Y la sinforina empezó a repartir to...

Ciber-Crónicas políticas en clave de humor, jodienda, güebeteo, rochela y cachondeo. Garabateadas por Un Tal Cucho Berbín, que quiere hacerse pasar por escritor serio.

Ocurrió en el pueblo de mi lejana niñez. Nací y crecí en un pequeño pueblo con una playa océanica. Una orilla de playa con su trozo de mar azul, cocoteros ("palmeras borrachas de sol"), gaviotas suspendidas en el cielo azul añil. Azul a rabiar. Arena dorada y tibia, por supuesto. Las olas golpeando eternas los negros pedruzcos de la orilla. El espectáculo de las hilachas de espuma. Los atardeceres cuando el sol rojizo se ahoga en el horizonte marino. La policromía de los botes. La "ardentía" de los peces en la cresta de las olas. La brisa. ¡Ah: la brisa!

Fuera de ello, todo es en exceso cotidiano, chato y predecible. Todo el mundo conoce a todo el mundo. Por ello el concepto de privacidad es cuasi inexistente. Las viejas más chismosas y metiches se encargan de contar lo muy poquísimo que ocurre día a día. Mi pueblo es eso que los gringos llaman o "sleppy town" o "one horse town". Vale decir en La Lengua de El Imperio: "un pueblo adormilado" o "un pueblo de un solo caballo".

Pero he allí que vinieron a ocurrir sucesos extra-ordinarios. La Sinforina era hermana de El Comisario Chanto (Crisanto) Barreto, Eterno y Atorrante comisario, inamovible, vitalicio en su cargo de -¡jejeje!- "sheriff" por ser un empedernido y fanático ADECO Romulero. Repelente y malquerido por sus adequeras enfermizas, patológicas, constantes. No hacía nada por agradar. Antes bien, era una de esos personajetes, que, como dice la verba populachera: "goza con ser odiado".

Volvamos a La Sinforina, el epicentro de mi cibercrónica de hoy. La Sinforina era una mujer blanca que, con un poco de edad, sin ser vieja, todavía estaba muy apetecible, jugocita. "Bien surtida" para decirlo con frases de mi Tío Lencho, bodeguero de toda la vida. Conservaba La Sinforina, convexidades invitantes a los "malos pensamientos". Zonas de protuberancias macizas y oquedades pronunciadas e interesantes. Una geografía anatómica que invitaba a explorar. En suma: estaba, pues, "muy-buenas-tardes", La Sinforina.

La Sinforina era devota ferviente de San Pedro Apostol, el Santo Patrón de mi pueblo. A San Pedro, con todo y ser El Portero del Cielo, un puesto o chamba nada despreciable en La Alta Nónima Celestial de Papá Dios, unos jodedores granujas, supongo yo, impíos, supongo yo, se lo robaron de la diminuta capilla, donde moraba y pernoctaba.
Y pasó meses tras meses desaparecido. Una tarde unos jóvenes que buscaban leña y chamizas, monte arriba, lo avistaron. Los malucos secuestradores de Perucho, le habían cortado la cabeza.

Una hermana mía, ferviente devota, también, de "Perucho", que organizaba tómbolas, rifas y recolectas para La Fiesta Patronal de nuestro Santo Patrón, San Pedro, me dijo en una visita al pueblo: "Cucho, a San Pedro se lo llevaron por ese momento pa'rriba unos grandes carajos. Se sospecha de Pabucho, El Hijo de "Burro con Sueño" y su pandilla. Le dieron unos machetazos en el pescuezo, y se lo mearon. Estoy segura de las meadas porque olía a meao berrenchín. ¿Y tú has de creer, Cucho, mi hermano querido, que ese güebón de San Pedro hizo algo? ¡No joda ... naaada, naaada! Yo siendo San Pedro les tumbo el pipe para siempre o les encojo las bolas. Por la medida chiquita, carajo. Yo NO le organizo más La Fiesta Patronal a San Pedro. No tiene poderes, Cucho".
Hubo necesidad de remendarle con alambre de púas el cuello a San Pedro Apostol, antes de encaramarlo en su altar.

Volvamos de nuevo a La Sinforina. Era devota ciega no solo de San Pedro, sino de San Patroclo, Santa Nemecia de Alejandría, San Merardo de Chejendé, La Virgen del Valle. Y una santera variopinta difícil de recordar por lo numerosa. Y resaba mucho, se santiguaba a menudo, y ponía flores fragantes y velas en su altar, en las noches. Golpes de pecho y jaculatorias frenéticas, al nomás despuntar El Astro Rey. Católica ostentosa. Tanto que suscitaba comentarios de las viejas de mi pueblo: "Esa Sinforina como que se quiere coger el cielo para ella sola", solían decir con un dejillo de envidia.

Pero he allí que vinieron a ocurrir sucesos extraordinarios. El Turning Point, ruptura de la normalidad de cierta realidad, sin el cual no hay relato interesante, según explicaré en otra cibercrónica (La Naturaleza y Papel del Turning Point en Los Relatos).

La Sinforina dejó la resadera, la prendedera de velas y las jaculatorias frenéticas. De la noche a la mañana y a ojos vista. Y empezó a repartir totona, a lo loco, como si el mundo se fuese a acabar. Al principio con recato, en secreto y con disimulo. Después de manera abierta. "Furruqueaba" con cualquier bicho de uñas que vistiese interiores: casados, solteros, visitantes del pueblo. Después con los jóvenes. "Le mandaba fli" a lo que fuese.

En la dulce y tibia penumbra de su lecho. Allí ... ¡junto al mismo altar de otrora!. Ponía a los santos de espaldas, "para que no la vieran haciendo sus cositas", se desnudaba completita y: ¡Yujuuuúúú: plomo con esos gatos!
Los que con ella tuvieron escaramuzas amorosas, contaban que ella cantaba, alegrísima, en plena faena erótica, antes de la penetrante y firme estocada de cierre. O les susurraba al oído, con aliento quemante, fracesillas contentivas de apremios y vehemencias francamente impublicables.

Se cumplió La Inexorable Ley no Escrita de Las Más Famosas Cacheras que en el orbe han sido. Todo-todito el mundo en el pueblo, se enteró, minuciosamente, en prolijos detalles de los corcoveos y desaforos amorosos descocados de La Sinforina. Menos su esposo.

Una mañana, unas viejas amigas, que la estimaban grandemente, le inquirieron de porque la metamorfosis de mujer resandera a devoradora de hombres, cual Doña Bárbara Playera. La Sinforina confesó, aterrada, perpleja, que había visitado a La Bruja de Cumanacoa en busca de consejos y respuestas. Y esta última, dizque le había dicho: "Vamos a ver que podemos hacer, mi'jita, porque te echaron una brujería en esa Bicha".

Cuando se marchó, sus amigas comentaron sorprendidas: ¿Quién lo iba a creer? ¡Precisamente ella! Esa mujer se volvió "un zeneque".

El "zeneque" es un instrumento que se utiliza para cernir arena en las construcciones. Los obreros suelen mover muchísimo, frenética, vigorosa y rítmicamente el "zeneque" para que cierna la arena. Si no se mueve con muchísima fuerza y butría el "zeneque", no cumple función alguna.

En Política Nacional uno quisiera salir del marasmo, de lo predecible, lo repetido ad nauseam, trillado, manido y chato. Vamos, hombre: yo quisiera que, de vez en cuando, La MUD se volviera un "zeneque".

¡HASTA LA VISTA, CIBERLECTORES; LA QUINCENA SE APROXIMA, PERO ES TAN CHUCUTA QUE RESULTA CUESTA ARRIBA VOLVERSE UN "ZENEQUE"!



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Cruz Berbín Salazar


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