El fondo del problema

"Así es Nuestra América ante el desafió del crecimiento, ante el reto de poderío. Tal es el fondo del problema. Ya no es cosa de números, sino de inteligencia. ¿Qué fuerzas políticas, qué ideas y qué hombres conseguirán el cambio?"

¿Cómo van a poder cumplir esta misión con una política exterior que persigue designios criminales, que pone en juego prejuicios nacionales y dilapida en guerras de piratería la sangre y las riquezas del pueblo? No ha sido la prudencia de las clases dominantes, sino la heroica resistencia del pueblo a la criminal locura de aquéllas, la que ha evitado Nuestra América el verse precipitada a una infame cruzada para perpetuar y propagar la esclavitud. La aprobación impúdica, la falsa simpatía o la indiferencia idiota con que las clases superiores han visto a EE.UU. apoderarse del baluarte de Venezuela; las inmensas usurpaciones realizadas sin obstáculo por esa potencia bárbara, cuya cabeza está en Washington y cuya mano se encuentra en todos los gabinetes de Suramérica, han enseñado a los gobiernos el deber de iniciarse en los misterios de la política internacional, de vigilar la actividad diplomática del gobierno de Venezuela, de combatirla, en caso necesario, por todos los medios de que dispongan; y cuando no se pueda impedir, unirse para lanzar una protesta común y reivindicar que las leyes neoliberalismo, sean las leyes supremas de las relaciones entre las naciones de Nuestra América.

Solamente el egoísmo no quiere ver que la historia debe cambiar actualmente el estado de guerra en estado de paz y de trabajo de todos para todos, si no se quiere arruinar y perder todas las conquistas del pueblo. Más las clases dominantes han perdido todo sentido moral, todo sentimiento de la dignidad humana; cambian cada día los principios de la justicia contra los beneficios del dólar o la gracia de los opresores de la humanidad. La regeneración, por lo tanto, debe venir de abajo, del pueblo, de la plebe tan despreciada, y desde tanto tiempo. No es más que por medio de la emancipación. Todo hombre y mujer debe trabajar para el bien común y participar en los bienes de la naturaleza y de la comunidad. Todo hombre y mujer trabajando con sus manos o con su inteligencia es obrero.

Este pensamiento debe darnos la fuerza para remontar todos los obstáculos, soportar las más duras pruebas; nos debe consolar de todas las miserias de los tiempos presentes. Hace falta que veamos claramente el fin que perseguimos, hace falta que rompamos el triple yugo que nos oprime y oscurece nuestra vista. El yugo de la fuerza brutal; el yugo del dólar sin piedad ni conciencia; el yugo de los prejuicios hereditarios. Hace falta comenzar por romper el último, que es el que se adueña de nuestro propio interior. Hace falta que conciliemos nuestras ideas sobre el derecho y la moral con los graves principios de nuestros fines: la realización de la justicia sobre la tierra. Como nuestro propósito es grande y puro, los medios para alcanzarlo deben ser puros. Nos hace falta ser firmes en nuestros propósitos; nada de compromiso, nada de concesiones.

No hay que engañar al pueblo con las promesas ilusorias de otro mundo, sino decirle la pura verdad sobre las causas de su situación, enseñarle las grandes verdades filosóficas y científicas que tanto tiempo ha ignorado.

—Nosotros no conocemos otra divinidad que el gran ideal que nuestra razón nos presenta; nosotros no conocemos otra fe y ley que el poder creador de la razón humana. Es así como nosotros llegaremos a alcanzar nuestro fin: la realización de la justicia sobre la tierra.

¡La Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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