Crónicas cotidianas

Guillermo cruzó el portal del Kikirikí

No esperó Guillermo los 59 días que le quedaban para cumplir sus 78, este primero de abril. Ni siquiera quiso esperar los 6 días que faltaban para ver su semanario, Kikirikí, cumplir 66 años, este 23 de febrero. Prefirió partir tras las locuras de su padre, Arturo, poeta, caricaturista, periodista de la vida, que un 23 de febrero de 1958, decidió publicar un panfleto reseñando la cotidianidad de los caraqueños. Ese fue el origen de "el gallito que canta las verdades del pueblo".

Pero Guillermo, ingeniero, militante comunista desde los 15, perseguido por la policía, escondido por los amigos, prefirió saltar de rancho en rancho para que no lo capturaran, en aquella invasión que dio origen a lo que es hoy la avenida Enrique Tejera, al sur de Valencia, buscando los sueños que aún no estaban claros.

Movido por una oferta de trabajo que al final fue un engaño, llegué a Valencia en 1996. Me quedé entonces buscando qué hacer, tratando de encontrar trabajo. Eran tiempos muy convulsos y las manifestaciones se daban todos los días, que siempre terminaban en una brutal represión policial, palos, piernas rotas, gases lacrimógenos y alguna que otra bala que hería o mataba a algún manifestante. En una de esas veces, me encuentro a este señor repartiendo el Kikirikí en plena manifestación. Ya era un periódico y el viejo Arturo había muerto. A quien todos recordaban por haberlo visto por décadas caminando por todo el centro de Valencia con su periódico en la mano. Arturo, su padre, era un soñador empedernido. Su amigo de entonces, Eladio Alemán Sucre, dueño de El Carabobeño, le daba 20 bolívares por cada reportaje que hacía de la Bejuma de entonces, Miranda, Montalbán etc. A su muerte, Kikirikí era un periódico con muchas carencias típicas de la falta de formación en el área. Arturo, además, esperaba lo que le pagaba Alemán

Sucre, para pagar la impresión de su periódico. Cuando murió, una combinación de tristeza, orgullo y admiración por su padre, obligan a Guillermo a mantener el periódico con algunas características medianamente distintas: titular principal, fotografía, etc. Y, además, porque Guillermo decía que, si El Carabobeño y Notitarde hacían dinero, por qué no Kikirikí. Algo que entendió después sobre mafias y bandidaje.

Lo cierto es que estando en esa manifestación, viene una arremetida policial por el lado donde plácidamente conversábamos sobre muchos temas, especialmente Chávez y los militares en la política. Pero tuvimos que correr y cada uno por su lado. Al principio del 99 en otra sampablera por la Cedeño, nos volvimos a encontrar y él andaba con dos jóvenes repartiendo su periódico. Me preguntó que me había parecido el anterior y le hice una serie de observaciones que él oyó con cuidado. ¿Entonces tú sabes de periodismo?

Me comentó. Si, yo soy periodista, le contesté. Tenía una agudeza mental brutal y era groseramente descarado para auscultar a las personas. Veía al mundo en blanco y negro. Era maniqueísta al extremo. Nos dimos teléfonos y un día me llamó para que tomáramos café. Me dijo que asumiera la dirección del periódico, pero lo que me ofrecía era muy poco y yo estaba ocupado en otras cosas. Debo aclarar que ya Guillermo era un exitoso hombre de empresa. Tenía un galpón gigantesco en San Blas, era ingeniero profesor jubilado de la Universidad de Carabobo con un master y un PHD en química hecho en Inglaterra, por lo que también hablaba en inglés. Tenía una empresa que fabricaba sócates, plafones, enchufes y otras cosas eléctricas hechas de cerámica, incluyendo los hornos de cerámica, que los vendía como pan caliente y de donde sacaba dinero para pagar a los empleados, un periodista popular y un fotógrafo a quienes les compró una camioneta para repartir el periódico con tremendo letrero arriba Kikirikí.

Debió ser por el 2005 que me volvió a buscar para asumir la dirección del periódico, luego de una reunión en donde habíamos estado junto con el poeta Gilberto Mora Muñoz, el periodista Mauro Briceño, el periodista Américo Días Núñez, todos fallecidos y el periodista J.R. Izquierdo, quien acaba de cumplir 98 años y ha publicado 8 libros. Por cierto, tuvo la columna más leída y más longeva en El Carabobeño: Cajón de Ideas. Ya para entonces Guillermo tenía una prensa plana donde imprimía el periódico y algunos publicaciones que lo contrataban. Esta vez acepté la dirección y comencé a hacerle cambios para darle una personalidad propia al periódico, creé la columna Binóculo que es la última página del periódico y todavía escribo. Él confiaba en que ese cambió le daría la confianza suficiente al gobernador, alcaldes y empresas del Estado, a que le darían publicidad, porque eso significó contratar periodistas y fotógrafos, más choferes, en fin. Pero Guillermo era uno de esos verdugos que no pedían ni daba cuartel. Entendió que también en el chavismo había mafias y mucha corrupción, que al final lo dejaron solo y nadie lo apoyo. Por esa misma fecha me comentó que estaba hablando con un ingeniero jubilado en Estados Unidos, quien le estaba vendiendo una rotativa. Cuatro meses después, llegaba en partes una rotativa de 16 cuerpos. Me emocionó tanto ver a aquel viejo montarse en los minishovel que entraban al galpón para descargar las partes. Era una chatarra de 40 años de edad que imprimía, cortaba, doblaba y empaquetaba. Era impresionante ver aquel montón de hierro y acero puesto allí y me enseñó unos planos que el gringo le había hecho a la máquina porque los manuales se habían perdido años atrás. Pero el incansable e indoblegable Guillermo no se detendría. Cinco meses después estaba funcionando. Fue la cuarta rotativa en el estado Carabobo. Entonces imprimíamos por primera vez la portada, última página y las centrales a color. La tripa en blanco y negro.

Durante el paro petrolero, dos camionetas y un carro, caminaban casi por todo Carabobo, con la denuncia permanente contra el complot gringo, interconchupado con la burguesía venezolana para derrotar al proceso recién nacido. De sus bolsillos salió el financiamiento de vallas de vinil con una frase que salió de su cerebro y que luego todo el país transmitió: "Chávez somos

todos". Se enorgullecía tanto de haber estado en la tumba de Marx en Inglaterra. "Verga, se fue un guerrero que nos va a hacer falta, porque nunca declinó", me dijo un camarada durante el velorio.

Su genio y figura lo enaltecían, lo que contrastaba con su soberbia y arrogancia de ser el que lo sabía todo. Para Guillermo la verdad era una sola y la tenía él. Peleábamos mucho porque yo le restregaba en la cara que él no sabía de periodismo y eso le molestaba mucho, corrección, le arrechaba.

Pero teníamos conversaciones muy profundas. Una vez le dije que estuve ocho meses estudiando el capítulo de El valor en El Capital, y que no había entendido un coño. Un año después, me dijo que había leído El Capital y que me podía explicar el capítulo de El Valor. Había significado un reto para él.

En realidad, llegamos a un nivel en que me encantaba hacerlo arrechar. "Tu tienes que entender que esa ingeniería que estudiaste hace 50 años, ya no sirve para nada. Y tú no sabes nada de la nueva ingeniería, hermano", le decía para picarlo. Eso lo hacía hervir, jajaja. "Qué plástico del coño, la química hoy es otro vaina Guillermo. Ese PHD no te sirve para un coño hermano", imaginen a un personaje de ese calibre, que creía que lo sabía todo, decirle eso. Y yo era la única persona que se atrevía a decírselo. Al final le renuncié, pero seguí escribiendo Binóculo. Lo visitaba con regularidad o nos veíamos en algún café. Varias veces fue a mi programa de radio "Aquí no es así". Hablábamos de filosofía, de la tierra, del hombre, de los extraterrestres, del genoma humano, de la cadena ADN.

Hace tres años me llamó para que volviera a dirigir Kikirikí en una nueva etapa y accedí. Pero ya no había recursos. La fábrica de plafones de cerámica había sido derrotada por la poderosa industria china que hace todo casi a precio de regalo… y todavía ganan. Y volvimos a retomar nuestros encuentros. Hace dos años me dijo que le recomendara una página buena y yo le recomendé la Red Voltaire, que creo es uno de los mejores portales que existen. Pero ya estaba enfermo, la próstata le estaba jugando una mala

pasada. Después de la operación, vino el principio del fin hasta el sábado 17 que decidió partir a las 8:04 de la mañana. Minutos antes le dijo a Guillermo Eloy, su hijo mayor, "tengo el cuerpo descoñetado, pero tengo la cabeza fina". Signo de que tenía la lucidez intacta.

No conozco a nadie que le haya ganado una batalla al cáncer. Se reponen por un tiempo, pero al final la enfermedad regresa. Afortunadamente los rusos acaban de anunciar que están a punto de crear una vacuna. Alguien diría que es una enfermedad del apocalipsis.

Al final, es mis conversaciones con él, pude percibir que había aceptado algunas premisas que 10 años atrás era impensable que Guillermo Linero las aceptara, como el hecho de que la tecnología nos pasaría por encima. Cinco años atrás, con su pequeña hija de 4 años, conoció al Chavo del 8. Me comentó que para él no había algo que le pareciera tan bueno, hasta que tuvo que sentarse con la hija a ver El Chavo y también se reía. Creo que siempre pensó que reírse era un delito.

En realidad, siento que debió tener más tiempo para continuar derrochando su genialidad, incluyendo su época de agricultor y de criador de gallinas y cochinos. Pero esa gran capacidad fue desaprovechada por el gobierno nacional y por el chavismo dirigente que lo odiaba por su forma de ser. "Hoy te levantaste y te tomaste una cucharada de ácido de batería", le dijo uno de sus amigos un día. Porque así era Guillermo. Es posible que hasta pensando en ser un genio, se haya hecho el muerto, aunque lo cierto es que este domingo 18 fue cremado en compañía de sus amigos y sus seres queridos. Allá nos veremos hermano… Algún día.

Rafael Rodríguez Olmos

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Rafael Rodríguez Olmos

Periodista, analista político, profesor universitario y articulista. Desde hace nueve años mantiene su programa de radio ¿Aquí no es así?, que se transmite en Valencia por Tecnológica 93.7 FM.

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