¿Debería Nicolás Maduro transformarse en un líder espiritual? (I/III)

"Desde muy dentro de Chávez emanaba un ímpetu Serpentino de tanto poder y trascendencia, que le bastaron apenas 14 años para romper con oscuros paradigmas que por más de 200 años se habían adueñado de la conciencia de los venezolanos"

José Agapito Ramírez

"La inteligencia burguesa se ocupa con la crítica racionalista del método, la teoría, la estrategia de los revolucionarios. ¡Qué malentendido! La fuerza de los revolucionarios no está en su ciencia, sino en su fe, en su pasión, en su voluntad. Es una fuerza religiosa, mística, espiritual... La emoción revolucionaria... es una emoción religiosa. Las motivaciones religiosas se desplazaron del cielo a la tierra. Ellas no son divinas sino humanas y sociales"

José Carlos Mariátegui: El Hombre y el Mito, El alma matinal

"Nosotros no somos siempre una fuerza electoral, nosotros somos un poder espiritual. El chavismo es un poder espiritual, fuerza política, es un poder del espíritu, de la moral"

Nicolás Maduro

"La Espiritualidad es un estado del ser que está disponible para cualquier persona, independientemente de la religión o creencia que profese"

Leopoldo Alberto Cook Antonorsi

"los mandatos de nuestro señor Jesucristo no son para llevarlos en los labios, para rezar en el vacío, sino para comprometernos en la solidaridad por la pasión, la vida y el derecho a la felicidad del pueblo .Lo digo desde mi espíritu cristiano. Tengo el látigo de Cristo en la mano"

Nicolás Maduro

Cuatro pregunatas como introito

  • ¿Por qué un pueblo que tiene un líder con el "látigo de Cristo en la mano" permite que las dificultades (corrupción, esclavitud, humillación y engaño) se acumulen?
  • ¿Acaso somos un pueblo incapaz de reconocer nuestra mediocridad espiritual?
  • ¿Es Nicolás Maduro un hombre espiritualmente maduro?
  • ¿Por qué, cuando se pierde la espiritualidad sólo queda una burocracia sin alma?

I. Aclaración conceptual

Desde la "revolución" epistemológica que representó la difusión del libro de Thomas Kuhn, The Structure of Scientific Revolutions, se ha vuelto ya un tópico usual hablar de "cambios de paradigma". El autor proponía que el desarrollo de las ciencias no suele darse siempre de modo continuo, sino basado en rupturas. El desarrollo de una ciencia se realiza normalmente dentro de determinado modelo de la realidad, conocido como "paradigma", desde el cual esta ciencia normal hace indudables progresos; pero luego se llega a un estadio en que dichos progresos son escasos y hay un estancamiento. Esto se debe a que ningún modelo es capaz de dar cuenta de todos los fenómenos de su campo -- la realidad siempre desborda cualquier modelo representativo-, por lo que quedan siempre algunas anomalías que se escapan. Llega un momento en que tales anomalías se vuelven excesivamente molestas, y entonces la comunidad académica replantea los fundamentos mismos del modelo imperante y se esfuerza por encontrar otro. Estamos entonces en el llamado "cambio de paradigmas". La novedad de este descubrimiento representa una explicación para muchos fenómenos contemporáneos.

No por mera ansia de novedades o por innovar sin ser realmente necesario; pero ante el hecho de estar viviendo en un mudo de transformaciones múltiples y aceleradas que afectan nuestra forma de ver la vida - "no vivimos una simple época de cambios, sino un cambio de época" - parece obvio suponer que se están requiriendo nuevos instrumentos de comprensión de nuestro tiempo. No es extraño que muchos campos de la vida social y religiosa estén perdiendo vigencia y se requiera justamente esto: un nuevo paradigma de acción, que no consiste en demoler las experiencias religiosas genuinas, sino en replantearlas desde una perspectiva original y esencial acorde con el "espíritu del tiempo"(Zeitgeist).Esto mismo parece estar aconteciendo con la "espiritualidad". Hablar de "espiritualidad" en tiempos de crisis como la nuestra, es difícil. La crisis consiste precisamente en una especie de vacío espiritual.

II. Espíritu

"Espíritu" es un término cambiante y complejo que históricamente ha recibido distintos sentidos. Se ha utilizado para traducir conceptos no homogéneos, como mens, verbum, pneuma, animus, genius, intellectus, ratio, etc., y para indicar diferentes características y dimensiones de la existencia humana, como inspiración, relación con Dios, sujeto personal único, dimensión cultural, sentido del humor y otras. Como una larga tradición vincula este término a las interpretaciones teológicas del hombre es conveniente decir algo sobre él. No vamos a reconstruir la historia compleja y difícil de este término, pero recordaremos brevemente algunos de sus significados. La historia moderna enseña que en el idealismo se pierde la singularidad de los sujetos. En último término, una vez eliminado el sujeto metafísico, la distancia entre el idealismo absoluto y el materialismo no resulta grande, como se percibe claramente en el materialismo de Karl Marx.

Gabriel Madinier observa en su libro Conciencia y Amor: "Si el espíritu se define por lo inteligibles, debemos convenir en que la conciencia desempeña solamente un papel provisional y subalterno. A fin de cuentas, ella es sólo el lugar donde se produce lo inteligible. Pero el problema consiste precisamente en saber si lo espiritual debe definirse mediante lo inteligible"

La historia muestra otro camino para captar el espíritu, que no insiste primordialmente en la diversidad y alteridad radical del espíritu respecto a la materia. El punto clave para captar el espíritu es el encuentro con el otro, la radical alteridad del otro sujeto. No hay que buscar, pues, el espíritu en el marco de las cualidades o propiedades de los seres, sino en la alteridad de los sujetos o de las personas. Lo espiritual no indica una cualidad o propiedad, sino ante todo el hecho de ser un sujeto, una persona, un yo frente a un tú. Ser alguien (sujeto, persona) no se encuadra en el orden de las cualidades y características de la realidad. Jamás se le pondrá descubrir incrementando nuestros conocimientos científicos y racionales, que enumeran las distintas cualidades de los seres que nos rodean.

Para evitar posibles malentendidos, se debe tener presente que el pensamiento, la voluntad y la libertad al fin y al cabo no existen. Lo que existe es un sujeto humano concreto e inconfundible que piensa, quiere, ama, etc. Pensar, amar, querer…son modos de ser del sujeto personal. El problema del espíritu no tiene que ver en primer lugar con la inmaterialidad de la facultad intelectiva y volitiva, sino con la alteridad y carácter único de la persona.

En la intersubjetividad de las personas es donde se manifiesta con más claridad la naturaleza del espíritu y donde se revela más concretamente que no es posible reducirlo a una propiedad de la materia evolutiva. La certeza del otro es un dato inmediato y no el resultado de un razonamiento filosófico. El otro se presenta ante todo como otro sujeto único que no se identifica conmigo y que no se puede cambiar por ninguna otra persona.

Por tanto, la existencia del otro sujeto constituye la verdadera trascendencia metafísica donde el cogito está totalmente abierto al otro, y ante él se descubre como un ser singular, limitado, único, inconfundible y ontológicamente irreductible a otros sujetos.

La multiplicidad innegable de los sujetos personales es la auténtica razón por la que todo intento de interpretación monista debe ser abandonado y por la que se afirma que el espíritu no se puede reducir a la materia. La multiplicidad de los sujetos no niega la totalidad de la materia, a la que se remiten las ciencias, sino que contesta sus pretensiones metafísicas. Ni el filósofo ni el científico pueden aceptar un razonamiento que prescinda de la totalidad (causal, científica, evolutiva…) en el mundo, convirtiéndolo en una afirmación metafísica sobre la totalidad ontológica o monismo ontológico, es decir, en una afirmación de que toda realidad es materia (materialismo).La multiplicidad ontológica de los sujetos se impone con absoluta inmediatez. Por eso las explicaciones científicas, incluidas las evolucionistas, aunque pueden revelar dimensiones profundas del hombre, no pueden eludir el misterio de la unicidad de los sujetos personales, o sea, no pueden negar el misterio del espíritu.

La esencia del espíritu se ha de buscar, en el hecho de ser con otros sujetos, en comunión con otros sujetos en el mundo. No mónadas metidas en una capsula, ni espíritu universal, ni una totalidad causal evolutiva, sino una sociedad u orden de sujetos irreductibles, pero orientados esencialmente unos hacia otros. Decía Madinier que "el espíritu es sociedad y amor, es decir, realización perfecta de la sociedad absoluta". El espíritu de una persona es lo más hondo de su propio ser, sus motivaciones ultimas, su ideal, su utopía su pasión, la mística por la que vive y lucha y con la cual contagia a los demás.

Dentro de este marco fundamental se pueden situar todas las reflexiones tradicionales sobre el carácter espiritual de la inteligencia y de la voluntad. Y como el espíritu no es una característica o cualidad cualquiera, sino el sujeto, se le deberá identificar a través de su presencia activa en el mundo, a través de la llamada hacia el otro, de la respuesta, la comunión, el amor, el conflicto, el pensamiento, la voluntad, la opción libre y tantas otras cosas. En esta perspectiva se recupera la importancia del ego para consigo mismo: conocimiento de sí, autociencia, autoimplicación en la acción, etc. El espíritu significa dinamismo, vida, soplo, vitalidad y libertad.

III. Espiritualidad

Tenemos a veces la impresión con ciertas palabras de no saber muy bien lo que significan, por haber sido utilizadas muy a menudo con sentidos diferentes y equívocos. Pareciera que el paso del tiempo y un uso impreciso y arbitrario de las mismas han acabado por desgastar su significado, ocasionando más ambigüedad y confusión que precisión y claridad, pues a fin de cuentas revelar--como acción de la palabra- supone a su vez "quitar y poner el velo", como bien señala el prefijo re. En esta torre de Babel del lenguaje se encuentra todavía atrapado el vocablo espiritualidad, que procede del latín spiritus.

Hablar de espiritualidad es hablar de un asunto que para muchas personas entraña una sospecha, a veces una dificultad importante. Porque "espiritualidad" viene de "espíritu" y en la mentalidad de mucha gente, el "espíritu" es lo que se opone a la materia, al cuerpo, a lo sensible, a algo que es tan fundamental en la vida como el gozo y el disfrute de lo más inmediatamente nuestro, de lo que más no llena y lo que, a primera vista al menos, más nos hace gozar del mundo y de la vida. Por eso, en no pocos ambientes, "espiritualidad" es lo mismo que mística, piedad, sobrenaturalismo, ausencia del mundo y sus preocupaciones, alejamiento de todo lo que es disfrute y diversión. De ahí que la espiritualidad es mirada con recelo por algunas personas y que, en determinados ambientes, se muestre hacia ella una manifiesta animadversión. Parece como su el que se dedicara a la espiritualidad tuviera que renunciar a ser plenamente feliz, porque, según esa manera de pensar, tendría que renegar de una parte esencial de sí mismo.

Esta dificultad tiene su razón de ser. La historia de la palabra "espiritualidad" está con frecuencia asociada a la negación de la corporalidad, de la materia, de lo que los autores espirituales llamaron la animalidad. Una definición primera, abierta y provisional de espiritualidad podría expresarse así: "espiritualidad es el empeño asumido y consciente por integrar la propia vida en el horizonte de trascendencia de aquello que uno percibe como valor último de la existencia".

En "Liberación con espíritu. Apuntes para una nueva espiritualidad", Jon Sobrino afirma: "La espiritualidad es una dimensión fundamental del ser humano. Le es tan inherente como su corporeidad, su sociabilidad, su praxicidad. Pertenece, por tanto, a su sustrato más profundo". El ser humano no puede renunciar a ella, como tampoco puede hacerlo con las otras dimensiones citadas. De lo contrario caería en la reducción unidimensional. Una espiritualidad desvinculada de cuerpo desemboca en espiritualismo; desligada de la razón, acaba en sentimentalismo; sin relación con la praxis, termina siendo pasiva; desarraigada de la historia, es evasión de la realidad; sin subjetividad es impersonal; sin sociabilidad, desemboca en solipsismo.

La espiritualidad no es un conjunto de creencias más o menos articuladas, aunque las creencias pueden existir e incluso inspirar. La espiritualidad no es una serie de ritos, aunque los ritos pueden ser bellos y sanadores. La espiritualidad no es un sistema de normas morales, aunque unos principios morales pueden ayudar a mantener abierto un horizonte ético sin el que la espiritualidad es puro engaño. La espiritualidad es vivir en el Espíritu que habita en todos los seres, en el Espíritu que acompaña y consuela, que libera y da anchura, que nos hace prójimos y compasivos, nos hace capaces de paz y de armonía, nos enseña a mirar a todos los seres con atención y respeto. Nos permite ver que todo es sagrado y admitirlo y cuidarlo. La espiritualidad combina el conocimiento, la intención y la práctica. En resumen: la espiritualidad tiene que ver con el proceso de nacer de nuevo (una y otra vez).

Pero la espiritualidad tampoco puede reducirse o deducirse de manera mecánica de las condiciones materiales de existencia. Posee autonomía, ciertamente, pero es relativa, ya que se sustenta en las condiciones en que vive el ser humano: políticas, sociales, económicas, culturales y biológicas, al mismo tiempo que las ilumina y transforma.

Es necesario, para ello, evitar dos peligros: la separación de la espiritualidad de las demás dimensiones del ser humano, que desembocaría en dualismo, y la identificación con dichas dimensiones, formando un todo indiferenciado. La relación entre las diferentes dimensiones es dialéctica: todas ellas son codeterminantes y se codeterminan. Entre lo espiritual y lo material se produce una unidad diferenciada.

La espiritualidad no es una dimensión independiente de la liberación, como el espíritu no está, o no debe estar, separado de la totalidad del ser humano. Espiritualidad y liberación se complementan y enriquecen. Jon Sobrino habla de la necesidad de unir espíritu y práctica: "Sin espíritu la práctica está siempre amenazada de degeneración; y sin práctica, el espíritu permanece vago, indiferenciado, muchas veces alienante". No es posible la vida espiritual sin vida real e histórica, del mismo modo que tampoco se puede vivir espíritu sin que éste se haga carne. Espiritualidad es el espíritu, el talante con el que se afronta lo real, la historia que vivimos en toda su complejidad.

Aprender a mirar es una de las tareas más importante de la espiritualidad. Tres son los presupuestos que establece Jon Sobrino para cualquier espiritualidad, tanto antropológica como teologal:

  • La honradez con la realidad.
  • La fidelidad a lo real.
  • Dejarse llevar por el "más" de la realidad.

La vivencia conjunta de la espiritualidad y de la liberación -espiritualidad de la liberación- lleva a optar por los excluidos y a luchar con ellos contra la exclusión.

IV. Coda

Espiritualidad es una forma de vida, una forma de ser. Si colocamos tinta azul en un poco de agua y sumergimos un pañuelo de hilo blanco, todo el pañuelo toma el color azul sin dejar de ser un pañuelo de hilo. Sólo que toda su trama se ha coloreado de azul. Del mismo modo nuestra espiritualidad colorea la trama de nuestra vida. Es una cualificación de la vida de cada día. Espiritualidad hace referencia a espíritu y éste no se opone ni a materia, ni a cuerpo, ni a creación, ni a trabajo, ni a sociedad. Por el contrario la espiritualidad es una forma de vivir que tiene relación con el cuerpo; tiene relación con el trabajo y el espíritu con que trabajamos; tiene que ver con la relación con las otras personas, y con la creación, y la forma en que nos relacionamos; con la sociedad en que vivimos y con la forma en que nos hacemos parte de ella. De esta manera lo cotidiano se vuelve lugar de encuentro con Dios, lugar de experiencia espiritual. Una sociedad o persona espiritual sería, por tanto, la que va descubriendo la verdad de su ser, su verdadera identidad, vislumbrando el fondo último de la realidad (la unidad que somos) y trata de vivir coherentemente con esa verdad experimentada, poniendo la vida, toda vida, de un modo especial las vidas más amenazadas, en el centro para cuidarla, defenderla y protegerla. Desde esta aproximación conceptual podremos hablar de qué espiritualidad es adecuada en cada momento de la historia, pero siempre remitida a lo real para confrontarse con ello. Es, un concepto dinámico, no estático y de profunda actualidad.

 

 



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Luis Antonio Azócar Bates

Matemático y filósofo

 medida713@gmail.com

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