De como José Cupertino, un tipo la mar de fino, no pudo limpiarse el que te conté

Una Ciber-Crónica basada en hechos reales, garabateada por El Tal Cucho Berbín.

A Fortunato Malán, Insigne Profesor de Latín de La Universidad de Oriente, de quien he aprendido a narrar Cosas Muy Sencillitas, como si fueran Grandes Cosotas.

Mucho sabría agradecer, -¡a cualquiera de mis cibernautas-lectores!-, le hicise llegar esta Ciber-Crónica al Profesor Fortunato Malán, pronto a recibir un Homenaje Académico, según me informaron.

Era El Comienzo de La Cuarta República, Época durante la cual, según Los ADECOS, aquello era como Un Cuento de Hadas. Bueno, ... ¡mejor que Un Cuento de Hadas! Mucho mejor. Porque fue, -¡siempre según Los ADECOS!-, Un Cuento de Hadas pero de corte jocoso, jacarandoso, mojigangudo, güachafitero, rochelero e hilarante, como NO se le hubiese ocurrido a Han Christian Andersen, El Creador de Los Mejores Cuentos de Hadas del Orbe. Esa Cuarta República, según Los ADECOS, era risa y risa. Y todo el era mundo feliz.

No había problemas de ninguna especie. Felicidad, Jauja, Bienestar a mares, Bailes, Bonches, Sancochos y Cañandonga de la más fina. Pero sobre todo mucha risa. Aquello era como Una Pascua Decembrina Eterna. "Palo y palo y no bailo con Señoras de La Tercera Edad", era el lema de Los Danzantes Cañandongos. Y eso sí: sonrisas, risas, carcajadas. ¡Coño: que vaina tan buena y tan machete!

Lo curioso de la cosa, lo inexplicable, lo ignoto, era que eran felices en demasía ...¡Y NO SE DIERON CUENTA! ¡Qué de cosas...¿No?!

En Los Cuentos de Hadas Clásicos Los Personajes Bonitos sufren de lo lindo. La Bruja Malucota, o Una Madrastra Feúcha, hacen sufrir mucho-mucho a una Blanca Nieves, Rapuntzel o Cencienta. Y solo al final, aparece Un Príncipe Apuesto, que montado en Un Blanco y Brioso Corcel, ataca al Dragón, sube a La Torre o Besa a La Joven que está en El Hermoso Ataúd de Cristal. En este último caso, -¡el de Blanca Nieves!-, después de El Mágico y Casto Beso, vuelve sonriente a la vida, sin rastro de mal aliento ni pestífera hedentina en su linda boca. A pesar de la larguísima siesta, vea usted.

Y se van a La Gran Mangüangüa Cumbanchera del vivir, a cuerpo de rey, en un enorme Castillo con muchos cachif@s, cociner@s, trompeteros, músicos, magos, contorsionistas y saltin-banquis.

Y al final, -¡Léase bien, Ciber-lector!, SOLO AL FINAL, "son felices para siempre" o "son felices y comen perdices".

Bien, en esas coordenadas temporales, estaba ubicado Cupertino.

Hallábase Cupertino a la orilla de la carretera defecando, la primera defecada mañanera, la que sonríe al Astro Rey. Si hemos de ser exactos en el tiempo narrativo. Una pastoril, bucólica y soberbia defecada a campo abierto, en contacto con La Madre Natura.

Y lo hacía de la manera más tradicional, es decir, sin innovación, ni esnobismo alguno: como lo ha hecho El Bicho Humano desde Las Cavernas hasta nuestros días, cuando de defecada al natural se trata.

Estaba, pues, con el pantalón bajado hasta las rodillas y en cuclillas. De tal forma y manera, que sus posaderas, un tanto obesas y sonrosadas, quedaban expuestas a la brisa mañanera. Y su hendidura inter-glútea, apuntaba hacia el sur.

¿Por qué hacia el sur y no otro punto cardinal?

Era una preferencia o capricho que Cupertino no se había dispuesto nunca a desentrañar. Y no es que desconociese las disquisiciones filosóficas cartesianas, por ejemplo. O las discuciones bizantinas. No. Sino que, no veía beneficio existencial u ontológico alguno en barruntar o hipotetizar sobre la alineación geométrica que gustaba imprimirle a su pompi, a la hora de desocupar el bajo vientre.

Una suave ventisca incidió sobre su posadera izquierda. Y supo, por esta mera sensación táctil ,-supo sin saber ... naturaleza humana al fin-, que se aproximaba la cuaresma.

Y recordó, ¡súbito!, que debía enviarla a la Tía Robustiana, residente en Cariaco, un morrocoy como regalo para Semana Santa. Lo mandaría por encomienda, con una cinta tricolor, como era la tradición familiar, de muchísimas generaciones. Y con un poemita, de su propia inspiración, rimado de cinco versos, adosado al cordel tricolor.

Y allí mismo, en trance de evacuar placenteramente y azotado por el frescor de la brisa, lo redactó mentalmente:

Mi Tía Robustiana/Ahí le va su morrocoy/Siempre usted, Hermosa, Esplendente y Galana/Guíse su morrocoy/Como le dé su gana.

Bueno, es saber, -para precisión geográfica ésta vez-, que La Defecada de Cupertino, tenía lugar en La Carretera hacia Caripito. Maturín-Caripito, quise decir, Ciber-Lector. Antes de arribar a las ventas de cachapas.

Terminó de "dar el cuerpo" y miró en derredor suyo en busca de hojas para higienizarse el ojete anal. Y no vio ni una sola hoja. ¡Cónchale, vale! Ni siquiera lajas o piedrecillas alargadas que hubiesen cumplido idéntico propósito. "Ah, caramba: ¡Cuán descuidado he sido! ¿Qué he de hacer ahora? ¡Menudo compromiso en que encuéntrome, recórcholis y repámpanos!"...

Era el tiempo en que los periódicos se transportaban en camioneticas de las metrópolis a los pueblos. La camionetica la conducía un chofer; y detrás, solía ir un ayudante con los periodicos, los nuevos y los que se habían quedado "fríos" de los días anteriores. Los periódicos "fríos"

allí en la camionetica, guardados hasta su oportuna devolución.

Cupertino ve venir a una camionetica de "Últimas Noticias". A Cupertino "se le prende el bombillo" y ve en los periódicos su salvación. Algo que lo saque del aprieto post-defecatario en que está sumido.

Y cuando la camionetica de "Últimas Noticias" pasa justo frente a él, Cupertino le grita al ayudante:

-¡Tírame una Noticia vieja!

Y el ayudante le responde:

-¡Cayó La Dictadura de Pérez Giménez!



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Cruz Berbín Salazar


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