La antológica paliza de Miguel Peña a Santander

  1. Francisco de Paula Santander no perdonaba afrentas. En 1813, se opuso fervientemente a la Campaña Admirable y junto con Manuel Castillo y Rada predijo que ese desafío de Bolívar contra los realistas terminaría en "un rotundo fracaso". En 1818 Santander juró vengarse de los "follones venezolanos" porque los llaneros venezolanos consideraban a todos los neogranadinos y en especial a Santander como pésimos guerreros (por ello, ya desde 1818, Santander tenía en sus miras desintegrar a Colombia Grande). En 1819 el capitán venezolano, negro, lo toma por la pechera y le dice en el Puente de Boyacá que no se esconda y que salga a ganarse las charreteras dando la pelea en los combates.

  2. En octubre de 1819 Santander ordena el fusilamiento del general José María Barreyro y sus 33 oficiales capturados en la Batalla de Boyacá. Ordenar fusilamientos fue uno de los métodos preferidos de Santander para poder eliminar realistas y a enemigos personales. Porque ciertamente nunca pudo matar en batalla a un solo enemigo de la patria.

  3. Santander desde 1813 reservaba un odio oculto contra Bolívar que minando de trampas en su camino, le iría acortando la vida y destrozando todo su proyecto de unidad continental. A Bolívar lo mató prematuramente Santander con todas sus triquiñuelas y barbaridades leguleyéricas. En 1823 Santander envenena a Antonio Nariño quien había sido su contendiente para ocupar la vicepresidencia de la república en las elecciones de 1821. Le guardaba a Nariño un odio inmenso, por su valor y por sus luces.

  4. En 1825, Santander ordena el fusilamiento de Leonardo Infante, pero previamente en el juicio el doctor Miguel Peña, como magistrado de la Alta Corte de Justicia, desata toda su genialidad para probar que la sentencia de muerte contra Infante es un crimen y una venganza. Santander decide entonces sacar también de circulación al doctor Miguel Peña.

  5. A partir de 1825, como consecuencia de que Páez no se somete a su arbitrio y porque Sucre se llena de gloria en Ayacucho, el objetivo primordial de Santander será eliminarlo a ambos, y así no dejar contendiente en el horizonte. El primero se le escabulle con su renuencia a acudir ante el Congreso en Bogotá, pero al segundo lo hace asesinar en Berruecos a través de la mano de su gran amigo el coronel José María Obando.

  6. Cuando Santander asuma la presidencia en 1832 ordenará varios horrendos fusilamientos, los más destacados serán el de los generales bolivarianos José Sardá y Mariano Montilla.

  7. El gran José Martí leyó la defensa de hizo Miguel Peña a Leonardo Infante y quedó profundamente impresionado por su elocuencia y genialidad, entonces escribió una de las obras más extraordinarias que se hayan escrito sobre un venezolano. He aquí trazos del notable panegírico al doctor Peña, con líneas sublimes como estas: "…Aquel lidiador audaz, que así movía la espada como la pluma, sin que la pluma fuera más extraña a sus manos que la espada; aquel tribuno apuesto que supo, de los paños de la casaca colonial, corta y estrecha, hacer túnica y toga; aquel héroe colérico, sentidor de lo grande, amador de lo propio, mirado siempre como igual y como enemigo terrible por los héroes; aquel que con su amor ayudó a fundar pueblos, y con su rencor a volcarlos; aquel en quien la pasión no perdió nunca los estribos del juicio, pero en quien, sobre los estribos del juicio, no dejó nunca de erguirse, implacable y ardiente, la pasión; el que rivalizó en pujanza con los grandes, y venció en astucia a los pequeños; el que, por una vez que sacó provecho desusado de las arcas públicas, trabajó siempre con fogoso empeño en defensa y provecho de la patria; el que llevaba a los Senados, inquietos y encendidos, en aquellos tiempos de hervor y de batalla, un bravo corazón americano y el arma con que había de defenderlo…".

  8. Quien era poeta para todo, Martí estremece con esta genialidad abrumadora: "Con ellos estaba siempre en faena el Dr. Peña. Con él nace, y por él muere, Colombia. De él teme Bolívar, que lo acaricia. Él da pensamiento a la lanza de Páez. A Miranda, lo acusa. Con Santander, combate. A los jefes del Llano, los convence. Burla a Monteverde. Burla a Boves. Y cuando las almas fuertes, fatigadas de su grandeza excesiva, o de la ajena pequeñez, desmayan,—él, sobre el héroe dormido, alza al abogado. Luego de Cúcuta, Valencia. Él preside en todas partes, donde Bolívar no preside: en San Diego de Cabruta, donde acerca y confunde, en flamígera masa, las guerrillas del Llano Oriental; en el Congreso de Cúcuta, donde firma, en 1821 la primera Constitución de la República de Colombia; en la Alta Corte de Bogotá, donde salva, si no la vida de Leonardo Infante, su honor de magistrado…".

  9. Añade José Martí: "Salvando urgentes trámites con extraña premura, sentencian a Infante dos jueces a muerte, uno a presidio: libre le quieren dos restantes. Llámase un conjuez, que vota a muerte. Pues entre tres votos a vida, y tres a muerte, no hay sentencia de muerte: «¡No firmo esa sentencia!»—A que firme le conmina el Vicepresidente. Que no puede conminarle arguye Peña. El Congreso le acusa ante el Senado: ¡arrogantísima pieza de oratoria, su defensa! Las indómitas iras que azotaban el pecho del lastimado venezolano, no salieron a su rostro, ni a su lenguaje, sino con una amarga frase, preñada de dolor y de amenaza: «Yo abrigo la esperanza de ser el último colombiano juzgado por tribunales tan parciales!» Es una pieza esbelta y sólida, de oratoria de buena ley, ricamente engranada, donde la ciencia llega al lujo, la disposición a la amenidad, y el desprendimiento a la grandeza. ¡Con qué respeto debió oírsela, y qué respetuosa es toda ella! ¡Cómo ponía su orgullo herido por debajo del interés que la vida de Infante le inspiraba! Sus frases, como aquellos dardos celtas, partían robustas y aceradas, a clavarse en el trémulo escudo, que se doblaba a su gran peso.

  10. Luego esta otra proeza de claridad de Martí desvelando los recursos infinitos de Peña en su defensa ante la Alta Corte: «Inútil sería que un magistrado conociera la verdad y amase la justicia, si no tuviera la firmeza necesaria para defender la verdad que conoce y combatir y sufrir por la justicia que ama.»—Decíase que el Dr. Soto, encarnizado enemigo de Infante, deseaba la toga de Peña:—«No he traído la toga para dejarla en este salón sagrado, y que la levante el que la pretenda o la haya pretendido, porque no fuese este acto mío tachado de soberbia.»—Que la voz pública acusaba a Infante:—«¡La voz pública, esa estatua risueña que con voz sonora habla a cada uno el lenguaje que le agrada!»—¿Será crimen ese vigor con que defiende a un hombre infortunado?:—«¡Mi crimen es mi gloria!»—Óyesele esta sentencia admirable:—«El pueblo, dice, amigo de novedades, previene el celo de la justicia y anticipa las decisiones de los jueces.»—«¡Condenadme!» acaba: «no hay poder humano sobre la Tierra que pueda hacer desgraciado a un hombre de bien!» Argúyele el fiscal, a quien burla fieramente. Defiéndele con fraternal calor, «porque así lo haría ante un tirano,» el severo Mosquera. Rebollo quiere que su desobediencia se le excuse. No lo quiere Hoyos. Con frío empeño y extemporánea destreza, atácale Soto. Y Gómez.—«Es modelo de buenos magistrados!» prorrumpe Arosemena.—«¡Ha retardado el golpe de la justicia sobre un criminal que ha ensangrentado en las venas de un hombre indefenso la espada que la República le había dado para defender sus leyes!» clama con fogoso ímpetu Narváez. Con grave continente y corteses frases, levántase a acusarle Méndez. Malo añade a la acusación dilatada plática.—«Su desobediencia al Tribunal Superior que declaró que había sentencia, es falta leve,» dice el Vicepresidente del Senado. Se oye entonces a Briceño:—«Por error o capricho procede, mas no debe afligirse a hombre tan digno y a patriota tan constante con la máxima pena.»—«Cierto,» refuerza Márquez.—«Máxima la merece!»—clama airado, Larrea: «Harto nos ha costado la República, para que miremos como falta leve un hecho que tiende a subvertirla.» Con desenvuelto modo, presidencial estilo y común frase, alístase entre los acusadores don Luis Andrés Baralt, que presidía.—«¿Es culpable de una conducta manifiestamente contraria al bien de la República?»—«¡No!» claman de entre veinticinco senadores, veintitrés.—«Pero es culpable de una conducta manifiestamente contraria a los deberes de su empleo»—declaran veintiún votos. Retacéanle la pena, como si no hallaran manera de imponérsela; y luego de diversas votaciones, viene a quedar en un año de suspensión de su empleo, y en que de su sueldo se pague a su suplente. Suplica Peña de la sentencia ante el Senado, y es aquel documento vigoroso, más que súplica, defensa previa de actos posteriores.—Como su resolución está tomada, su tono es tranquilo; desdeñoso, no airado; amenazador, con amenaza sorda. No es bueno despertar a los colosos, ni moverlos imprudentemente a ira.—«A los grandes vencidos,» dice, seguro de su alteza, «se les mata o se les perdona!»—«¿Qué fuera si así juzgarais a Santander o a Bolívar? Sería más digno de su grandeza caer y morir, que someterse a las observaciones que un ministro haría a un alcalde!»—«¡Un año me imponéis de suspensión: cumpliré vuestro decreto, senadores, aun más allá del tiempo señalado!»—Como que quiere hallar un freno para su rencor, y se denuncia:—«Ved que esta sentencia vuestra puede ser origen de facciones que lleguen algún día a turbar la paz pública.»—Lastímale que como pena le hayan impuesto la de privación de unos dineros:—«Por fortuna me habéis impuesto una pena pecuniaria, en lo que he sido bastante disipado.» Quiere dejar en Bogotá más de lo que en ella ha recibido:—«Muchos saben que en cada año de permanencia en esta ciudad he gastado más de un doble de lo que valen mis sueldos.»—«¡Reconoced que no podéis juzgarme, por mi bien y por el de la República!» Y murió Infante, diciendo cosas épicas a los senadores que lo condenaban y al pueblo que le oía; con lo que quedaron manchadas de sangre las cruces de Libertador de Venezuela, y de Boyacá, que le colgaban del pecho; y rota la lanza que abrió paso por la tropa enemiga en Pantano de Vargas; y Peña, airado; sepultada la prudencia; empañada la justicia, y traspasado de nueva y honda herida el pecho de la pálida Colombia.



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José Sant Roz

Director de Ensartaos.com.ve. Profesor de matemáticas en la Universidad de Los Andes (ULA). autor de más de veinte libros sobre política e historia.

 jsantroz@gmail.com      @jsantroz

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