Tributo

"Escucha, ahora escucha a los marineros llorar. Huele el mar y siente el cielo. Deja que tu alma y tu espíritu vuelen hacia el místico"

Van Morrison.

En estos tiempos de extrañas ausencias, de incompresibles ausencias, de inexplicables e inesperadas ausencias, quiero desde mi más profundo sentir, regalar a quien quiera recibir, un escrito que como un bálsamo permita a quienes hayan pasado por esta dolorosa circunstancia, ver la muerte como un acto absolutamente lógico, natural y necesario como la vida misma.

Que de repente la naturaleza de las circunstancia como nos sobreviene, nos toma descolocados y por momentos nos deja perplejos, es probable. Sin embargo luego de esta primera reacción, debemos racionalizar todas las situaciones y comprender que es solo una condición simple de la misma, además de inevitable en el tiempo.

Voy a tomarme la libertad con el permiso de ustedes de contarles un poco de mí, de mi experiencia con ella.

Quienes me conocen de cerca saben que he convivido con la muerte con una proximidad muy cercana desde muy joven. Desafié algunos pronósticos de gente de ciencia que tuvieron el atrevimiento de colocar fechas probables al fin de mi existencia, en abierta contravención a los designios de un Dios al que considero mi pana, y desde entonces la hice mi compañera, tanto que desde hace mucho tiempo escribí lo que me gustaría dijera la lapidad donde estarán depositados mis despojos, para las cordiales visitas desde la memoria, de los que tuvieron el atrevimiento de quererme.

Dice así:

Sin despedidas. Sin tiempos. Sin nostalgias. Para quien supo vivir la muerte es una reafirmación de lo vivido.

Como hombre de mar, también quiero contarles como en esa vida se practicado desde hace muchísimo tiempo entre nosotros, un ritual que hoy no se usa tanto, pero que subyace en nuestro ser mas intimo como una situación aceptada. Y que me gustaría pensar que todo aquel que se haya marchado, lo hubiera podido ver de esta manera.

Solo hay un tablón entre un marinero y la eternidad, dice Thomas Gibbsons en referencia a la simplicidad de esa ceremonia fúnebre, sin embargo para el difunto este sería su más caro anhelo, el cual diría

Ruego a Dios que me permita morir entre ustedes y allende a las tierras firmes. Que mi coy sea mi coraza y mi seguridad profunda mis dos balas de cañón que me he ganado con la destreza de mis rudas y encallecidas manos, campeando poderosas tormentas. No olviden colocar bajo mi lengua, el óbolo que me liberara de vagar cien años sin destino cierto por caprichos de Caronte, antes de que hábil tejedor de las grandes velas, al coser mi mortaja, atraviese con su afilada aguja mi nariz junto a las orillas del tapiz que me abrigara noches frías y cálidas, como ultima puntada de mi enclaustrada túnica.

Dejen que con mis ojos muertos pueda mirar por última vez el infinito cielo en esta serena noche, sobre esta cubierta de noble madera, extraída como aporte de legendarios arboles de desconocidas tierras, abrigado en esta oportunidad con la bandera de mi patria, con que asume mi vida y mi muerte de hombre de armas entregado a su servicio. Sé que sin temor veré pasar ante mis ojos, todas las travesías de puerto a puerto, de besos a besos, de sonrisas y de adioses, para anhelar con desesperación la llegada de la alborada y que la campana toque muerto, con la solemnidad requerida por mi memoria. No permitan que los demonios copulen su corazón por estar expuestos al dolor por mí partida viejos lobos marineros, y que las tres cargas de pólvora los espante presurosos nuevamente a sus impenitentes avernos.

La reluciente y broncínea trompeta debe tañer a favor del viento impulsadas notas de vida, expelidas desde el corazón y pulmones del nuevo marinero, con la fuerza necesaria de aguzar el oído para recordarme la promesa de volver a escuchar su sonido poderoso, tañida por San Miguel Arcángel anunciando una nueva resurrección a las tranquilas aguas de sal y vientos de otra vida.

Compra sin mezquindad mis pertenencias, rematadas a ustedes por mi capitán, que serán el último tributo a mi mujer y mis hijos, huérfanos de siempre en cada despedida, solo que esta, estará llena de eternidad. Luego mis mejores amigos, que son todos ustedes deslicen con fuerza sobre la cubierta mis despojos y lo lancen al vacio de plenitud donde me espera amorosa mi eterna amante ..La mar buena.

Paz y bien.


 

 



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José Gregorio Palencia Colmenares

Escritor, poeta, conferencista y articulista de medios

 vpfegaven@gmail.com

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