La herencia indeseable a través de cuatro siglos

Así habla Don Francisco Herrera Luque:

Para el español del siglo XV el Atlántico no era tan sólo una ignota región donde podía perder la vida, sea por hambre o por naufragio. Era la región de las islas fantasmas, de los monstruos marinos que devoran galeones como si fuesen nueces. Cuando los eruditos como D’Ally, canciller de la Universidad de París, hablan de gritones, de trogloditas que si alimentan de serpientes, de fuentes comunes de su época que se alimentan de serpientes, de fuentes comunes de su época que se hielan bajo el sol, no se puede negar a los hombres comunes de su época que creyesen en las islas fantasmas de las Antilla o que hacia los mares del sur las aguas hierven por la proximidad del infierno. Para el ibérico de esa época el Proceloso era algo más que un mar tenebroso donde podía perder la vida, era el confín de su existencia el límite de lo humano con lo sobrenatural. Era razonable que tuviese el mismo miedo de un contemporáneo nuestro ante un viaje interplanetario. No es el simple miedo a la muerte. Es el miedo terrible a lo desconocido.

Con razón, el "descubridor" de nuestra América tuvo que echar mano de veinticuatro criminales para cubrir la dotación de sus naves. Inútiles fueron las ordenanzas reales que obligaban a los habitantes de Palos a armarle dos carabelas. De no ser por los hermanos Pinzón, Colón no hubiese pasado de ser un loco visionario, más propio para alegrar con sus andanzas los chistes de las tabernas que para descubrir un mundo. Para el espíritu de la época, aquello era una empresa descabellada aun para las mentes más científicas de su tiempo.

¡Cuánto estruendo, arman estos mil Viajeros de Indias! A muchos los conocemos aunque sea a través del nombre. Allí tenemos a Nicolás Pérez de Mestre y a Francisco de Los Cobos (Secretario de Ampíes). Sabemos que Esteban Mateos y Virgilio García perseguían y herraban indios en los tiempos del fundador de Coro. Y que Juan Cuaresma fue de los primeros fundadores de la ciudad con su mujer Francisca Samaniego. Son seres que todavía están vivos y palpitantes en la esencia de la nacionalidad.

En Juan de Melo, Gerónimo de la Peña, Antonio Coll, Gonzalo de los Ríos y demás compañeros de Alfinger, surgen ramas de aristocracia y de pueblo auténtico. Del sastre Luis León descienden numerosas familias de Coro y de Venezuela. Un alemán de apellido Ritz castellaniza su nombre. Así se originan gran parte de los Ruiz de Venezuela.

Los conquistadores de Venezuela en nada se diferencian de los de Santo Domingo. Trasladan hombres y mujeres de una encomienda a otra haciendo caso omiso de sus nexos efectivos. Separan a los padres de los hijos, a los hombres de sus mujeres. A los quiriquires los sacan del Tuy para llevarlos a Petaquire; los de Puerto Cabello van a Paracoto, los de Los Teques a Santiago de León. Por el camino van cayendo centenares de infelices. Terminarán por extinguirse en el fondo de las encomiendas.

Aunque las leyes de Indias prohibían esclavizar a los aborígenes que se sometiesen a la Corona, cuando escaseaban los insurrectos, se echaba mano a los otros para venderlos como esclavos en Orán y Trípoli.

En Venezuela, y en todas las regiones ocupadas por los Caribes, combatieron hasta desaparecer. La mayor parte de la población prefirió la muerte o la emigración, antes que someterse al régimen de encomiendas.

Esta es una de las causas fundamentales de la despoblación indígena. El Viajero de Indias se igualaba con el indio a punta de tizona, hambre, viruela y encomiendas.

En 1504 se declararon esclavos a los caribes "por el pecado de sodomía y de idolatría y de comer hombres". Como es de suponer, no tardaron los conquistadores en encontrarlos plagados de esos defectos. De esta forma se despoblaron las Antillanas y toda la costa de Tierra Firme.

Salvador de Madariaga: "Buscaban la medida del poder social, la palanca del dominio sobre los seres menos afortunados. La fe de estos hombres es inconmovible. Confían ciegamente en el oro que les esconde el Nuevo Mundo, Ojeda, Bastidas, Nicuesa y Balboa trazan los límites del Mediterráneo americano persiguiendo este objetivo.

En Venezuela, los gobernadores se suceden a golpe de mandoble. Carvajal mara a los Welzares, Tolosa a Carvajal, Cobos a Fajardo, los margariteños a Cobos ¿Qué está pasando en Venezuela? ¿O es que Trópico enloquece a los hombres? ¿O es que la locura viaja a bordo de las carabelas?

Viajeros de Indias: Juego, Peculado e Intrigas en los albores de Caracas. A la encomienda, el asesinato, chisme y la intriga se añade el juego. El conquistador es un jugador empedernido. En los tiempos de Pimentel se recaudan en impuestos por conceptos de barajas, 1.456 maravedíes. A Diego Plazuela se le decomisan noventa barajas de naipes. Hay garitos por todas partes. Se juegan la vida, la hacienda y las encomiendas. Los pobladores de Caracas riñen como los del Tocuyo y Coro, constantemente entre sí. María Zabala se aprovecha de los indios de Andrés Machado. La ciudad se llena de anónimos contra Doña Francisca de Rojas. Se dice que es obra de sus sobrinos. D. Juan de Pimentel ha tratado de forzar a dos señoras "de lo más principal". La cosa termina en matrimonio. Escoge a Doña María de Guzmán. A Diego Fresneda lo tienen preso por bígamo. A Juan Tostado le han robado las mulas. No se puede vender nada a los indios que no sea a la luz del día, dice una ordenanza, de lo contrario, los roban. (Pobre de Venezuela: Hoy día roban al pueblo).

Nuestros primeros Locos: Simón Bolívar, el viejo, sufre hacia 1595 de una enfermedad demencial que lo deja incapacitado para valerse y en la mayor miseria. Diego Ruiz Vallejo, de los conquistadores y vecinos de la ciudad, está tan caduco y falto de memoria y le tiemblan las manos en tanto extremo que no puede firmar. Deja todos sus bienes a la esposa "por sus arras de limpieza y virginidad". La ciudad se desternilla de risa. La decrepitud de D. Diego afecta al buen gobierno, porque es el contador. El pleitista gobernador D. Luis de Rojas, luego de litigar con toda la población, termina pidiendo limosna en 1597.

Hay casos como el de Alonso Andrea de Ledesma, octogenario vecino de Santiago, que ante la vista del pirata, en vez de huir como hacen todos, se pone la muerte con su coraza y, como una prefiguración del Quijote, se lanza contra Preston (1595). En este drama de Preston y Caracas hay otro personaje. Se llama Villapando. Es un español que vive solo en las tierras de Guaicamacuto. Cuando llega el pirata se incorpora de su lecho de enfermo para endeñarle gratuitamente el camino secreto. El gobernador Juan de Pimentel comienza violando señoronas y termina, como Ojeda, en un convento.

Así fueron los primeros años de la vida en Venezuela. ¿Fue obra este desasosiego de la personalidad conflictiva de los Viajeros de Indias? ¿Radica en esa simiente que España aventó sobre estas tierras el malestar que todavía vivimos? De asistirse a la evolución de estos hechos, veremos con sorpresa y temor que a través de más de cuatrocientos años la huella de los Viajeros de Indias permanece incólume.

Si a esta lícita presunción añadimos su condición de guerrero nato o de voluntario y su perfil de cruel criminal, es evidente que la perturbación psíquica fue muy elevada entre los contingentes de la Conquista. Hecho que encuentra significativa correspondencia en la serie de fenómenos que analizados, donde se ve muy a las claras cómo la locura, la perversión y la extravagancia campearon extraordinariamente entre aquellos primeros pobladores de Venezuela.

"En la relación a la primera objeción, podemos afirmar categóricamente que la herencia patológica como la normal se mantienen indefinidamente en la descendencia, no sólo en los cuatrocientos años que han transcurrido desde la Conquista, sino a todo lo largo de la historia, salvo que el azar excluya de la progenie a los genes enfermos. Como esta objeción nos fuera hecha repetidas veces, no sólo por parte de profanos, sino de algunos especialistas en psiquiatría".

¡Chávez Vive, la Lucha sigue!



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Manuel Taibo


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