta oportunidad las haya escuchado y haya admitido su error, cuando personalizó en el camarada Castro su descontento por los acuerdos contractuales aprobados por VTV.

Es importante sí, que el resto, es decir, todos aquellos que decimos acompañarlo en los procesos de luchas populares, intentemos imprimirle nuevos matices a este proceso. Y esto sólo será posible a través de la formación de verdaderos equipos de trabajo y de lucha organizada. Difícil tarea también la nuestra, embriagados como estamos de consumo, egoísmo e individualismo. De allí la importancia de espacios de opinión, tan abiertos e impactantes como Aporrea. Creo que Aporrea ha venido convirtiéndose en una referencia importante para medir la aprobación o desaprobación de ciertos procederes gubernamentales. Incluso admitiendo que muchos de los que aquí escriben sean opositores disfrazados de críticos afectos al chavismo. Sus opiniones también son importantes, y en ocasiones, certeras. Este proceso, como muy bien lo han dicho infinidad de “escribidores”, “escribientes” y “escritores”... necesita el látigo de la crítica para ser verdaderamente revolucionario. Y por supuesto, necesita el oído atento y humilde de los hombres y mujeres sujetas a la crítica.

¡Qué importante sería también – como muy bien nos lo apuntaba aquel hermano cubano – que aprendiéramos el arte de “dirigir”, cediendo espacios a personas cuyo discurso sea consecuente con sus acruaciones. Es falso que no existan. Lo que sí es muy probable es que no se encuentren dentro de las clases tradicionalmente privilegiadas de nuestro país.



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Gladys Emilia Guevara


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