Bajo el sol dorado de la tarde, Juancho Marcano estaba sentado en un.mueble del garaje, mudo y con la mirada extraviada en los pétalos de una orquídea blanca con visos morados que estaba en un tronco de un datilero de su jardín. La flor, imponente y gallarda, parecía ser el único reloj que el periodista consultaba.
Pipo, su fiel perro, que de tanto acompañar a un hombre de periodismo ya entendía de silencios y metáforas, se le acercó lentamente. Al notar que Juancho ni siquiera se inmutaba con el revoloteo de los colibríes, el canino se sentó frente a él y, con ese lenguaje que solo los amigos del alma comparten, lo interrogó sobre su ensimismamiento.
—¿Qué pasa, Juancho? ¿Acaso esa orquídea te está contando algún secreto que yo no escucho? —pareció decir Pipo.
El periodista suspiró y acariciando las orejas del animal, manifestó:
—Son cosas de la vejez, Pipo. Uno se queda así, como la flor, quieto. La edad te va robando la energía, pero a cambio te llena la cabeza de recuerdos. El cuerpo se pone pesado, pero la mente vuela hacia atrás, buscando lo que ya no está.
Pipo, moviendo la cola con sabiduría perruna, lo miró fijamente y replicó:
—Pero Juancho, tú no estás solo, me tienes a mí, tienes tus matas y tus pájaros. ¿Por qué esa nostalgia de nube gris?
Juancho sonrió con melancolía.
—No es tristeza, amigo. Es que envejecer es ir soltando amarras.
Entonces Pipo, recordando las lecturas que el Comunicador hacía en voz alta en el corredor, soltó su sentencia final:
—No se me acobarde, Juancho. Acuérdese de lo que decía aquel Gabo que usted tanto lee: "El secreto de una buena vejez no es otra cosa que un pacto honrado con la soledad". Así que deje de pelear con el silencio y disfrute su orquídea, que aquí estoy yo para cuidar ese pacto.
El periodista sonrió y abrazó a su perro como un aplauso a su lealtad.