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Jefferson y Monroe sostenían la tesis, de que llegar nosotros a encontrar nuestro propio destino, ellos perderían el suyo. Que la grandeza de EE UU debía construirse sobre el dominio y control de nuestros recursos. Por eso sostenían que debían ir tragándose una a una las viejas colonias hispanas; de hecho, se fueron engullendo, primero se cogieron La Florida que debía ser Colombiana, para después darle el zarpazo a México (con el Tratado de Guadalupe Hidalgo de 1848, México cedió el 55% de su territorio, equivalente a más de 2 millones de kilómetros cuadrados, más de dos veces el de Venezuela: los estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México, la mayor parte de Arizona y Colorado, y partes de Wyoming, Kansas y Oklahoma, además de la consolidación de Texas); luego fueron a por Puerto Rico, después Cuba y Nicaragua, y con divisiones y amenazas, acabaron imponiendo sus políticas criminales de sanciones, bloqueos y derrocamientos de gobiernos en todo nuestro continente, hasta cogerse el Canal de Panamá, (arrebatándole ese territorio a Colombia). Es increíble que la teoría del PATIO TRASERO (backyard) hoy lo sostengan con todo el descaro ante un mundo que se mete su lengua en el trasero…
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La cartica de cogerse también Venezuela la tenían los gringos bajo la manga, preparada para el mejor momento, y como aquí gobernaban adecos y copeyanos, con la Doctrina del Procónsul Rómulo Betancourt, entonces la consideraron hasta 1998, como totalmente innecesaria sacarla. Se la quisieron sacar a Chávez poniéndola, eso sí, sobre la mesa, en los días aciagos del golpe del 2002. Ya para 2005, corrió la versión de que Chávez traficaba con droga, y había asumido el mando del supuesto Cartel de Los Soles. También Fidel Castro fue acusado de narcotraficante. Y así se iban moviendo con la fulana cartica, y como todo, por ejemplo, les había salido bien con Manuel Antonio Noriega (que sí fue gran aliado del Norte), pues, la paradita de una invasión contra nosotros, en el caso de Chávez y Maduro admitieron que era la única salida que les quedaba. A Chávez acabaron matándolo. Había luego que salir de Maduro, también matándolo. Se les fue haciendo muy complicado.
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Por lo que entonces prepararon el EXPEDIENTE, publicando carteles por el mundo, ofreciendo $50 MILLONES por su captura,… lo abultaron impresionantemente, movieron sus portaaviones, un submarino nuclear y varios destructores, construyendo así sin ambages alguno, toda la gran evidencia de que realmente el gobierno bolivariano estaba controlado por el gran narcotraficante Nicolás Maduro de manera inobjetable, real, perfecta, neta y formal.
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¡Ah!, si nosotros tuviéramos armas nucleares, otro gallo cantaría. Entonces no se hubieran atrevido. Entonces seríamos democráticos, quizás hasta impolutos y transparentes en todo. Entonces nos respetarían. Pero en careciendo de ellas, a EE UU se le hizo fácil definirnos como ESTADO FALLIDO, como NARCO-ESTADO, como GUARIDA DE COMUNISTAS Y NARCOTRAFICANTES, como GOBIERNO FORAJIDO fuera del orden internacional.
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En cambio, Netanyahu (genocida), Bukele (verdadero narco) y Noboa (verdadero narco), Milei (estafador son monedas digitales) y Mulino (arrastrado hasta las náuseas), pues éstos son ante la civilización Occidental, arrebatadoramente demócratas, sobre-humanamente decentes y tratables, colindando con la santidad más sagrada. Bolsonaro, por ejemplo, además de lindo, llegó a ser para EE UU el más grande estadista de América del Sur. Juan Orlando Hernández (espantoso narco, resultó para Trump un inocente, de los más esclarecidos centroamericanos, con una bondad ética y con una integridad moral equiparable a la George Washington). La señora Dina Boluarte, además de encantadoramente preciosa, constituyó para la justicia norteamericana una vestal, todo un dechado de virtudes republicanas. Iván Duque, ¡un titán como Guaidó! (no un Tin Tan, ¡cuidado!) otro genio fundador de la democracia latinoamericana al nivel también de George Washington y Thomas Jefferson, equiparable a los justicieros neogranadinos de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos.
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Porque si usted, como político y jefe de estado, no se embandera con cuanto ordenen los gringos, pues, estará expuesto a que todos los poderosos medios del mundo lo cataloguen de narco, de dictador y hasta de pervertido sexual. Si usted, por ejemplo, cometió el error de entenderse con Maduro, usted está en la mira del imperio, y de la noche a la mañana aparecerá definido como delincuente internacional o como un aborrecible comunista. En cambio, si usted fue compinche de Jeffrey Epstein, usted será una celebridad para la élite gobernante de Occidente un gran estadista como Trump, como Andrés Pastrana o Óscar Arias.
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Chávez no encajaba dentro de la estricta definición de un presidente para EE UU, y era necesario encuadrarlo como un ogro, como un abominable dictador, tal cual como se hizo con Cipriano Castro. Chávez, por ejemplo, era completamente diferente, en sus ideas y procederes al general José Efraín Ríos Montt, de Guatemala, de marcada posición y actitud fascista, que jamás había tocado a un rico, ni a un solo ladrón poderoso de su país, ni mucho menos se había puesto a criticar a los inversionistas norteamericanos. Ríos Montt era un verdadero ejemplo de cómo debe comportarse un mandatario latinoamericano: nada contra las multinacionales, nada contra las compañías fruteras o petroleras.
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Por una especie de reflejo condicionado, una bandada de intelectuales pertenecientes a la clase de equivalencia de don Mario Vargas Llosa se lanzaron como fieras contra el "dictador" Chávez. Lo que nunca esta banda dijo contra Montt, se lo endilgaron a Chávez, incluso, y lo llegaron a decir cuando éste todavía no había siquiera comenzado a gobernar. Vaticinó histéricamente esta banda (a la que pertenecían además de don Mario, Enrique Krauze, Carlos Fuentes, Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Montaner…) que Chávez iba a clausurar radios, televisoras y diarios; de que acabaría con la propiedad privada y nos llevaría al "mar de la felicidad de Cuba", pero que para eso no se tardara tanto tiempo, era necesarios bloquear y sancionar horriblemente a Venezuela por parte de todo Occidente.
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Decía en 1999, el escritor español, Eduardo Haro Tecglen, criticando a estos intelectuales serviles al libre mercado, que había gente que creía que más demócrata es un emir del Golfo que Sadam Hussein. Claro, lo que buscaban los gringos era "salvar una democracia" que favoreciera los intereses euro-americanos, que entonces estaban depositados en las reservas petroleras del Medio Oriente. El petróleo del emir era demócrata, el petróleo de Hussein es hitleriano. El de Venezuela –decía Eduardo Haro Tecglen- tiene que ser de una democracia corrompida, de unos presidentes ladrones y unos jueces parciales, de unos militares clásicos y de alguna embajada: no es el mismo que administrará el hombre que quiso ser golpista de izquierdas, que ha sido elegido por una mayoría abrumadora y que ha encargado la Constitución a una Asamblea Constituyente –aquí (España) estamos esperando una, mientras los poderes hacen de la antigua una máscara de hierro- que ha sido aprobada en referéndum. De todas maneras, no debemos preocuparnos mucho por él (Chávez): va a durar poco. Puede que menos que Castro. O puede que tenga un cerco, un bloqueo, unos desembarcos, unas amenazas, unas ruinas en la Bolsa mundial, un cierre a sus productos y unas milicias internas que le hagan, como a Castro, ir al desastre. Siempre me quedará la sensación de que una democracia de ladrones y asesinos hay que cambiarla: por otra, si es posible".
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La banca internacional, las grandes transnacionales, se estuvieron preguntando una y mil veces cómo era posible que Chávez ganara elecciones, porque en el Manual redactado por ellos existían maneras para invalidarlas. Ahora con la situación del secuestro del Presidente Maduro y de Cilia Flores se esperan unas elecciones que ahora sí sean limpias, perfectas pero en las cuales, por supuesto, no podrá a volver a ganar el chavismo, porque de volverlas a ganar los bolivarianos, quien resulte ganador será también secuestrado.
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Hace veinte años, EE UU sin vacilación ninguna proclamo que se estaba estudiando el caso Venezuela, para aplicarle lo que se le había hecho a Salvador Allende. O el ejecutado después del triunfo del Frente Popular en España, utilizando, como siempre, a la Iglesia, la banca y el Ejército. O, con algunas variantes, como el ejecutado contra Noriega en Panamá. Para la CIA las únicas elecciones valederas son en la que resultan elegidos políticos que respetan a los intereses norteamericanos.
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Pues, era cuestión de tiempo, el terreno lo estaba preparando el Departamento de Estados independientemente de quien gobernara en EE UU. Por lo que Venezuela. En la Casa Blanca se tenía muy vivo el recuerdo de la "gran ayuda" prestada a Chile por el dueño del diario El Mercurio, Agustín Edwards. Don Agustín se hizo asiduo visitante de la Casa Blanca durante la administración Nixon, y supo aconsejar con certeros argumentos como acabar con Allende. Entre los altos ejecutivos que se iban a encargar del caso Venezuela relumbró el nombre de Gustavo Cisneros. Así como la ITT, trabajó codo a codo con Edwards en Chile prestándole una ayuda fundamental a la CIA, Telcel y Molvinet lo harían a través de don Gustavo Cisneros.
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En el balance del primer estudio que realizaron los gringos, se calculó que para salir de Chávez, si una acción quirúrgica se hacía en los primeros meses de 2001, sólo se requerirían matar a unos mil partidarios del gobierno, pero que a partir de aquel momento, la rata de crecimiento de los fallecidos por una acción liberadora requeriría de unos mil por cada mes que transcurriese. De modo que mientras más rápido se ejecutase el golpe, la invasión o el tratamiento quirúrgico, "menos número de fallecidos". Pero esta acción debía realizarse de modo que el gobierno cambiarse de modelo. Esta era la teoría fundamental del embajador de EE UU en Venezuela, William Brownfield.
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La CIA venía siguiendo los pasos de Chávez desde hacía catorce años, y su dossier era bastante voluminoso: "De piel oscura, aindiado, nacionalista; dentro de las Fuerzas Armadas seguidor de las ideas de Simón Bolívar, ...". El archivo "Films" contenía 18 cintas de video y 185 fotografías que mostraban a Chávez en clase, dando arengas a sus soldados, trotando, inspeccionando armamentos, con multitud de detalles enmarcados en círculos rojos, como manos, cejas, frente, piernas, pecho, boca, ojos, nariz, y distintas expresiones del rostro.
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Ya para mediados del 2000, Washington estaba plenamente convencido de que iba a tener problemas con el nuevo inquilino de Miraflores: definitivamente no era un "demócrata", "se enfurecía con facilidad", "más militarista que civilista" y "con tendencia a menospreciar los consejos de los hombres más eminentes de Venezuela".
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Para los gobiernos de EE UU un demócrata es el que se preocupa por lo que digan los banqueros del mundo con relación a los problemas que aquejan al Estado. Un demócrata es quien procura resarcir los gastos que se hicieron durante la campaña electoral para que llegara a la presidencia, promoviendo políticas que contribuyan a la presencia de inversionistas en el país. El rey de España Juan Carlos de Borbón, por ejemplo, sabía muy bien quién era un verdadero demócrata. Para Washington, el mayor demócrata de América Latina, por ejemplo, era Ricardo Lagos, el Presidente de Chile. Claro, un demócrata tiene que haber sido elegido por el pueblo, pero antes debe sido seleccionado, por consenso, por los empresarios, por los inversionistas extranjeros, porque él no sólo va a regir el destino de su país, sino que debe consultarlo con multitud de socios relacionados con el imperio euro-americano. Por eso Irak no era un país democrático y fue para 2004, cuando comenzó a tener una estructura política medianamente acorde con las exigencias occidentales.