Derechos humanos y amnistía

Si alguna significación política intentáramos escudriñar en la aprobada Ley de Amnistía, deberíamos ubicarla no sólo en el hecho de que cientos de presos políticos recuperen su libertad o de que nuestros exiliados puedan regresar al país, sin el peso de causas judiciales; se trata, fundamentalmente, de un destello de libertad que nos invita a soñar con un país donde la opinión deje de ser un delito.

Desde hace más de dos décadas el ejercicio de los derechos a opinar, reunirse y disentir ha sido criminalizado por quienes controlan los poderes públicos. La persecución política se convirtió en una herramienta recurrente para silenciar al activista opositor, vaciando de contenido el principio fundamental de la democracia.

El país ha vivido en una constante violación de su propia Constitución, donde la voluntad popular expresada en las urnas o en las calles era respondida con represión y judicialización de la protesta.

Esta amnistía, aunque imperfecta representa un primer y crucial paso para romper con ese ciclo de violencia política. Es el reconocimiento implícito de que el camino de la persecución no lleva a ninguna parte que no sea al abismo de la fractura social.

Para que Venezuela transite hacia un nuevo tiempo político, esta ley debe ser más que un gesto. Debe ser el inicio de una transformación profunda que garantice que jamás se vuelvan a violentar los derechos del ciudadano a pensar y expresarse libremente.

La democracia no es solo un conjunto de reglas electorales; es, sobre todo, la garantía de que la oposición puede existir sin miedo, de que la crítica no se castiga con la clandestinidad o el exilio, y de que la Constitución deja de ser un papel mojado para convertirse en el verdadero pacto de convivencia.

La aprobación de esta Amnistía abre una pequeña, pero vital grieta por la que puede colarse la esperanza de una Venezuela libre, donde la discrepancia sea el motor del debate y no el origen de la persecución. Es una oportunidad para que la política recupere su esencia: la de construir un futuro compartido, en libertad y con respeto irrestricto a los derechos humanos.



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Douglas Zabala


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