La muerte de Crescencio López

La vida da muchas vueltas sin que nadie lo perciba, y sin saber quién da la orden, pero en el pueblo de Sabana Grande nada se mueve sin el visto bueno de Crescencio López. Él, por mandato divino, es el dueño absoluto del poblado. El pueblo no respira por sí solo, respira a través de los pulmones del manda más. ¿Quién le dio ese poder a Crescencio? Se lo dio el tiempo y la costumbre, las marramuncias en el arte del juego del ajiléis, y la acumulación de cabezas de ganado, un caballo brioso, con montura repujada, y un revolver negro bailándole en el cinto.

Rosendo Caigüiré, último jefe civil puesto por Crescencio tiene su historia que contar. "Miren, ustedes crean mi historia, o no, esto pasó en Sabana Grande, en tiempos ya pasados y sepultados por el polvo de la calle real. Él me encontró en la quebrada, dándole de beber agua a un caballito viejo de mi propiedad, y me dijo: "Rosendo, caray, Rosendo, se te pasó una: no me pediste permiso para darle de beber a ese moribundo, y tú, sabes que soy el dueño de la quebrada. Y yo te voy a pagar tu error nombrándote jefe civil. Anda, Rosendo, recorre la calle de arriba abajo y anúnciate como el nuevo jefe. Y está noche nos vemos para darte unos lineamientos".

"Cuando me reuní con él, me entregó un rolo de mando, y me dijo: "Nombra de policía a Pancho Gómez, y le dices que tengo que hablar con él".

"Mi primera acción, como nuevo jefe civil, fue atender un caso donde el protagonista era el propio Crescencio López. En una partida de ajiléis con Eustoquio Lara, se había formado una trifulca porque Eustoquio se había levantado de la mesa airado disque por una trampa por parte de Crescencio. "A mí no me vas a robar mi ganado, carajo, yo gané de mano con 41, y no lo reconoces porque perdiste. A ti no te gusta perder", y en un abrir y cerrar de ojos, Crescencio López saco el revolver negro y le dio un solo tiro a su oponente. Pero dicen que no murió del tiro, sino del susto. Y tuve que dejar libre a Crescencio, hasta que sucedió aquello".

"Calle arriba, calle abajo se dice que las 300 cabezas de ganado que poseía mi jefe en un potrero de buen pasto, era el producto del juego de ajiléis con las cartas españolas, muchas reses para un pueblo tan pequeño. Nunca habían visto trabajar a Crescencio en nada. El llegó de El Rastrojo, y que, huyéndole a un tal Erasmo Pacheco, por cosas de juego, y se había refugiado en Sabana Grande, donde se hizo dueño de todo, en un ratico nada más. Eso decían. A mi no me costa porque yo llegué al pueblo, sin mujer y sin aperos, y ya la fama de Crescencio López corría con las aguas de la quebrada y se perdía en un confín del llano profundo del estado Guárico".

"Fue cuando me hice su "amigo". "Don Crescencio, ando buscando trabajo de lo que sea, pero soy ordeñador de gran fineza y sabaneador con experiencia". Me dijo: "El que trabaja para mí, se casa conmigo, ¿me entiendes eso?". "Y así fue como comencé a trabajar hasta que un día llegó y me dijo, medio gritado: Rosendo Caigüiré, te nombro jefe civil de este pueblo… Eso fue unos pocos días antes que aquella desgracia sucediera".

Erasmo Pacheco, no era tan pendejo como lo había creído Crescencio. Él había ganado fama también en el poblado de El Rastrojo, unos cuantos kilómetros de Sabana Grande, donde se rumoreó que se había echado a más de uno al pico. Y había hecho huir a Crescencio, sin llevarse siquiera una muda de ropa. El tiempo no le dio para tanto. Por eso cuando llegó a Sabana Grande no tenía donde caerse muerto. Hasta ese día.

Nadie supo de donde salió Erasmo Pacheco, escopeta en mano: "Crescencio López", retumbo el eco, en la curva del camino. "Que salga la voz, del escondite", repico el aludido. "Aquí estoy con voz y todo, desgraciado, parado como un hombre. Tenía tiempo sogueándote. Me aguante un tiempecito para que las aguas se normalizaran, pero mi venganza andaba cerquita. He venido a cobrarte aquella ofrenda de El Rastrojo. Y ahora, te lo aseguro, no podrás huir, como aquella vez, y menos seguir robando a los demás en tu juego sucio.", concluyó el jefe civil.

El caballo de Crescencio López relinchó. Y se movió de lado. Dejando ver el revolver negro, como la noche. Su dueño movió la mano, pero no tuvo tiempo de empuñarlo. Un tiro certero le partió la cabeza en dos. El hombre cayó hacia un lado. Una de sus piernas quedó enganchada en el estribo. Erasmo Pacheco, disparo hacia el cielo, y el caballo se encabritó y echó a correr con su carga arrastra.


 



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Teófilo Santaella

Periodista, egresado de la UCV. Militar en situación de retiro. Ex prisionero de la Isla del Burro, en la década de los 60.

 teofilo_santaella@yahoo.com

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