Este señor se volvió loco

Cuando a Marcos lo eligieron Presidente todos sus amigos se alegraron, poder medrar en el gobierno aligera las cargas de la vida. Marcos era un hombre bueno, jocoso, musical, lo que se llama un popular, siempre solidario. Las esperanzas de ayuda no eran infundadas. Y así fue, Marcos ayudó a sus amigos, y hasta a sus enemigos: lo primero que hizo fue darle una casa a Jovito, su amigo de infancia, un luchador social como él; a su mamá le brindó un viaje, a su papá un radio de onda corta, a sus hermanos los puso donde hay, a sus sobrinos le puso guardaespaldas que los vigilaran, ya es historia las calamidades que pueden labrar los parientes.

Gobernó con ánimo de ayudar, repartió cajas, fomentó misiones humanitarias. En resumen, aquel gobierno tenía las mejores intenciones y los mejores logros.

Todo iba muy bien, las encuestas le daban buenos números, la gente lo aplaudía en las calles, sus actos públicos se llenaban de cantos y aplausos. Tenía todo el poder y la vida transcurría normal, todos contentos, unos trabajaban, iban a la playa, los niños cantaban, y las universidades impartían sus enseñanzas.

En esos días, el profesor Luis dictaba una clase en la Universidad, en la Facultad de Psicología y Política, hablaba con voz pausada:

-Es aceptada la idea de la influencia del poder en la psiquis del gobernante, hace aflorar los más íntimos vapores que pueblan el inconsciente de los investidos. Es así, el ejercicio del poder es una de las pruebas más intensas a que puede someterse una persona.

Una alumna le interrumpe:

-Profesor, ¿cómo medir esa influencia?

Perplejo, respondió el profesor:

-Allí está la dificultad, no es fácil evaluar la psiquis de un gobernante estando en su tiempo y en su espacio, siempre criticar al poder es peligroso; lo más seguro es hacerlo después de pasados algunos años cuando ese poder fue sustituido.

-Pero en el supuesto que se quiera evaluar un gobierno en ejercicio, se quiera correr el riesgo, cómo se haría -insistió la muchacha-.

-Lo primero es ser muy valiente.

-Hagamos una prueba -pidió la alumna-.

-Bien, pero algo supuesto, no se trata de ningún gobierno y menos uno en ejercicio.

Y así aquella clase se transformó en una especie de junta psicológica analizando a nadie.

-Lo primero -siguió el profesor- es averiguar la coherencia del discurso, su relación con la realidad y con la historia de ese mismo discurso; por ejemplo, el gobernante propone, digamos, una constituyente que no es para sustituir a la Constitución anterior; el contrasentido ya da para prender las alarmas, y si al cabo de once días sentencia que la constituyente que propuso redactará una nueva constitución, ya debemos prestar más atención. Simultáneamente debemos prestar evaluar su conexión con la realidad: por ejemplo, si dice que todo en su mandato está bien, que el apoyo es inmenso, mientras las encuestas dan números bajitos, y en la calle la gente lo pita, sus actos son esmirriados, y obliga a los empleados a asistir podemos pensar en algún desarreglo. Hay que tomar en cuenta, y esto es definitivo su relación con él mismo: si comienza a decir que es el Papá de los Presidentes de los otros países, que es heredero de los fundadores de la Patria, debemos pensar que el desarreglo pasó a desequilibrio, es urgente un psiquiatra.

Pensativo y un poco arrepentido el profesor culmina:

-Claro, a Dios gracias, esto no tienen nada que ver con el Presidente Marcos. En este caso no hay parecido con la realidad.

 

 

 



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Toby Valderrama Antonio Aponte

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