El problema del cacerolazo

No puedo creer que estoy abriendo el tintero y mojando mis plumas, para criticar el uso de las ruidosas cacerolas en Venezuela, que se utilizan como mecanismo de protesta supuestamente pacífica, para demostrar el descontento popular de la gente hacia una problemática sin resolver, siendo la práctica del llamado "cacerolazo" una pobre defensa mediática, que utilizan muchísimos venezolanos para denunciar la grave crisis socio-política del país.

¡Oh Dios mío, qué bajo he caído!

Realmente me duele el alma atormentada. Creo que necesito tomar un año sabático, creo que necesito a una prostituta que sepa jugar con la Ouija, y creo que necesito una ducha bien caliente debajo del ombligo.

¡Por favor! Un príncipe como yo, dedicándole tiempo de mi preciosa vida, a un fenómeno social tan mediocre y tan insensato como el cacerolazo. De verdad que perdí el juicio, y pido perdón a las musas del Universo que leen mi rayuela.

Pero no importa, ya estoy bien metido dentro del tubo de la cañería, y para salir ileso de la suciedad espiritual, tengo que defenderme con el hocico, con las cuatro patas, y con una explosiva cacerola que desafina hasta en la sopa.

Según los cuervos, los cacerolazos venezolanos pertenecen a la clase media.

Según los chacales, los cacerolazos venezolanos pertenecen a la clase alta.

Según los gringos, los cacerolazos venezolanos pertenecen a la clase baja.

El problema no radica en la clase, porque cualquier animal amaestrado o analfabeto de Venezuela, puede aprender a tocar el piano con una sola clase.

El problema radica en la clase de animal venezolano, que utiliza una cacerola para romper el piano, y que vende el piano roto para comprar más cacerolas.

Sinceramente, yo no sé para que malgasto mi intelecto, escribiendo un artículo sobre las cacerolas venezolanas, pero no entiendo cómo es posible que existan descerebrados animales venezolanos, capaces de agarrar una cacerola de metal y martillarla repetidamente con una cuchara, con un cuchillo o con un tenedor, pensando que con esa ilógica expresión de rabieta pueblerina, se podrá exigir un cambio positivo dentro del escenario socio-político de Venezuela.

Yo creo que hasta los sumerios se cagarían de la risa, si supieran que los venezolanos utilizan una cacerola para ganar una batalla, y creo que si los venezolanos supieran quiénes son los sumerios, no se comportarían como cavernícolas más antiguos que los Hermanos Macana.

El chistoso problema tiene nombre y apellido: ignorancia existencial.

La gentuza venezolana piensa que estremeciendo el metal fundido de una cacerola, podrá encontrar la medicina para curar el cáncer, podrá construir la aeronave que romperá los anillos de Saturno, y podrá derrocar al gobierno democráticamente establecido en Venezuela.

Las cacerolas pueden sofocarse, pueden calentarse y hasta pueden quemarse, pero por muy alto que sea el punto de ebullición, al final, la cacerola se enfriará con el paso del tiempo, o desaparecerá sin dejar cenizas en el Cosmos.

Una cacerola es un objeto tan trivial como tribal, que podemos manipular a nuestra propia conveniencia, y que no tiene la suficiente autoridad para elegir su propio destino.

¡Qué tristeza! Como venezolano lamento reconocer, que compatriotas tienen estiércol en lugar de neuronas, y por eso pueden protestar con una cacerola en sus manos, esperando que los reyes escuchen el rechinante lamento borincano, y decidan entregar voluntariamente el trono para complacencia de sus esclavos.

Escandalizar las calles al mando de una enfurecida cacerola, no puede generar un cambio positivo en ningún país del Mundo. Por el contrario, el persistente golpe de cacerola produce dolor de cabeza, produce contaminación acústica, produce cansancio corporal, produce episodios de ansiedad, produce insomnio, y produce un histérico escándalo más ridículo, que el silencio precedido por la espalda.

Cuando finaliza el huracán del cacerolazo venezolano, nos percatamos que seguimos con las manos vacías, pero ahora nuestros dedos se enrojecieron por tanta eufórica inconciencia ciudadana, que durante su incontrolable torbellino audible en altísima definición, solo despertó los ladridos de los perros de las calles, solo despertó el vómito del vecino enfermo que sigue sin curarse del cáncer, y solo despertó el vicio de la estupidez en el discernir de los venezolanos.

Hay tanto pendejo resonando una cacerola en Venezuela, así como hay tanta pendeja resonando una cacerola en Venezuela. Dios les regaló un par de piernas en almíbar, pero ellos y ellas se acostumbraron a usar un par de picos en la calle.

Por eso, los venezolanos no sienten vergüenza de retumbar el metal de las cacerolas, y yo realmente siento lástima de la gentuza venezolana, que regala la última gota de dignidad en la vida, solo para ahogarse en el desierto inconstitucional del vibrante cacerolazo.

Tengo que ser sincero y confesar un secreto. Una persona venezolana que decide protestar con una cacerola, es simplemente basura.

Cuando escucho el sonido de la cacerola protestante en las calles de Venezuela, no puedo evitar que mi voz interior exclame: ¡Dios, mátalos sin piedad!

Hay mucha basura mundana en Venezuela, y no es casualidad que el reguetón siempre se escucha antes y después del cacerolazo. No se escucha el revolucionario Himno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela, y no se escucha la mejor canción latinoamericana de Alí Primera, porque solo se escucha la cochinada musical del insoportable reguetón.

Generalmente la estupidez de los cacerolazos, se acompaña con el uso de la fortísima pirotecnia, para sentir que estamos ardiendo en el fuego de la guerra emancipadora venezolana, y cada valiente guerrero venezolano que desenfunda su cacerola, piensa que merece ser endiosado por su heroica hazaña en el país.

Los medios de comunicación privados en Venezuela, se encargan de estimular el golpe de cacerola en las calles venezolanas, filmando en vivo y directo el martilleo de las patéticas hormigas, cuyos brillantes rostros aparecerán en los noticieros de la televisión, para que Globovisión siga automatizando la fabricación de nuevos héroes en el país, quienes solo necesitaron el efímero poder de una cacerola, para obtener algo más que cinco minutos de fama.

Con tan poco se puede ser un héroe, y con tantas lágrimas sin capa ni espada, he llorado la impasible mediocridad del pueblo venezolano.

Ya hemos visto que con el poder de una cacerola venezolana, la señora María puede hervir el agua llena de zancudos en la cocina, mientras sigue lavando los calzoncillos hediondos de su marido, y con el poder de una cacerola venezolana, el señor Pedro también puede encolerizar los decibeles de la violencia, mientras grita insultos al prójimo con el espejo roto de la taciturna noche.

Obviamente la señora María no sabe qué significa encolerizar, y obviamente el señor Pedro no sabe qué significan los decibeles, pero lo que siempre sabe hacer la señora María, es agarrar una cacerola y chocarla con bastante arrechera por las calles venezolanas, y lo que siempre sabe hacer el señor Pedro, es replicar los metales con sus uñitas curtidas de cigarrillos y aguardiente.

La señora María, no merece el título honorífico de Señora, pero seguirá siendo señora hasta el fin de sus días.

El señor Pedro, no merece el título honorífico de Señor, pero seguirá siendo señor hasta el fin de sus días.

Una cacerola para la señora María, una cacerola para el señor Pedro, y seguro que los cacerolazos venezolanos, serán perpetuados de generación en generación.

He allí el verdadero obstáculo que coteja la sociedad venezolana, en aras de evolucionar el paupérrimo discernimiento, que se manifiesta en pleno siglo XXI.

Sabemos que los niños y las niñas imitan el comportamiento de sus padres, y si los padres venezolanos se comportan como animales de las selvas de Madagascar, que disfrutan cometer quilombos al ritmo de una malhumorada cacerola, pues los venezolanos recibirán más correazos, más cicatrices y más traumas, que brillarán desde la agresiva infancia hasta la sadomasoquista vejez.

Quisiera estar equivocado, pero yo sé que tengo la razón. Es como una maldición que me persigue todos los días de oración, y no hay exorcismo que me obligue a cacerolear la pantomima que no existe.

Si usted es venezolano, y siente malestar por la crisis económica venezolana, lo invitamos a expresar su disgusto de una forma artística, reconociéndose como un ser pensante y obrante de buenas ideas en la Tierra, que no necesita humillarse con una pobre cacerola, que no necesita salir a las carreteras donde impera el vandalismo, y que no necesita comportarse como una bestia de circo y en celo.

Los cacerolazos quebrantan la voluntad, corrompen la moral y destruyen la dignidad. Son estratagemas de un pueblo sin rumbo, que recurre a un oxidado pedazo de metal para exigir justicias, pero que a cambio de aturdir y entumecer las sienes de la racionalidad, tan solo recibe más dolorosas injusticias que rompen los cristales de los sordomudos.

La superficialidad de un errante cacerolazo venezolano, demuestra nuestra incapacidad para reconectarnos con los recursos naturales de la Pachamama, que evocan un armonioso clima de paz y sabiduría para nuestra Venezuela, donde necesitamos menos cacerolas de violencia y más árboles plantados en sus calles.

Yo sé que nuestros hermanos venezolanos sienten impotencia y frustración por la grave situación del país, pero debemos reconocer que después de realizar una lluvia de cacerolazos en las calles, es todavía mayor la impotencia y frustración que sentimos en nuestros hogares, por no haber conseguido nada con la cacerola.

¿Por qué no conseguimos nada?

Porque la violencia solo genera más violencia, y los cacerolazos son demostraciones de violencia en las calles de Venezuela, que aunque se maquillan como vías pacíficas para ejercer presión en contra de los gobiernos de turno, la realidad es que los cacerolazos solamente producen el deseo de comprar una aspirina Bayer, para apaciguar tanto estruendo que nos provocó una gran jaqueca.

Como medida de protesta, una cacerola es tan indigna como la pólvora de un arma de fuego, porque con las balas terminamos muriendo desangrados en un hospital venezolano, pero con el ruido de las cacerolas terminamos rebuznando en un manicomio venezolano, donde las oportunidades de progreso se convierten en camisas de fuerza, en cadenas de opresión y en cacerolas de retaliación.

El golpe de cacerola es un viaje hacia un callejón sin salida, donde llegamos alegres por el derecho natural de rebelión que todos sentimos por dentro, pero luego del éxtasis nos sentimos atrapados en los ensordecedores bloques del mismo laberinto, donde un día supimos entrar pero ya no sabemos cómo salir.

Olvídese de la cacerola y póngase a leer la Biblia. Allí está escrito el pasado, el presente y el futuro de Venezuela. Busque esa polvorienta biblia engavetada en el rincón de su casa, y usted comprenderá que NO es necesario trinar una cacerola de metal, y que no debe encapricharse con violentar las calles del tricolor patrio, porque el destino de las naciones ya fue revelado para el saber de la Humanidad.

Recuerda que el tiempo de Dios es perfecto, y todo lo bueno y lo malo que ocurre en Venezuela y en el Mundo, es parte del tiempo perfecto de nuestro Dios.

A veces no comprendemos la supuesta perfección de ese tiempo divino, porque nos sentimos tristes y desesperanzados, pero en vez de perder la fe por culpa de una cacerola venezolana, será mejor pedirle a Jehová que luche por nosotros en los combates cotidianos, para cerrar los ojos del pesimismo y abrir los ojos del porvenir.

Si cambias la oscuridad de una cacerola por la luz de una esperanza, seguro que despertaremos el nuevo amanecer de nuestras vidas, y conseguiremos la victoria que nos prometió el único dueño del tiempo perfecto.

A Dios no hay que golpearlo con una cacerola para que reaccione, no hay que santificarlo en una iglesia para que escuche, no hay que mecerlo en una cuna para que duerma.

Aquí y ahora, Dios te ofrece vida y más vida en abundancia, si le entregas un corazón arrepentido, si te arrodillas para confesar tus pecados, y si decides confiar ciegamente en su santa palabra eternal.

Si bien nuestro artículo de opinión fue redactado exclusivamente para Venezuela, sabemos que la plaga del cacerolazo también se propaga a toda Hispanoamérica, por lo que hacemos un llamado de atención para que la comunidad hispana, reflexione sobre los métodos arcaicos utilizados para protestar en las calles, buscando cambiar la insensatez de los legendarios cuervos, por la creatividad de una nueva figura retórica, que enmudezca el perpetuo fastidio de un cacerolazo, y que abra la armoniosa puerta de la reconciliación global.

Te invito a visitar mi cibermedio Ekologia.com.ve

Sea gente inteligente, y dígale adiós a los cacerolazos.



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Carlos Ruperto Fermín

Licenciado en Comunicación Social, mención Periodismo Impreso. Egresado de la Universidad del Zulia en Venezuela.

 carlosfermin123@hotmail.com

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