Muerte de pena

Tendemos a confundir justicia con venganza.
David Kaczynski, hermano de Ted Kaczynski, el Unabomber

¿Por qué matamos a quienes han matado a otros? ¿Para demostrar que matar está mal?
Norman Mailer

Los argumentos contra la pena de muerte son clásicos unos y sabios todos:

* No atempera al criminal ni alecciona al inocente.
* No reduce la criminalidad.
* Envilece aún más al delincuente.
* Solo jueces infalibles pueden aplicar la pena de muerte (Dios en este caso, que, me han asegurado, es el único infalible, condición bastante lejana de nuestros jueces).
* Basta un solo inocente ejecutado por error o malevolencia para invalidar el supuesto beneficio de la pena de muerte (¿imaginas los últimos minutos del inocente ajusticiado, que, además, sabe que el culpable queda impune?).
* Solo se castiga a los deudos del ajusticiado, quien deja de sufrir al morir.
* Matar al asesino es ponerse en su mismo papel, pues las razones de dar muerte son cuestión de punto de vista: al asesino pueden parecerle muy justificados sus motivos, tanto como a nosotros los nuestros para matarlo.
* La sociedad avala la violencia como medio de interrcambio entre los seres humanos.
* Ya la policía venezolana, entre otras, aplica de hecho la pena de muerte.
* «¿De qué sirve la pena de muerte cuando se le aplica a un suicida?; ¿ello no será un incentivo para otros suicidas?» (Fernando Fernández, McVeigh y la pena de muerte.

Los argumentos en favor no son más convincentes que estas objeciones. El único que se suele ventilar —su carácter disuasivo—, es mentira, pues hay más criminalidad donde hay pena de muerte.

Lo interesante es cómo, a pesar de esos argumentos, hay gente que insiste. No se trata, obviamente, de una actitud racional, sino de una reacción emocional. Las reacciones emocionales no tienen nada de malo en sí mismas. Eso depende de la calidad de la emoción y del emocionado. Desde el amor de madre hasta el apetito desmedido de nuestros forajidos financieros tenemos una gama de emociones que va de lo más noble a lo más abyecto y estéril. Me parece despreciable y cínico —es una opinión— desesperar a la población aplicando y convalidando políticas económicas desastrosas, y proponer la pena de muerte cuando enceguece a una delincuencia monstruosa, como era obvio que tenía que cundir. La perversidad humana es infinita. Por eso hay quien ha propuesto comenzar ajusticiando a la economista y senadora esa que propuso la pena de muerte. Yo no, pues no deseo la muerte ni a personas como ella.

En Venezuela —es nuestra larvada guerra civil— se cometen unos 300 asesinatos por mes en distintos lances. ¿Los integérrimos promotores de la pena de muerte proponen trescientas ejecuciones mensuales? ¿Seiscientos muertos entre asesinados y ajusticiados? ¿3.600 al año? Tal vez más, pues en un asesinato pueden participar varios.

Me dirán que es solo para los «crímenes horrendos» (así los llama la dama proponente, que ahora veo que amén de economista es esteta). ¿Pero cuántos crímenes «horrendos» se cometen al mes? ¿Doscientos, cien? ¿Diez? ¿Uno? ¿Uno cada dos meses? Vamos... En el supuesto negado de un método estético y objetivo (¡vaya concepto propio de un Kant demente!) de calificar algo de «horrendo», no se cometerán más de diez al año, digamos. ¿Para qué entonces pena de muerte? ¿No son ya horrendos 30 años de cárcel, nuestra pena máxima, en cárceles cuyo carácter infernal ha sido permitido por personas del mismo cariz de la senadora que propone matar a los criminales?

El propósito de la pena capital no es disuadir, ya se sabe. La verdadera finalidad es hacer natural un clima moral de odio que gente llena precisamente de odio instaura con la pena de muerte: la soberbia de matar porque nosotros sí somos justos y el ajusticiado un bellaco. Y exaltar nuestra imbecilidad comunal, tan presta a apoyar bestialidad tanta. La sociedad bienpensante además se lava de toda culpa con esas ejecuciones, pues sacrifica a unos cuantos y deja intactas las causas de la criminalidad. Y el envilecimiento, el clima autoritario y brutal que se genera cuando sentimos que en algún lugar (nos) espera una silla eléctrica, guillotina, jeringa venenosa, horca, hacha, cámara de gas, garrote vil, fusilamiento, degüello... (por cierto, ¿qué modalidad de ejecución propondrá la senadora esa?). El problema es que nada más discutir esto nos hunde en esa abyección. Ya el mal está hecho, henos aquí yo prosando estas palabras y tú leyéndolas. Otra más nos debe la señora esa, tan cristiana.


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Roberto Hernández Montoya

Licenciado en Letras y presunto humorista. Actual presidente del CELARG y moderador del programa "Los Robertos" denominado "Comos Ustedes Pueden Ver" por sus moderadores, el cual se transmite por RNV y VTV.

 roberto.hernandez.montoya@gmail.com      @rhm1947

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