Luna menguante

Justamente hoy, día de mi cumpleaños, estuve observando la luna menguante, muy temprano en la madrugada.

Menguante porque está desapareciendo a nuestra vista, pero solo es un efecto óptico para nosotros. La luna terminará oscureciendo porque la luz del sol no llegará a la cara que nos muestra. Así debe pasar en la muerte: no nos seguirán viendo, pero estaremos ahí, impertérritos, pausados, en oscuridad, pero recibiendo otra luz que no la de nuestro gran astro. Espero sea mejor, que no queme, ni traiga rayos infrarrojos, que caliente suavemente como una caricia, dándonos otra energía, la energía del espíritu, para seguir volando entre las estrellas.

Uno se da cuenta que ha envejecido porque disminuye la importancia hacia tu persona por parte de los seres queridos. Ya no estamos en la punta alta de la curva, estamos en descenso, irremediablemente. Más rápido o más lento, todo depende de nuestro ánimo también, no solo de los años que están ahí, sintiéndolos en cada hueso de nuestro cuerpo, en cada músculo que sonríe agradecido al descansar sobre la cama.

Los años están ahí, en las historias que ya nadie quiere escuchar, en los cuentos y consejos que se evitan, se minimizan, porque todo lo anterior ¿no sirve?

Ya no hay tiempo, apreciado regalo, tesoro de vida, para nosotros. Pedí pocas cosas que significaban una dedicación de tiempo, acciones, pequeños actos que me harían muy feliz. Los pedí explícitamente:

  1. Llevar e instalar un escaparate italiano años 50 al lugar que estoy preparando como mi taller de manualidades.

  2. Comprar y sembrar en mi jardín dos matas de jazmín, para que el olor de las flores me inebrie en las largas horas, lentas y serenas, que pretendo pasar en mi hogar. También dos matas de trinitarias cuyos colores alegren mi vista, mis días, mis espacios.

  3. Vernos una película juntos, el Gatopardo de Visconti, tranquilitos en la serenidad que nos ofrecen estas paredes.

  4. Una rica torta de cumpleaños.

Gracias a mi hijo mayor que anda en la moda de preparar exquisiteces para la familia, tendré un rico pastel Tiramisú. Justamente lo que necesito, algo que me palanquee y me tire "sú", arriba, que no me deje pasar más tiempo de lo necesario en la cama, que me levante no solo el cuerpo sino principalmente el espíritu, que alivie mis dolores y recuerdos, que su dulce alegre ese momento fugaz, aunque la diabetes subirá campante.

Pero.. ¿y mis otros deseos? No hay tiempo, no hay disposición, hijos ya adultos con sus tareas y compromisos que adquieren cada vez más importancia lejos del ser quien les dio la vida. ¿Armar un escaparate? Muchas horas, mucho esfuerzo. ¿Ir a un vivero y comprar unas matas? ¡Tiempoo! ¿Sembrarlas en mi jardín? Algún día mamá, lo haremos más adelante.

Y así no me queda sino esperar el momento de picar la torta cantando la canción de cumpleaños ¡sólo esa! que compuse con mi hijo pianista hace ya muchos años.

Por ahí llegan los mensajes de la familia cercana y amigos, muy pocos en verdad, que no deseo leer, no hoy, pues últimamente, desde hace ya meses, he agarrado fobia a las manifestaciones afectuosas en relaciones digitales. No deseo saber nada de abrazos virtuales, cariños desde lejos, buenos deseos en el aire cibernético. Ya no. Me cansé. Me niego a resignarme a la transmisión inalámbrica que soñó algún día el genial Tesla.

Estoy en un momento de la vida en que necesito el calor, el verdadero calor de los abrazos y la dulzura de un beso, la suave pero firme presión de una caricia, la sonrisa del ser amado mirando profundamente mis ojos intentando descifrar mis sentimientos, el brazo del otro para ayudarme a vencer la gravedad de subir unos escalones cuando las rodillas empiezan a fallar. Tiempo para mí, cercano, sentados en una poltrona cómoda, contándonos historias, esperanzas, metas cumplidas, aprendiendo juntos y así buscando la sintonía en la conversa, el regocijo del alma.

Busco el tiempo de otros para hacer lo que ya mis fuerzas no me permiten, porque tengo miles de ideas en la cabeza que quiero, debo realizar, pero necesito del otro. A mi madre a quien recuerdo hoy con especial devoción, le gustaba mucho una canción de iglesia, que decía, entre otras frases: "que mis manos descansen a otros". Ya estamos pasando de esa fase de aliviarle las tareas a otros. Tristemente es así, pero al mismo tiempo, con mucha alegría pues hemos usado nuestras manos en abundancia para los demás, nuestros seres amados, y ahora a través de estas letras, tratando de hacer contacto con los amigos invisibles del recordado Uslar Pietri.

Pero no todo es nostalgia, saudade y anhelos: esta mañana bien temprano realicé mi hora de caminata y ejercicios de estiramiento de los cuales depende mi columna para ser feliz. Me propuse aumentar la frecuencia para retrasar cada vez más los signos de la tercera edad, llegar a vieja parada (si, vieja, aunque por elegancia se suele sustituir por sinónimos para que duela menos) , derecha, sin joroba, con la frente en alto. Y no abultar las finanzas de las clínicas. Para nada.

Eso sí, caminé y caminé cien, mil pasos, sintiendo el cálido sol de Caracas en enero, la brisa fresca de la mañanita y, gracias a los audífonos, la música de piano interpretada por mi hijo. La que más me representa La Vita é Bella. Se las copio para que también la disfruten, en un día como hoy, muy especial para mí.

Postdata: esta interpretación no es la mencionada de mi hijo. Les aseguro que me gusta mucho más la de mi primogénito.

https://youtu.be/QP4bVeRP1To?si=uiVoGjqLDPkEiCtH











 



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Flavia Riggione

Profesora e investigadora (J) Titular de la UCV.

 flaviariggione@hotmail.com

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