Sobre un vendedor de hadas

Debe ser por comunista que no creo en hadas buenas y hadas malas, pero, qué le vamos a hacer, hay gente que sí cree en ellas, y son capaces, además, de distinguirlas. Lo malo es que al hacerlo se coloquen aviesamente del lado de la bondad y supongan que todas las perversidades están del lado opuesto.

Eso le ocurrió al señor Miguel Miguel, curador curado, gracias a su fobia chavista, de la agrafia que padecía, y también dedicado a vender obras de arte en Nueva York. Él, ofuscado seguramente por el calor electoral, le dio rienda suelta a sus voluminosos intestinos al señalar, por el diario Tal Cual, las consecuencias que para el arte ha tenido la ocupación revolucionaria de las estructuras del Estado, antes bajo la sabia y apacible conducción de las hadas buenas.

El señor Miguel Miguel, con su negocio, ha aprendido a diferenciar el trabajo de un “mediocre artista” al que coloca siempre del lado del chavismo con su “oscuridad, su ignorancia, resentimiento e incompetencia” –¡uff! después de eso hay que tomar aire–, del que realizan “los verdaderos valores de la plástica nacional” que sin sonrojo alguno los coloca siempre en el intangible territorio en el que él mismo se mueve. Así su negocio está asegurado.

El señor Miguel Miguel considera una estupidez promover lo que él llama “gente inexperta” a cargos directivos de los museos –le quitó 30 años a mi querida Zuleiva–, quienes, por los adjetivos listados en el párrafo anterior, sólo pueden llegar a ser “personal de mantenimiento” en el paraíso idílico donde antes reinaban las hadas buenas.

Lo que en realidad le pasa al señor Miguel Miguel es que no soporta que ese pequeño paraíso, exclusivo y “de primer nivel” –donde el único rancho que existe es el plagio que el oportunista Vaisman mando a Venecia–, ese arca imaginada como única posible de contener el patrimonio artístico y cultural de la nación, haya quedado desplazada por la gigantesca manifestación cultural que ha echado a andar. La de aquellos que las hadas buenas llaman, eufemísticamente, “los menos favorecidos”. Son los habitantes de los ranchos de verdad.

*Presidente del Instituto del Patrimonio Cultural

y miembro del Consejo Directivo de la

Fundación Museos Nacionales.

jmrr44@hotmail.com


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José Manuel Rodríguez*


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